LA PERTINAZ PERVIVENCIA DEL ARGUMENTO CARLISTA
Javier Corcuera se refiere ("Política y Derecho. La construcción de la autonomía vasca", 1991) a la capacidad de presión de que ha disfrutado el nacionalismo vasco moderado de resultas de la existencia de ETA y del nacionalismo radical en base a lo que se ha denominado el "argumento carlista" –que no fue inventado ni por los carlistas, ni por los nacionalistas, sino por los liberales fueristas-. Durante el siglo XIX los liberales moderados, que controlan los gobiernos provinciales vascos, utilizan con alguna frecuencia, y con resultados positivos, el argumento de la amenaza carlista como elemento de presión frente al Gobierno central para conseguir la administración especial de que acabarán disfrutando Vascongadas y Navarra. Supuestamente, los carlistas atemperarían sus ánimos levantiscos si pudiera consolidarse una paz basada en el respeto a los fueros. Sin ir más lejos, éste es el origen de la ley de confirmación de fueros de 1839, como corrobora Jaime Ignacio del Burgo ("Origen y fundamento del régimen foral de Navarra", 1968): "las Cortes, de no haber estado latente el fantasma de la guerra en el Norte, unido al peligro real de Cabrera y el Conde de España en Levante y Cataluña, quizás hubieran dado buena cuenta de los Fueros. La confirmación efectuada por la Ley de 25 de octubre de 1839 fue un acto político de las Cortes con el Gobierno, un acto absolutamente discrecional, movido por criterios de prudencia".
A fines de siglo, desaparecido el fantasma del levantamiento carlista, el recurso a las movilizaciones populares y el temor a la revolución le sustituyen. Durante la Gamazada, Gregorio Iribas advierte en el Diario de Avisos de Tudela (sus artículos quedan recogidos en "Los derechos de Navarra", 1894) el temor de los fueristas liberales y moderados a los efectos que puede tener la incomprensión del Gobierno sobre la postura de Navarra: "Palpita en estas provincias el espíritu monárquico; y en tiempos tan borrascosos como los que atravesamos, en que las instituciones necesitan de todas sus fuerzas para resistir la ola revolucionaria, y el torrente de las ideas demagógicas y anarquistas que se extienden por todas partes ¿es político herir en el corazón los sentimientos de estas provincias? ¿tan pocos enemigos tiene, y ha tenido el trono, para extinguir el espíritu monárquico de estas regiones? (…) Los pueblos, como los individuos, aman instintivamente al que los atiende y considera, y aborrecen la mano que los ofende y maltrata; y si hoy todavía existe en estas provincias el espíritu monárquico, hay peligro de que desaparezca á medida que se consuma la ruina de sus franquicias, y en vez de ser sostén de la Monarquía sean campo abonado para sus enemigos".
La consolidación del PNV es muy tempranamente, según Corcuera, el fortalecimiento de un partido cohesionado por el juego de dos polos, posibilismo regionalista y radicalismo independentista, que conviven más o menos cómodamente en la familia nacionalista. El posibilismo es justificado ante los radicales como instrumento para la independencia y el radicalismo se utiliza como instrumento de intimidación hacia los poderes centrales. La reivindicación de un Estatuto de autonomía utilizará como instrumento de presión el radicalismo nacionalista que viene a sustituir al peligro de insurrección carlista del siglo anterior.
Muestra de aplicación de otra versión del "argumento carlista" se halla en la aprobación del Estatuto vasco de 1936. El Frente Popular y el PNV habían acordado la aprobación del Estatuto de autonomía paralizado durante el bienio derechista. Su tramitación en las Cortes se demoraba por las discrepancias que surgieron, sobre todo, en torno al régimen económico vasco, pero el inicio de la guerra civil tuvo el efecto de impulsarla. El PNV se mantiene fiel a la República, principalmente, por la renovación de la promesa de aprobación del Estatuto. El Gobierno republicano, para conjurar el peligro de que los nacionalistas vascos, tan próximos ideológicamente a los carlistas vascos, cambien de bando -en Álava y Navarra, donde triunfó el alzamiento contra la República, muchos nacionalistas, por convicción o conveniencia, se le unen-, impulsa el Estatuto, que queda aprobado en octubre. Es sabido que la guerra duró para los "gudaris" lo que duró el Estatuto; tras la caída de Bilbao, en 1937, los batallones nacionalistas renuncian a seguir luchando por la República y se rinden en Santoña. Y no son tan raros los soldados vascos que efectivamente cambian de bando y se integran en el ejército franquista.
En los últimos años del franquismo y en la transición, como dice Corcuera, "se genera una dinámica semejante a la ya mencionada: ETA se convierte en expresión del malestar vasco y en argumento del nacionalismo moderado para conseguir una autonomía diferente, primero, y para ampliar indefinidamente los límites de ésta, después. Nuevamente, la contradicción entre los dos polos actúa como elemento de cohesión de la referida comunidad, al tiempo que la fortalece y consigue con relativo éxito identificar pueblo y comunidad nacionalista". La satisfacción de las reivindicaciones autonómicas vascas -en las que coinciden nacionalistas vascos y no nacionalistas- con la aprobación de un nuevo Estatuto se presenta como vía para la pacificación del país. Se supone que una vez establecida la democracia y la autonomía la violencia desaparecerá; pero la predicción resultó fallida. Una parte de ETA, los "político-militares", efectivamente abandonaron las armas y se integraron en el juego político. Pero ETA "militar" no sólo persiste en la violencia sino que en los años de la transición la multiplica. A partir de ahí progresivamente el "argumento carlista" pierde eficacia para el nacionalismo vasco; por parte tanto del Gobierno central como de la mayor parte de las fuerzas políticas y de los ciudadanos españoles se extiende la convicción de que no merece la pena hacer más concesiones.
