MITOS DE LOS SANFERMINES

8 de julio

LA POLÍTICA

Corren por ahí dos opiniones contrarias sobre los sanfermines y la política igualmente desencaminadas. Una, que no se deben politizar las fiestas aunque haya unos pocos empeñados en hacerlo; y la otra, que las fiestas son otra ocasión más para seguir haciendo política.

Quienes pretenden separar los sanfermines de la política posiblemente lo hacen por simple ignorancia de que no hay fiesta disociada del poder público –hasta la Navidad lleva mensaje del Jefe del Estado-. Los mismos sanfermines no existirían si en el siglo XIV Carlos I no hubiera concedido a la ciudad la celebración de una feria en octubre, y sin que años después Carlos II ordenara su traslado a julio. O si tras enconados enfrentamientos el Regimiento, antecesor del Ayuntamiento, y el Cabildo –o sea, los que se han peleado casi siempre por mandar en Pamplona- no hubieran llegado en 1626 a un acuerdo sobre el discurrir de la procesión de San Fermín. O sin que en el siglo XVI el Regimiento decidiera añadir a la celebración corridas de toros, más que nada por llevar la contraria a la Diputación del Reino que prefería festejar a San Francisco Javier –la rivalidad entre Regimiento y Diputación persiste siglos después aunque se llamen Ayuntamiento y Gobierno, y pese a que en el presente mandato éste haya desembarcado en la alcaldía a uno de sus miembros para domesticarla-. Eso antes de que el papa Alejandro VII tuviera que resolver en 1657 la disputa salomónicamente haciendo copatronos de Navarra a San Fermín y a San Francisco Javier. También en la política, en el ánimo de algunos carlistas de fastidiar a una corporación de mayoría liberal, está en 1914 el origen del Riau-Riau, y en la pugna foral de las instituciones navarras con los gobernadores civiles la costumbre de que las corridas de toros las presida un munícipe y no un comisario.

Los sanfermines han ido variando su relación con la política en la misma medida que lo hace la sociedad que los celebra. Durante el régimen de aquel general en cuya política estaba aconsejar a los demás que, como él, no se metieran en política, la política aparentaba estar ausente. En los años de extremada politización que siguieron, efecto de la ley del péndulo, casi todo en los sanfermines –casi todo en la sociedad de esa época- rebosaba política, desde lo que se cantaba hasta la cuestión de vestir o no el frac en la procesión. Y también era propio de aquellos tiempos que algún mando de las fuerzas de orden público pensara que la mejor forma de resolver las relaciones entre sanfermines y política era entrando a tiros en la plaza de toros.

En los últimos años, acomodados casi todos en la globalizada y conformista sociedad de consumo y pensamiento único, desmovilizada mental y políticamente esa mayoría que llena los campos de fútbol, los hiper y los sofás ante la televisión para tragar cualquier basura audiovisual, los sanfermines parecen ignorar de nuevo la política e incluso algunos de los que se negaron a vestir el frac en los setenta lo vistieron sin problemas en los ochenta y noventa.

Algo queda, claro. El paseo de políticos por el apartado para salir en la foto. La poco concurrida manifestación del día ocho de antiguos compañeros de Germán y algunos de los que se apuntan a todas, la cual perdió su capacidad de atracción desde que, pasados tantos años, no se sabe muy bien contra quien es. Algunos rutinarios gestos de recuerdo por la tarde en la plaza de toros seguidos con desinterés por la mayoría, incluso dentro de las peñas. Las pancartas reivindicativas que algunos siguen sacando durante toda la feria y que son ignoradas por casi todos, que es lo peor que le puede pasar a una pancarta.

Quienes creen que la fiesta es una oportunidad de oro para expresar sus posiciones políticas adolecen de un exagerado optimismo sobre los deseos que tiene el personal, entre trago y trago, entre baile y baile, de que alguien se le acerque para hablarle de sus preocupaciones y reivindicaciones. Es cierto que la fiesta tiene sus espacios alternativos donde se cobija la politización superviviente, los mensajes para convencer a los convencidos y la contestación al sistema. Pero si en los espacios oficiales lo que se hace es comer, beber, cantar y bailar, en los espacios alternativos lo que se hace es bailar, cantar, beber y comer, sometidos a las mismas licencias municipales e inspecciones de sanidad y cumpliendo –o más probablemente incumpliendo en parecidos términos- las mismas ordenanzas, sirviendo las mismas bebidas fabricadas por las mismas multinacionales en los mismos vasos de plástico de usar y tirar y no reciclar. Los indígenas distinguimos los sutiles signos de diferenciación de los espacios alternativos y de los otros, pero probablemente para muchos visitantes resulten perfectamente invisibles. El sistema lo devora todo y hasta se beneficia de la presencia de la leal oposición para funcionar.

Política y sanfermines, ni sí, ni no, pero tampoco todo lo contrario.

 

 

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