LOS
PELIGROS DEL REFERÉNDUM
El
mayor riesgo que presenta el referéndum, como mecanismo de consulta directa al
pueblo, es que revele que la opinión de los ciudadanos no coincide con la de
sus representantes. O eso piensan algunos, que lamentan la hora en que se les
ocurrió pedir el dictamen de los votantes o proclaman que éstos se han
equivocado, como si el titular de la democracia no fuera el demos, el
pueblo, sino la clase gobernante.
Acaba
de suceder en Francia con el referéndum sobre el Tratado por el que se
establece una Constitución para Europa. Los tres principales grupos políticos,
la Unión por un Movimiento Popular, la Unión por la Democracia Francesa y el
Partido Socialista Francés, suman el 94 % de los escaños de la Asamblea Nacional,
543 sobre 577, y obtuvieron en las elecciones legislativas de 2002 cerca de 20
millones de votos. Los tres preconizaban el voto afirmativo en el referéndum,
pero el “sí” solamente obtuvo 12,8 millones de votos, el 45,33 % de los
emitidos. El “no” logró 15,4 millones de votos, el 54,67%.
La
escisión entre representantes y representados ha sido mayor todavía en Holanda,
donde por primera vez en su historia se ha acudido a un referéndum. De los 150
representantes de que consta la cámara baja de su parlamento, solamente 22,
menos del 15 % (que vienen a representar aproximadamente al 16 % de los
electores) pertenecen a partidos que propugnaron el “no”: socialistas,
populistas, nacionalistas y partidos cristianos minoritarios. La mayoría de los
grupos políticos, democristianos, liberales, demócratas, laboristas, verdes, el
85 % de la cámara, propugnaba el “sí”. Sin embargo, casi el 62 % de los
votantes optaron por el voto negativo.
Tampoco
es exagerado decir que en España, aunque triunfó el “sí” en el referéndum del
pasado mes de febrero, en menor medida también ha existido cierta distancia
entre los ciudadanos y sus representantes. De 350 miembros del Congreso de los
Diputados, 320 (que representan a 22 millones de electores, el 87 % de los que
votaron en las elecciones de marzo de 2004) respaldaban la Constitución
europea, mientras que solamente la rechazaron los otros 30 (que representan a
2,25 millones de electores, el 8,9 %). El voto directo de los ciudadanos en el
referéndum no se distribuyó del mismo modo; sólo 11 millones de votantes
optaron por el “sí” (el 77 %), mientras que casi 2,5 millones optaron por el
“no” (el 17 %). La mayoría de los ciudadanos, el 58 %, optó por la abstención,
lo cual supone que en realidad solamente el 32 % del censo electoral respaldó
con su voto la aprobación del Tratado constitucional. Frente a un abrumador
apoyo parlamentario, un apoyo ciudadano mucho más tibio.
Claro
está que, si se admite la existencia de consultas directas en el seno de una
democracia representativa, debe ser precisamente para poder solventar la duda
de si las decisiones de los representantes, al menos en algunos asuntos
capitales, coinciden con las preferencias de sus representados. Si suponemos
que la voluntad de representantes y representados es siempre la misma sobra la
institución del referéndum. La experiencia demuestra lo contrario, y por eso
son muchos los países que cuando se trata de aprobar la Constitución u otras
normas especialmente trascendentes, o cuando lo solicitan determinadas instituciones
o cierto número de ciudadanos porque existe una cuestión particularmente
controvertida, o cuando lo deciden los gobernantes, acuden a la consulta
directa de la ciudadanía. Pienso que el verdadero peligro para la democracia,
en realidad, no es el referéndum sino prescindir de él y dar por hecho que los
ciudadanos asumen todo lo que hacen sus representantes, siendo suficientes las
elecciones periódicas para traducir los deseos de aquéllos.
En
Navarra existe un discurso propio, que mantienen algunos de los que nos
gobiernan, para justificar la prevención ante el referéndum y especialmente
para el caso de reformas del Amejoramiento del Fuero. No hace falta, dicen,
porque los electores ya se vienen manifestando con claridad suficiente durante
más de medio siglo. Argumento banal y engañoso, ya hemos visto que a veces los
electores manifiestan una voluntad distinta de la de los partidos políticos a
los que habitualmente dan su voto. E incoherente, porque quienes defienden tal
cosa para la reforma del Amejoramiento no dicen lo mismo sobre la reforma de la
Constitución española, o no se les ocurrió decir lo mismo ante la convocatoria
de un referéndum acerca del Tratado por el que se establece una Constitución
para Europa, ni tampoco lo dijeron sobre la consulta popular a nivel local
cuando en la reciente reforma de la legislación básica de régimen local se
decidió potenciar su uso.
Por
cierto, hace un año que el Parlamento de Navarra aprobó por unanimidad
solicitar del Estado la delegación de la competencia para poder convocar
consultas en materias propias de la Comunidad Foral. Nadie argumentó entonces
que con las elecciones basta. Y si llegaran a existir los refrendos forales,
¿qué asunto de más trascendencia para ser sometido a consulta del pueblo
navarro que las eventuales reformas del Amejoramiento?
Se nos dice, asimismo, que el referéndum en relación con el Amejoramiento está de sobra en virtud de nuestros derechos históricos. Cierto que las modificaciones o actualizaciones del régimen foral nunca se han sometido a referéndum; pero igual de cierto que el fuero aguanta perfectamente las novedades. Tampoco nunca el régimen foral tuvo carácter democrático antes de 1979; las instituciones forales se conformaron según los patrones del régimen estamental, del sufragio censitario, del caciquismo o de los regímenes dictatoriales de Primo de Rivera y Franco, según las épocas. Ni hasta 1982 se estableció entre nosotros un sistema parlamentario, con un Parlamento con potestad legislativa y con la facultad de investir y controlar al ejecutivo foral. Apelar a supuestas esencias históricas para combatir la actualización del régimen foral y acomodarse en un interesado inmovilismo pugna no sólo con la razón sino también con la historia. Lo esencial de los fueros ha sido siempre bien poco: el mantenimiento de cierto autogobierno para Navarra y de un ordenamiento jurídico propio. Todo lo demás, sus contenidos, ha ido cambiando con los tiempos. El perfeccionamiento de nuestra democracia foral, algo tan reciente como en general la democracia en España y como toda democracia existente imperfecta y manifiestamente mejorable, pasa hoy por introducir también mecanismos de consulta directa, de potenciación de la participación de la ciudadanía, entre ellos la exigencia de referéndum para ratificar las futuras modificaciones del Amejoramiento del Fuero. Salvo que se tenga miedo del pueblo navarro y no se quiera asumir el riesgo de que tenga la última palabra sobre su futuro.
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