POBRE SANCHO

 

 

Me refiero a Sancho Garcés III, rey de Pamplona, alias Sancho el Mayor. Con motivo del milenario de su reinado está recibiendo una serie de homenajes que, la verdad, no se los desearía dentro de mil años ni a mis peores enemigos.

 

         A olvidar el que le rindió el Ayuntamiento de Pamplona en Oña, localidad burgalesa donde se halla su sepulcro. No me refiero sólo a lo irregular de que la corporación acudiera en cuerpo de ciudad, exhibiendo los símbolos de su potestad fuera del término municipal, donde no tiene jurisdicción alguna. Cuando las autoridades se acercan a una tumba suele ser con gesto de recogimiento, entre silencios, oraciones, música sacra o solemnes discursos fúnebres. Así lo hace el propio consistorio cuando acude al mausoleo de Carlos III coincidiendo con el aniversario del Privilegio de la Unión y le coloca una corona de flores, o el día de difuntos a la tumba de Pablo Sarasate en el cementerio de Beritxitos. Igual que el Gobierno foral cuando acude cada año al monasterio de Leire y ante los restos de los primeros reyes de Navarra les rinde homenaje. Con Sancho el Mayor, vaya usted a saber por qué, se acudió con gigantes y cabezudos, dantzaris y dulzaineros, concierto de la Pamplonesa, jolgorio festivo en suma.

 

         Otros se han empeñado en atribuir a Sancho Garcés III títulos que nunca usó. Parece bastante acreditado que no fue otra cosa que rey de Pamplona, que pese a sus intereses políticos y familiares en otros territorios no reinó en ningún otro lado. No se tituló ni rey de Navarra, como figura en las placas de la calle pamplonesa que lleva su nombre (Navarra no existía todavía, y en Tudela dominaban los árabes), ni emperador o rey de España o de las Españas, como le llaman algunos que ven en él al precursor de la España una, grande y libre, ni señor de los vascos, como le llamó  un moro contemporáneo suyo (la traducción es discutible y discutida, ya que el vocablo “vasco” no se utilizó antes del siglo XIX) y le atribuyen en un monumento levantado en Fuenterrabía, ni rey ibérico (sí, como el jamón), que le denominó otro coetáneo y han inscrito en latín en la estatua erigida hace poco en el parque de la Media Luna de Pamplona.

 

Bueno, lo de erigir, que según el diccionario es sinónimo de levantar, acaso sea un poco exagerado, porque la estatua está a pie de calle y apenas se levanta del suelo; no debió llegar el presupuesto para un pedestal más digno. O a lo mejor rebajar el nivel de nuestros antiguos monarcas es deliberado (lo que sorprendería en una ciudad oficialmente monárquica), porque a Carlos III el Noble le han hecho algo similar. No sólo no ha merecido un lugar en el centro del arranque de la avenida que lleva su nombre y ha sido desplazado a un lateral muy poco vistoso, sino que le han situado sobre un pedestal no muy alto en el cual, cuando lleguen los sanfermines, se confundirá irremediablemente con los mimos que ataviados de estatua practican la inmovilidad. Alguien puede hacerse de oro colocando una gorra ante la efigie de Carlos III y recogiendo las monedas que los forasteros arrojen maravillados ante tal dominio del más absoluto estatismo.

 

Pero volviendo al rey Sancho, aprovechando que vivió en tiempos lejanos y oscuros, de los que tenemos noticias fragmentarias y poco seguras, cada cual se apunta a considerarlo precursor de sus propias ideas. En una época en que no existían ni estados ni naciones, en el sentido que les damos hoy, se discute sobre si es el antecedente de un estado vasco, de un estado español, o incluso de la Unión Europea. Por desgracia para él, ya no está aquí para opinar. Nadie le hizo en vida una de esas encuestas de hoy en la que pudiera haber elegido entre sentirse navarro, sentirse vasco, sentirse español, más navarro que vasco, más vasco que español, o más europeo que otra cosa. No sabemos si se sentiría godo o castellano por parte de madre, sólo pamplonés, o simplemente un rey cristiano.

 

En fin, más que el trato que damos a Sancho el Mayor, me inquieta el que nos darán según lo que suceda de aquí a mil años si nuestros descendientes mantienen el vicio de ver el pasado desde los prejuicios del presente. Si triunfan las huestes de Bin Laden en la reconquista de Al Andalus, en mil años puede que nos consideren árabes. Si las peores pesadillas del navarrismo se materializan, se pone en juego la Disposición Transitoria Cuarta, Navarra se integra en Euskadi, y Euskadi se independiza de España, dentro de mil años Del Burgo, Aizpún o Sanz serán recordados como políticos vascos. Si sucede todo lo contrario, se cumplen los temores de Sabino Arana y el pueblo vasco desaparece por completo, asimilado cultural, lingüística y políticamente por sus vecinos, el propio Arana, Arzalluz o Arnaldo Otegi serán recordados sólo como políticos españoles. Claro que, probablemente, a esas alturas a todos ellos les dé lo mismo.

 

 

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