Nuevas tradiciones

 

LA PITADA

 

 

         Pitadas a lo largo de los sanfermines hay muchas, pero me refiero a la más sonada, a la principal de todas ellas. Es la que suele recibir el alcalde, o la alcaldesa, cuando aparece en el palco presidencial de la plaza de toros el día siete de julio a las seis y media de la tarde. En Pamplona es costumbre desde tiempo inmemorial que la corrida de toros del día de San Fermín sea presidida por el alcalde, y los demás días de fiestas por otros corporativos. Durante muchos años se hizo en abierta infracción de lo que disponía el reglamento taurino, que encomendaba tal función a un comisario de policía. Cuando en 1986 le fueron transferidas las competencias sobre espectáculos desde el Ministerio del Interior el Gobierno de Navarra tuvo el acierto de adecuar la normativa a la realidad vigente.

 

         De unos años a esta parte, también es tradición que la solanera le dedique al alcalde/alcaldesa una sonora pitada en cuanto se asoma al palco. La pitada se suele acompañar de algunos aplausos desde los tendidos de sombra, que tratan de acallarla. La relación existente entre pitos y aplausos es una forma de medir la popularidad de quien preside el consistorio, aunque no muy fiable porque en sol sólo se oyen los pitos y en sombra sólo se oyen los aplausos.

 

         La primera pitada documentada la recibió Julián Balduz en 1980. Es posible que existiera alguna pitada anterior, pero antes la prensa no solía recoger tales detalles. Las peñas estaban cabreadas a cuenta de la subvención municipal, que consideraban demasiado exigua. En aquella época la subvención se entregaba a cada peña dentro de un sobre por el alcalde en persona inmediatamente después del chupinazo. Así lo mandaba la tradición. Balduz se tuvo que tragar varios años de caras largas y negativas a estrecharle la mano. Los alcaldes posteriores acabaron descubriendo que es mucho más sencillo, en estos tiempos, pagar mediante transferencia bancaria.

 

         En los años siguientes del mandato de Balduz la pitada se suavizó, pero tomó nuevos bríos en 1987 con Javier Chourraut, el primer alcalde de UPN, al que además le cantaban “tenemos un alcalde que es un facha” y le seguían pitando hasta en el pobre de mí. También recibía pitada estrepitosa su concejala de cultura, Maribel Beriáin, muy popular entre las peñas desde que dijo que eran prescindibles de los sanfermines (los demás concejales-presidentes suelen pasar inadvertidos aunque desde 1987 su nombre se exhiba en el marcador electrónico). Se prolongó la costumbre de pitar al palco y de forma particularmente estruendosa con Alfredo Jaime en la alcaldía, que se estrenó en 1991 afirmando el principio de autoridad enviando una excavadora contra unas barracas instaladas sin autorización municipal, aunque precisamente ese año no pudo presidir ni recibir los pitos tras caerse por las escaleras de la casa consistorial.

 

         Cuando en 1995 Chourraut retornó a la alcaldía, esta vez con otro partido, se produjo el hecho inusitado de que la pitada desapareció. Escribió atónito Koldobika Lazkano en este periódico que un alcalde de Pamplona que no reciba una buena pitada el día siete de julio ni es alcalde ni es nada. Algunos retomaron, dando la espalda al palco, el antiguo estribillo de “con este alcalde vamos de culo” que se dedicaba a Jaime, pero la verdad es que sonó casi tierno. El tripartito municipal CDN-PSOE-IU había calmado hasta tal punto los ánimos.

 

         La pitada volvió por sus fueros con la alcaldesa Yolanda Barcina. A los tendidos de sol les estimula mucho más que la autoridad (o el autoritarismo) esté en manos de la derecha. Desde 1999 la pitada ha vuelto a ser monumental y acompañada en ocasiones de la exhibición de algunas pancartas consideradas improcedentes, por ofensivas, incluso por muchos de los que pitan. Y si la solanera está de nuevo en su salsa, lo mismo se puede decir de una parte de la sombra que ha renovado la costumbre de aplaudir frenéticamente para llevar la contraria (añadamos para tener el cuadro completo que Barcina también recibe algunos pitos desde la sombra). Iniciativas municipales como la construcción del aparcamiento de la Plaza del Castillo, la negativa a convocar una consulta popular, la desaparición de las llamadas barracas políticas o la demolición manu militari del antiguo frontón Euskal-Jai han incrementado el nivel de popularidad negativa de la alcaldesa entre el público de la solanera. Con Barcina, la tradicional pitada tiene la vida asegurada. ¿Por muchos años? Ya veremos. En 2007 hay elecciones.

 

 

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