MITOS DE LOS SANFERMINES

13 de julio

LAS PEÑAS

De admitir lo que dicen los himnos del maestro Turrillas, las peñas -esos grupos de alegres jóvenes que corren el encierro, llenan de animación las calles con su música y sus bailes, siempre de buen humor, y dan ambiente desde el tendido de sol a las corridas de toros- son el alma de la fiesta y se tienen creído que una de las poquitas cosas que merecen la pena en la ciudad: "Tres cosas tiene Pamplona y muy castizas las tres: el encierro, las chavalas, y el Bullicio Pamplonés".

A las peñas debemos algunos ingredientes básicos de los sanfermines. Por los años treinta les dio por vestirse de blanco, con faja y pañuelo, y tal atuendo es por antonomasia el "de pamplonica". Que los sanfermines sean una fiesta que se vive en la calle también es culpa de las cuadrillas que hace más de un siglo se empeñaron en salir a bailar y cantar con sus charangas. Pero –ya lo advirtió Dylan- los tiempos han cambiado. Los mozos de las peñas hoy se deben resignar a no ser el alma sino un miembro más del cuerpo sanferminero, a padecer las consecuencias de su propio éxito.

Su época dorada corresponde a aquella ciudad provinciana llena de militares y curas donde se estrenaba traje con corbata para la procesión de San Fermín y los jóvenes ahorraban todo el año –cuando a lo largo del año había pocas oportunidades de jolgorio- para pagarse el abono de los toros y la merienda. Hacerlo en cuadrilla era obligado, y salir con la peña uno de los principales –y de los pocos- alicientes de la fiesta. No tener peña para pasar las fiestas era inconcebible. Todo varió con el crecimiento de la ciudad, la sociedad de consumo y el auge de las propias fiestas. A las peñas les creció la competencia; el Ayuntamiento cada vez ponía en la calle más charangas y espectáculos, los bares equipos de música –las peñas cavaban su propia fosa grabando sus canciones-, no había gremio, sociedad gastronómica o cualquier otra entidad pamplonesa que no les imitara y montara sus propios actos festivos, llegaron las peñas de guiris, la ciudadanía pasó de no tener un duro a tener poder adquisitivo y lavadoras automáticas y a vestirse de blanco. Las peñas se vieron reducidas a una minoría entre las mesnadas festivas que llenaban las calles, y a duras penas conseguían seguir siendo las más ruidosas. Vivir los sanfermines y pertenecer a una peña dejaron de ser cosas inseparables.

Todavía aguantaron las peñas el tipo hasta los años setenta. En una época en que alguno acabó ante el Tribunal de Orden Público por criticar el precio de la leche las inocentes críticas de tema municipal en las pancartas de las peñas no resultaban tan inocentes, y sus cánticos, su desmadre y su insolencia –favorecidos por el monopolio sobre los tendidos de sol- eran un desafío al sistema. Pero después las peñas se enredaron en tendencias políticas que no eran mayoritarias en Pamplona –lejos quedaba la visita del ministro Fraga en 1964, cuando las peñas le obsequiaron una placa con la imagen de San Fermín-, la provocación en sí misma perdió su gracia porque había menos cosas prohibidas, y perdieron parte de su público.

Y tiene gracia lo de "mozos de las peñas". Antaño había renovación generacional; los mozos se hacían adultos, sentaban la cabeza, dejaban de bailar bajo la pancarta y se hacían con abono de sombra –o apartamento en Salou-. Juraban eterna fidelidad a la peña, pero dejaban de ser miembros activos. Hoy la adolescencia se prolonga hasta los treinta años y la juventud vete a saber hasta cuando; la crisis de los cuarenta ya no consiste en abandonar a la mujer y a los hijos tras quince años de matrimonio para perseguir jovencitas, sino en recibir el ultimátum tras quince años de noviazgo; y como un abono de sombra es inalcanzable –la Meca tiene vendido todo el aforo de la plaza de aquí a la eternidad- hay "mozos" que llevan treinta años aferrados a la misma localidad de sol. Y las "mozas" que con toda justicia exigieron incorporarse a la fiesta contribuyeron a bloquear el acceso de las generaciones siguientes. Si otrora la aspiración de cualquier mozo pamplonés fue pertenecer a una peña, para la mayoría de jóvenes crecidos jugando con la playstation la idea de ir a los toros tocando el bombo con la peña resulta remota, poco menos que una curiosidad etnográfica.

 

 

* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU