LA POLÍTICA ESPECTÁCULO Y EL PARTIDO-EMPRESA
Allá por el siglo XIX, cuando nacieron,
los partidos políticos eran unos reducidos clubes de notables que a menudo se
confundían con sus grupos parlamentarios. Según entró el siglo XX, primero en
la izquierda y luego en la derecha, se impuso el partido de masas. Se trataba
de organizaciones con vocación de ampliar lo más posible en número y territorio
su base de afiliados y actuar no sólo a través de sus cargos institucionales
sino sobre todo a través de la movilización social. El siglo XXI parece que va camino
de ser, al menos en la desarrollada Europa, el del partido-empresa.
En el partido-empresa ya no mandan los
afiliados. Su importancia se ha ido reduciendo a la par que decrece el número
de ciudadanos dispuestos a afiliarse y decrece también la participación de los propios
afiliados en las actividades de su partido. La desmovilización política
general, la apatía y desvinculación hacia la cosa pública va convirtiendo al
afiliado en un figurante al que se llama sólo de vez en cuando para aplaudir en
manifestaciones, mitines y otros actos públicos y al que periódicamente se le convoca
a un congreso para que aclame al líder y lo reelija; al que se le advierte de
lo nefasto que es la imagen de división interna y la conveniencia de las listas
únicas precocinadas para elegir los cargos orgánicos; al que se le convence de
lo bueno que es el consenso interno y la utilidad del caudillismo y el dedazo
como técnica de sucesión.
Lo verdaderamente importante hoy es el
cliente. Hay que disponer de una buena marca comercial, o electoral, tanto monta,
que atraiga las preferencias de un votante remiso a cualquier otro compromiso
político que el de ir a votar de tarde en tarde. Así como en las grandes
empresas no mandan los empleados, ni siquiera los accionistas, sino una élite
tecnocrática que controla las artes de la producción y, sobre todo, de la
mercadotecnia, en los grandes partidos hoy gobiernan unos reducidos grupos de
expertos en lograr el éxito electoral. Los dirigentes ya no se reclutan
necesariamente al modo de antes, es decir, entre los afiliados más leales,
comprometidos y competentes. El modelo de carrera política tradicional, que
empieza desde la base del partido en un comité local y como concejal o alcalde
de pueblo y permite que con los años se vaya ganando en experiencia y en
responsabilidades escalando cada vez cargos más importantes, va quedando
desplazado. Igual que los empleados de ventanilla ya no suelen llegar a
director general del banco y los botones a gerente de hotel, en los partidos-empresa
no se valoran tanto los muchos años de afiliación como los fichajes estelares.
Ojo; el partido-empresa no es una compañía
cualquiera. Es una empresa lindante con el mundo del espectáculo, vende sobre todo
imagen. La política actual va sustituyendo la ideología por el marketing, los
principios por la cuenta de resultados, el debate por la propaganda. La propia
supervivencia exige vender un producto que quieran adquirir cuantos más
consumidores mejor. Por eso tiene que agradar a todos y la publicidad tiene que
dirigirse en todas las direcciones. El mensaje tiene que ser a la vez
tradicional e innovador, hay que prometer orden y seguridad pero también
progreso y cambio, autoridad y libertad, desarrollo y ecología, contentar a
ricos y pobres, patronos y obreros, hombres y mujeres, jóvenes y jubilados,
tiene que acompañarse del envoltorio de los intereses generales, del bien
colectivo, de lo que conviene a la comunidad, a la patria, a la humanidad. No
puede alarmar al poder económico y tiene que gozar del favor de los medios de
comunicación que deben transmitirlo. El programa tiene que ser como la
Coca-Cola, adaptable a los que la quieren sin azúcar, o sin cafeína, o sin
azúcar ni cafeína, a los que la beben sola y a los que optan por el cubata.
Por eso, como en el cine o la
televisión, para ser un buen fichaje y convertirse en un político estrella ni
siquiera se precisa experiencia. Al contrario. En el candidato ideal suele
valorarse positivamente como novedad su completa ausencia de experiencia
política; su falta de compromiso previo se vende como frescura, la ausencia de
afiliación como independencia, la carencia de ideas propias como amplitud de
miras. Un poco de currículum profesional viene bien; en la empresa, en el
funcionariado, en la universidad, en una oenegé. Pero lo fundamental es la
imagen. Fotogenia y telegenia, habilidad para aprenderse los guiones, buena
dicción y la oratoria mínima para convencer aunque no se diga nada o solo
generalidades, capacidad para atraer simpatía y evitar los rechazos previos. En
suma, aptitudes para convertirse en un eficaz comunicador y anunciante del
producto. Llevada esta tendencia al extremo, como ha hecho el máximo artífice
de la política espectáculo y del partido-empresa que es Silvio Berlusconi, se
puede ir a fichar candidatas para las listas electorales entre misses y
mamachichos.
El acceso a la política desde el
exterior no es, por supuesto, cosa nueva. Siempre ha existido la posibilidad de
llegar a cargos públicos sin pasar por la militancia en un partido ni por el
aprendizaje en la oposición. Siempre se han fichado personas sin previa
experiencia que estuvieran adornadas de ciertas cualidades personales o
profesionales que les permitieran asumir responsabilidades políticas. Pero
antes solía limitarse la técnica del fichaje al ámbito institucional; se
reclutaba un ministro, un director general, un diputado, un concejal. En suma,
un independiente que la mayor parte de las veces cuando agotaba su mandato
abandonaba la política y volvía a sus ocupaciones anteriores. Lo novedoso es
que hoy el fichaje se suele hacer también para el partido. Si el independiente
tiene la suficiente ambición y falta de escrúpulos no tarda en pedir el carnet
de afiliado y en escalar cargos internos. Hoy existe gente que entra al partido
casi directamente por su ejecutiva y se puede optar al cargo de líder con muy
pocos años de militancia. O incluso sin ella, se puede ser fichado directamente
como líder carismático (así entró Mario Conde al CDS). Se puede entrar a un
partido desde el coche oficial y no bajarse de él en toda la carrera política.
Y por supuesto también se puede pescar en las filas de la competencia, como en
los equipos de fútbol se pueden hacer ofertas a las estrellas de los rivales.
Sin duda, el partido-empresa es la institución que requiere la política espectáculo de nuestros días, y esta es la política que conviene a los desideologizados y apolíticos consumidores de telebasura y publicidad que constituyen una parte considerable del censo electoral. Aunque es verdad que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, también resulta legítimo aspirar a merecer algo mejor.
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