PLAZA DE LA CRUZ

Probaré en las líneas que siguen el ejercicio arriesgado de escribir como simple ciudadano pamplonés, obviando el hecho de ocupar algún cargo público. En esta época, tan habitual es vanagloriarse de no haber pertenecido nunca a un partido político, de no votar, de no vivir de la política, de "no tener ninguna política", que resulta peligroso hablar desde un cargo político, ya que el hecho de haber sido elegido para alguno apareja el curioso fenómeno de que, para ciertas personas, uno queda completamente deslegitimado en sus opiniones, y cualquier cosa que diga se pone bajo sospecha y se atribuye a oscuros intereses partidistas, a inconfesables maniobras en provecho propio, a un indigno apego a la poltrona y demás privilegios del cargo o a la ignorancia e incompetencia consustancial a cualquiera que cobra del erario público. En fin, como decía, me gustaría que al menos algún lector despistado me atendiera como ciudadano de a pie.

El recuerdo más lejano que guardo de la plaza de la Cruz es el suelo de gravilla suelta que tuvo y que te despellejaba las rodillas si caías en algún juego propio de edades infantiles. Entonces, como ahora, la plaza con el buen tiempo se llenaba de madres y abuelas con hijos y nietos, de cochecitos de niños, de jubilados que paseaban alrededor del estanque o que tomaban el sol en un banco. Los domingos y fiestas de guardar, y los laborables cuando coincide funeral concurrido, la salida de misa de San Miguel produce corrillos es esa parte de la plaza.

Más tarde la plaza era donde podías pasar el recreo si ya habías llegado a sexto de bachiller y te dejaban salir del patio del colegio de los Maristas. Y al año siguiente donde pasabas también el recreo si hacías COU en Ximénez de Rada, mientras los más pequeños se quedaban en aquel patio separado por un recio muro de ladrillo de las chicas del Príncipe de Viana. Para entonces el suelo ya estaba asfaltado, mucho más tarde lo pusieron de adoquines, y ya no era tan peligroso caer.

Pero sobre todo, la plaza era el lugar donde ibas después de clase con la cuadrilla y te quedabas hasta la hora de ir a casa. Y también donde volvías a quedar con los amigos los días sin clase, y pasabas horas y horas haciendo de todo. Los habituales de la plaza íbamos a los colegios circundantes: Maristas, Jesuitas -eternos rivales-, los Institutos, las Carmelitas, inconfundibles los días laborables con su uniforme azul. Cada grupo se apropiaba de uno de esos bancos rojos de madera, tan bien diseñados que puedes sentarte de un montón de posturas distintas, según cuantas personas tengan que compartirlo o la dirección en que quieras mirar. En alguna época si te sentabas en el respaldo con los pies en el asiento (muy recomendable si ha llovido y el asiento está mojado) podías recibir la bronca de un municipal que pasaba por allí todos los mediodías; más tarde debieron asignarle otras tareas más útiles a la ciudad y desapareció.

Si dedicabas el tiempo suficiente acababas haciendo amistades de entre los otros grupos de habituales. Sobre todo si eran del sexo contrario. De aquellos grupos salieron muchos noviazgos y algún que otro matrimonio. Un periódico local hizo un reportaje sobre las costumbres juveniles en el arte de ligar y eligió para el trabajo de campo la plaza, entrevistando a los grupos que encontró por allí. Ciertamente una de las actividades principales en la plaza era controlar las idas y venidas de las chicas entre los bancos o alrededor de Aramendía, el proveedor de pipas, chucherías y tabaco.

Luego te hacías algo más mayor e ibas pasando menos tiempo en la plaza. Ya solo con buen tiempo te quedabas en un banco, a la sombra en verano y al sol en invierno. Ya tenías edad y dinero para preferir ir a tomar algo a la Servicial, al Mikael, al Itziar o alguno de los demás bares de la zona, o al Casco Viejo.

Con el tiempo frecuentabas menos la plaza, aunque durante muchos años siguió siendo el lugar donde quedábamos los amigos (seguimos diciendo "la plaza", sin que quede lugar a dudas a cual nos referimos). Ahora solo de tarde en tarde es un lugar de cita, aunque cuando has pasado tantos años allí sigues encontrándote como en el cuarto de estar de tu casa.

Hoy son otros adolescentes y jóvenes, y madres con niños (y supongo que muchos más padres con niños que antes) y jubilados los que se han hecho cargo de ella. Pero, en todo caso, sigue siendo un insospechado éxito urbanístico de Pamplona, como leí hace años, creo que al doctor Arazuri. En un principio la plaza de la Cruz era un solar cuadrado más en el plano del Segundo Ensanche, que podía haber sido otra manzana de viviendas o, cuando quedó como espacio libre, un simple lugar de paso. Evidentemente, no es un plaza histórica, monumental, artística ni con hermosas vistas. Nada de eso. Pero se convirtió en una plaza muy a propósito para estar, pasear o sentarse, y creo que su secreto es el arbolado. Sus árboles frondosos la han hecho un lugar agradable en verano cuando una sombra tupida te protege del calor, y en invierno cuando las hojas caen y permiten que el sol del mediodía te caliente, y al ser un lugar protegido del viento incluso entonces es agradable sentarse un rato los días de buen tiempo. Y los pinos, demás de adornar, crecidos y con hoja todo el año te protegen de la lluvia si te pones debajo.

Algunos comerciantes y algunos vecinos están presionando al Ayuntamiento para construir un aparcamiento debajo de la plaza de la Cruz. Eso significaría acabar con el arbolado, lo cual es lo mismo que decir acabar con la plaza. Los promotores aseguran que no, que se podrían plantar otros árboles. Incluso me han remitido una composición de como quedaría la plaza, llena de arbolitos metidos en una especie de macetas de cemento. Para compensar la masacre, multiplican los arbolitos con lo cual toda la plaza está llena de macetas de cemento. Bonitos colorines, pero me parece espantoso. Otros aparcamientos se han hecho bajo lugares que nunca tuvieron el ambiente de la plaza de la Cruz; la plaza del Vínculo, de Blanca de Navarra, de Conde Rodezno. No hubo que sacrificar nada.

La actual corporación municipal se ha posicionado contra ese aparcamiento y a favor de construir otro próximo, bajo Carlos III. No hace falta decir que comparto esa idea al doscientos por ciento. Mi único temor es si futuras corporaciones preservarán la plaza para las personas y no la entregarán a los coches y a los intereses mercantiles. Hace poco el compañero de corporación Rafael López de Cerain presentaba un libro de poemas, y leyó uno escrito hace años donde recuerda, entre otras cosas que forman parte de él mismo, "el remanso del Irati a su paso por Artózquiz". Luego comentó que la última vez que pasó por allí descubrió que el remanso ya no existe a causa de las obras del embalse de Itoiz. No me gustaría un día tener que hablar de una plaza, parte de mi vida y de la de otros muchos, que ya solo exista en el recuerdo.

 

 

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