Gente
a evitar en sanfermines
EL PARIENTE
Dicen que si se generalizaran las pruebas de paternidad habría grandes sorpresas sobre la abundancia de hijos ilegítimos (hay quien dijo con acierto que los ilegítimos son los padres, las criaturas no tienen la culpa). En China están alarmados desde que se admitieron las pruebas de ADN, resulta que dos de cada diez no son hijos de quien creían. Menos mal que tú estás seguro de quién eres hijo. Tus padres eran pobres pero honrados, y además no hay más que ver las fotos del abuelo, toda la familia ha heredado la misma nariz. Eso sí, de los parientes que quedan más a desmano, más allá del tercer grado, primos, tíos, sobrinos, ya no te puedes fiar tanto. Da igual, es de mala educación preguntar y hasta sospechar. Con los parientes hay que cargar aunque pienses que tenéis tan poco en común que a lo mejor ni el ADN coincide. Aunque tengáis escaso o nulo contacto, en cuanto den señales de vida pidiendo un favor hay que atenderlos como a uno mismo.
Y qué mejor oportunidad que los sanfermines. Quién no tiene ese primo con el cual sólo has convivido algún verano suelto en el pueblo o en la piscina, al que no has visto en muchos años porque su rama familiar se trasladó a algún lugar remoto. Pero que de pronto reaparece, llama, escribe, contacta a través de otros parientes. Resulta que entre los recuerdos más entrañables que guarda están los sanfermines y viene de visita. Si hay suerte, sólo va a estar un par de días, tiene el alojamiento resuelto y únicamente hay que llevarle a comer y darle una vuelta. Si no hay suerte, viene para todos los sanfermines, con su señora y sus niños y hasta con una cuñada (inevitablemente fea y antipática, averiguarás más tarde) y hay que buscarles alojamiento. Así que en el reparto familiar que se hace puede que te toque alguien en tu casa (tienes todos los boletos de la cuñada) y durante nueve días tienes que hacer más vida familiar que en los últimos nueve años. Reorganizas toda la agenda sanferminera, cancelas más de una cena, recuperas alguna de tus entradas sobrantes de los toros que habías comprometido por ahí, localizas alguna amistad con balcón al encierro. Repartes el tiempo a partes iguales entre atender a los parientes y entre escaquearte de ellos, sin apenas nada para disfrutar las fiestas.
La cosa puede ser todavía peor. El pariente reaparecido todavía no tiene señora ni niños pero está en ello. Contacta desde Argentina un año antes de los sanfermines en los que piensa volver a Pamplona. Se le ha metido en la cabeza casarse aquí, la tierra de sus ancestros de la que guarda tan imborrable recuerdo, en sanfermines, en la capilla del santo, a ser posible un 7 de julio. En algún informal consejo de familia se ha decidido que te toca a ti, que sabes de esas cosas (¿qué cosas?), hacer las gestiones. Así que tienes que dedicar un montón de tiempo a averiguar que el primo llega con dos años de retraso para casarse en la capilla de San Fermín, que hay quien reserva desde antes de tener novio para empezar por lo más difícil. Con sólo un año de anticipación y en sanfermines (la peregrina idea de casarse por esa época la tiene más gente) lo más cerca que consigues es la iglesia de Cizur Menor, y eso con recomendación. Para dar de cenar a los invitados te tienes que ir mínimo hasta Puente la Reina. El primo no desiste, acepta todo, y meses más tarde te arruina dos días completos de sanfermines con la boda. El tiempo dedicado a diversos trámites ya no te importa, te da lo mismo haber tenido que enterarte de que el consulado argentino más cercano está en Madrid. Pero lo de los sanfermines es más grave. Te obliga a faltar a una corrida de toros por primera vez en diez años, se casa justo a la hora del paseíllo, y además la tarde de la faena apoteósica de José Tomás. Te obliga a ponerte un chaqué (sabés, viejo, siempre quise casarme con un saco de éstos) que en pleno julio y con todo el mundo vestido de blanco es como ir de marciano por la calle, por no hablar del calor. Acabas, como en todas las bodas, perdiendo la dignidad bailando cha-cha-chá con señoras que podrían ser tu madre (incluso quizás una era tu madre), haciendo el trenecito con el resto de invitados, y durmiéndote a la vuelta en el autobús que contrataste para evitar los controles de alcoholemia. Todo sea por tu pariente, ese primo que volvió dos años más tarde con su nueva novia, que para entonces ya se había separado, amenazando con casarse otra vez pero, ahora sí, en la capilla de San Fermín.
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