PASTORES
SIN OVEJAS, OVEJAS SIN PASTORES
A la vista de las orientaciones morales
emitidas por la Conferencia Episcopal Española para el voto en las próximas
elecciones generales, a los católicos nos dejan pocas opciones. Cierto que,
como es habitual, se afirma que “los católicos pueden apoyar partidos
diferentes y militar en ellos”, pero en seguida que “también es cierto
que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las
exigencias de la vida cristiana”. Lástima que los obispos no acaben de ser
coherentes con su afirmación de que “hablamos como pastores de la Iglesia
que tienen la obligación y el derecho de orientar el discernimiento moral que
es necesario hacer cuando se toman decisiones que han de contribuir al pleno
reconocimiento de los derechos fundamentales de todos y a la promoción del bien
común”. Se agradecería más claridad: una lista ordenada de los programas
políticos según su mayor compatibilidad con la fe. Así el católico podría votar
a la candidatura que encabezara la lista con la conciencia más tranquila. ¿Que
no es posible hacer esa clasificación? ¿Que la cuestión es demasiado compleja?
Pues, por favor, que no atormenten al votante católico con la duda de si estará
acertando o no. Podían habernos dicho algo parecido a lo que manifestaron en
2005 ante el referéndum de la Constitución europea, tras lamentarse de la
complejidad de la cuestión: “El “sí”, el “no”, el voto en blanco o la
abstención son posibles opciones legítimas”.
Pese a
que la CEE renuncia a señalar el sentido del voto de los católicos, ha dejado
una pista muy valiosa. Dice su comunicado “No es justo tratar de construir
artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente
terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna. En ese sentido parece que apuntan, entre otras
cosas, las dificultades crecientes para incorporar el estudio libre de la
religión católica en los currículos de la escuela pública, así como el programa de la nueva asignatura, de carácter
obligatorio, denominada “Educación para la ciudadanía”, que lesiona el derecho
de los padres - y de la escuela en colaboración con ellos - a formar a sus
hijos de acuerdo con sus convicciones religiosas y morales”. Gracias a esto
ya sabemos que para un católico es poco recomendable votar al PSOE, a IU, a
CiU, al PNV, ERC, CC, BNG, o a ninguno de los partidos integrados en el grupo
mixto del Congreso. Vamos, a ninguno de los partidos que aceptan Educación para
la Ciudadanía, que son todos menos el PP.
Dicen
los obispos, ante las críticas recibidas, que sus orientaciones son similares a
las de ocasiones anteriores. Y es verdad, en general (en lo particular, lo de
la Educación para la Ciudadanía es clarificadoramente nuevo). Así que es de
suponer que sus efectos serán similares. Según el barómetro del CIS (diciembre
2007), el 76,2 % de los votantes del PSOE en 2004 son católicos; como el 45,2 %
de los votantes de IU; el 82 % de los votantes de CiU; el 44,4 % de los
votantes de ERC; el 83,9 % de votantes del PNV o el 73,3 % de votantes del BNG.
También se declara católico el 72,2 % de los abstencionistas, que obviamente no
siguieron el consejo episcopal de ir a votar. Quiere esto decir que, salvo que
se produzca un enorme vuelco electoral, una buena parte de los católicos de
este país no hace mucho caso de las indicaciones de sus pastores y vota
siguiendo su propia conciencia. Más o menos lo mismo que hace en otras
materias, desde la moral sexual hasta la moral económica, pasando por la
crucecita en la declaración de la renta (que sólo marca el 30 % de los
contribuyentes) o el cumplimiento del precepto dominical (seguido por el 16 %
de los creyentes).
Vamos,
que los pastores cada vez hablan para menos ovejas, y no tanto porque las
ovejas hayan abandonado la fe de la Iglesia (que también en algunos casos),
sino sobre todo porque han perdido la fe en la autoridad de los obispos para
orientarles sobre absolutamente todo en sus vidas. Es lo que tiene vivir en
sociedades abiertas, plurales y democráticas donde ya no concedemos a nadie el
monopolio de la verdad. Estamos demasiado acostumbrados a la libertad de
pensamiento, que consiste sobre todo en poder dudar de lo que nos dicen, en
poder cuestionar y criticar.
Y
tenemos demasiado presente que, cuando a la jerarquía eclesiástica le da por
opinar de política, no suele ofrecer muchas garantías de acierto. En los
inicios de la Ilustración hubo mucho empeño en defender el absolutismo frente a
la doctrina de los derechos humanos, para que un par de siglos después la
Iglesia quiera aparecer como la campeona de esos mismos derechos; en el siglo
XIX el liberalismo, la libertad religiosa o de pensamiento eran errores
condenados en el Syllabus, en el siglo XX la mayor parte de la Iglesia
española apostó por la dictadura franquista, y ahora algunos obispos se empeñan
en enseñar a los demás en qué consiste la verdadera democracia. Podemos
sospechar que se equivocó antes o se equivoca ahora. A la vista de ello la
Iglesia debiera ser bastante más humilde porque ha dado demasiadas pruebas de
patinar.
En
estas condiciones, podemos preguntarnos si la jerarquía episcopal (con honrosas
excepciones) cumple correctamente sus funciones con ese empeño moralizador de
hablar continuamente ex cátedra, en un tono que infunde la idea (ojalá
sólo fuera un problema de tono) de que los creyentes seguimos siendo menores de
edad y no tanto ovejas de su grey como borregos, no miembros de una ecclesia
(asamblea) sino adeptos de una secta en la que se espera adhesión ciega y muda.
Quizás esa actitud es la que está fomentando que los fieles se resignen a
prescindir de la desautorizada opinión de los pastores y, en última instancia,
a prescindir de sus pastores para poder vivir en libertad y en paz de
conciencia. Y hay que preguntarse si no harían mejor los obispos ante cuestiones
políticas tan concretas como unas elecciones en seguir el ejemplo de Jesús
cuando le quisieron hacer tomar partido y dijo aquello de “dad al césar lo
que es del césar y a Dios lo que es de Dios”, o cuando aconsejó a sus
discípulos “no os dejéis llamar preceptores, porque uno sólo es vuestro
preceptor”.
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