La política del PP en relación con el terrorismo y con el País Vasco, inspirada y protagonizada por Jaime Mayor Oreja, no es sino la culminación de ese proceso. La utilidad y el uso del "argumento carlista" no desaparecen, pero con la particularidad de que es Mayor Oreja quien ahora lo emplea, dándole la vuelta como a un calcetín. Cuando el nacionalismo vasco, fiel a su historia, reclama más autonomía, más transferencias, más soberanía, o simplemente más simpatía, y acude al gastado razonamiento de que es la incomprensión de "Madrid" lo que echa más leña al fuego de la violencia, lo que proporciona apoyo social a ETA, se encuentra con el contraargumento: si el PNV utiliza a ETA para conseguir sus objetivos políticos se convierte en cómplice de sus crímenes; es el nacionalismo vasco en su conjunto el que está detrás del terrorismo. Este razonamiento se utilizaba ya antes de 1998, cuando se inicia lo que Iturgaiz ha rebautizado como "el Frente de Estella" del que formarían parte PNV, EA, ETA y HB, pero se refuerza después de esa fecha. Cualquier cesión ante los nacionalistas vascos ya no es una prudente medida para pacificar las problemáticas provincias del norte, como habían asumido tantos y tantos gobiernos españoles desde 1839, sino directamente plegarse a los deseos de los terroristas.
El PP sigue el precedente de Cánovas en 1876, tras la tercera guerra carlista, quien, asumiendo el "argumento carlista" pero sacando consecuencias contrarias a las pretendidas por sus promotores, una vez vencidos los carlistas procedió a abolir los fueros vascongados. Curiosamente, entonces los liberales fueristas –entre ellos muy destacadamente Campión- no tuvieron más remedio que desdecirse e invertir transitoriamente el argumento: los fueros no eran carlistas sino liberales, la riqueza del país estaba en manos liberales, y es a éstos a quienes fundamentalmente beneficiaba el sistema foral, por lo que sería castigar a los liberales (con satisfacción de los carlistas, que en realidad no eran fueristas) suprimir los fueros. Este argumento solo tuvo un éxito parcial, abolidos los fueros se sustituyeron por el sistema de conciertos económicos, que Franco suprimirá en 1937 para las "provincias traidoras" de Guipúzcoa y Vizcaya tras otro suceso bélico, siguiendo fielmente el ejemplo de Cánovas.
Hoy el PP no podría imponer castigos como los de 1876 ó 1937, ya que los fueros y la autonomía están protegidos por la Constitución de 1978, la misma que le sirve de fundamento y arma para la defensa de su renovado nacionalismo español. Por eso se conforma con castigar a los nacionalistas vascos privándoles del Gobierno vasco, y a eso está dirigiendo todas sus energías, a convertir a Mayor Oreja en lehendakari.
Que el "argumento carlista" se haya vuelto en contra de los nacionalistas vascos se debe, en mi opinión, a dos causas. En primer lugar, el mecanismo surtía efecto cuando se esgrimía el peligro de una guerra civil. Hoy el PP no se siente amenazado por una contienda como las de 1833, 1872 o 1936; la amenaza es la del terrorismo de ETA, un terrorismo con el que hemos convivido ya treinta años, y que además está debilitado –casi vencido como los carlistas de 1876-. Los peores momentos -aquellos años en que los muertos se contaban por docenas, y en algún caso por centenas- ya pasaron. El Gobierno, y especialmente el PP, se siente capaz de soportar ese nivel de violencia; y además, esa actitud le refuerza electoralmente en el País Vasco y en toda España. En segundo lugar, el "argumento carlista" era especialmente eficaz cuando lo utilizaban el grueso de las fuerzas políticas del País Vasco para defender intereses comunes -los fueros, el Estatuto- frente al Gobierno central. Pero hoy una buena parte de estas fuerzas ya no tienen ese interés. Sobre todo el PP y el PSOE vascos ya han conseguido con creces todo lo que deseaban de "Madrid", la aprobación del Estatuto de autonomía. A partir de ahí no están en competencia tanto con el Gobierno central sino con los partidos nacionalistas vascos; el "argumento carlista" tal cual no les es útil, al contrario, es un arma en manos del enemigo, con la cual lo mejor que puede hacerse es que le explote en las manos. El argumento, por tanto, no ha desaparecido; lo que sucede es que Mayor Oreja ha descubierto las ventajas de su uso alternativo. Lo preocupante es que ETA se da cuenta de que su continuidad y persistencia en el terrorismo se ha hecho imprescindible para apoyar el discurso de unos y de otros, y se emplea con sangriento entusiasmo en no defraudarles.
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