MITOS DE LOS SANFERMINES

14 de julio

EL POBRE DE MÍ

A consecuencia de la letra que se canta la noche del catorce de julio –Pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín- se ha extendido la creencia de que los pamploneses esa noche se sumen en una profunda tristeza y no tienen otro anhelo que prolongar eternamente los sanfermines. Un caso más en que las apariencias llevan al engaño.

Después de nueve días de fiesta –más días que cualquier Semana Grande, más que la Feria de Abril, más que los Carnavales de Río- y con la agravante de que ésta no cesa en las veinticuatro horas del día, la mayor parte de los pamploneses que siguen en Pamplona lo último que desearían es prolongarla. Y digo los que siguen en Pamplona porque a los que huyeron antes de iniciarse los sanfermines se ha unido a lo largo de esos nueve días, esas doscientas cuatro horas que median entre el chupinazo y el pobre de mí, el éxodo de todos aquellos que sólo aguantaron las primeras jornadas y luego cogieron las maletas rumbo a la playa. Quienes hayan resistido al pie del cañón los nueve días con sus nueve noches a esas alturas están exhaustos; muchos después de asistir a la última corrida de la feria se han retirado a casa, se han quitado el pañuelo rojo y ven el Pobre de Mí por la tele.

Los congregados en la plaza Consistorial y sus alrededores provistos de velas, muchísimos menos que los reunidos para el chupinazo, se dividen entre aquellos que cantan mecánicamente el Pobre de mí sin reparar en la letra y pensando ya en descansar de las fiestas –si a semejanza de lo que sucede en algunos pueblos de Navarra el alcalde de pronto anunciara la concesión de un día más de fiestas probablemente le acribillarían con los cirios encendidos- y aquellos que sí tienen el cuerpo para más fiesta pero porque hacen trampa, han vuelto el día doce o trece de Salou o del pueblo comentando que con un par de días de fiestas les sobraba, y mejor los últimos, cuando ya solo quedan los de casa. Lo que de verdad se creen todos los que asisten al Pobre de Mí es eso de Ya falta menos…; a la satisfacción por haber cumplido el rito anual se une la esperanza de repetirlo al año siguiente –pero no antes-.

Y qué decir de quienes trabajan a destajo durante las fiestas. Policías, naranjitos, bomberos, médicos, enfermeros, operarios de limpieza, periodistas, camareros, repartidores, conductores de autobús, y un largo etcétera para los cuales las fiestas en ocasiones han adquirido aspecto de pesadilla de la que no conseguían despertar. Algunos de ellos, precisamente, sólo pueden salir a disfrutar de los sanfermines la noche del día catorce, el único que no es víspera de otra jornada agotadora. El anuncio de una prórroga les llevaría de inmediato a amotinarse, tomar rehenes y exigir el fin de la fiesta.

En fin, la supuesta pesadumbre por el fin de la fiesta es cosa minoritaria, de esos pocos irreductibles –necesariamente jóvenes a los cuales el cuerpo se lo permite- que seguirían los sanfermines hasta empalmar con las fiestas de Tudela y que en la madrugada del día quince todavía acuden al encierro de la villavesa. Después, aún vestidos de blanco –o de lo que quede del blanco- se mezclan con los funcionarios y empleados de banca que toman el café matinal por los bares de la plaza del Castillo y todavía tienen moral para meterse una caña o un calimocho mientras miran extrañados alrededor en busca de los últimos vestigios de los sanfermines que están desapareciendo a toda prisa.

 

 

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