LA
POLÍTICA DE LA CRISPACIÓN
Mikel Armendáriz, Iñaki
Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Reyes Cortaire,
Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz, Ramón Peñagaricano,
José Luis Úriz
Nos preocupa el clima de crispación
política que, si bien no es del todo nuevo y no es sólo propio de nuestro país,
se ha hecho más presente en los últimos tiempos. Se diría que hoy la forma de
hacer política consiste en remover los sentimientos de los ciudadanos buscando
reacciones lo más viscerales posibles; en sustituir el discurso, el debate y la
racionalidad por la soflama incendiaria; en jugar al catastrofismo ante
cualquier cuestión debatida; en descalificar personalmente y de forma
sistemática a los rivales hasta llegar al insulto más crudo; en introducir el
juego amigos-enemigos como determinante de cualquier actuación, y en último
término el todo vale para conseguir un titular o arañar unos votos.
Una forma de hacer política que, entre
nosotros y en esta época, no responde a una situación real de crisis económica
y social, de conflicto generalizado o de amenaza de colapso inminente del orden
político. En otras zonas del planeta, o en otras épocas históricas, sería más
comprensible. Nos tememos que generar crispación se ha convertido es un recurso
más del marketing político y mediático que algunos utilizan de forma calculada
e interesada. El malestar y el enfrentamiento no surgen de la base social y es
recogido y expresado por los líderes políticos, sino que a menudo la inquietud
se siembra desde arriba, desde determinados sectores políticos y mediáticos (en
esta época inseparablemente unidos en lo bueno y lo malo).
Hoy recorren triunfantes el mundo
concepciones políticas, principalmente neoconservadoras y en todo caso
autoritarias, aficionadas a sembrar la alarma y profetizar desastres inminentes
si no se emprende alguna urgente cruzada, duchas en manejar el miedo como el
más eficaz instrumento de movilización. El choque de civilizaciones, la guerra
contra el terrorismo, la defensa de la democracia, la lucha por la
supervivencia de nuestro modelo de sociedad, la apelación al patriotismo
exacerbado, el blindaje de las fronteras. El debate ideológico de nuestro
tiempo lleva con frecuencia a posturas maniqueas que no pueden acabar sino en
la convicción de hallarnos en la eterna lucha del Bien contra el Mal y en la
justificación de cualquier medida.
Y sin embargo la democracia, el sistema
en que todos proclamamos querer vivir, sólo puede existir con unos presupuestos
radicalmente distintos. La aceptación del pluralismo, es decir, de que cada
cual puede tener un punto de vista, una forma de ser o un interés igualmente
valioso y protegible. Que todos podemos tener nuestra parte de razón. Que el
debate racional es la única arma de progreso. Que sólo en un clima de búsqueda
de objetividad y de respeto mutuo es posible practicar el diálogo y asegurar la
convivencia. Que el mundo no se compone de buenos y malos, sino de personas muy
diversas pero siempre titulares de derechos y de respeto.
En democracia no todo vale. Tan importante como las
instituciones y las normas es la idea de que debe haber, junto con concepciones
y proyectos discrepantes y aún legítimamente enfrentados, unos mínimos valores
compartidos. Probablemente el mayor déficit que padezcamos para un buen
funcionamiento de la democracia sea la falta de consolidación de una auténtica
cultura democrática. Todos quienes tenemos alguna responsabilidad en el ámbito
social o político debiéramos hacer un esfuerzo de autocrítica sobre si hacemos
todo lo posible para practicar las virtudes democráticas. Quizás sea urgente un
debate sobre cuál es el código ético que debemos aplicar a la vida pública;
dónde están los límites de la libertad de expresión, o cuáles son las
obligaciones de quien difunde mensajes desde una tribuna pública. Debate en el
que también tienen una parte y una responsabilidad crucial los medios de
comunicación.
Nos preocupa que la crispación siga
siendo utilizada para dirigir la atención hacia ciertos temas y para ocultar
otros al debate público. Pero sobre todo, que acabe por calar en la sociedad.
Una sociedad en la que ya hay suficientes brotes de intolerancia y de violencia
(violencia doméstica o de género, escolar, racista, etc.) como para permitirse
el lujo de que cultivemos el encrespamiento de los conflictos en la política,
un ámbito en el que todos ansiamos que desaparezca la violencia para siempre.
Desde la política se deberían prevenir y solucionar los conflictos, nunca
atizarlos.
La crispación política por ahora es sólo motivo de preocupación y de comentario. Pero de persistir puede suponer un elemento de erosión del sistema democrático y de la convivencia social y de deriva hacia al autoritarismo. En manos de todos está sustituir el insulto por la moderación verbal, los discursos inflamados por las llamadas a la reflexión y al debate, los titulares escandalosos por el análisis ponderado y la política de declaraciones y reacciones por otra de más y mejor contenido.
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