LOS
PARÉNTESIS DEL CAPITALISMO
Hace unos días causaron
cierto escándalo las declaraciones del presidente de la Confederación Española
de Organizaciones Empresariales (CEOE) pidiendo que se haga un paréntesis en la
economía de mercado para salir de la actual crisis económica. Se le vino a
acusar por tal sugerencia de desfachatez e incoherencia, dando por supuesto que
los empresarios deben defender siempre el mercado.
Y sin embargo, el presidente
de la CEOE, en mi opinión, actuaba en total coherencia con los intereses que
defiende (también con la desfachatez propia del cargo, pero esa es otra
cuestión). No hay que olvidar que vivimos en una economía capitalista. Cierto
que a lo largo del siglo XX la crítica al capitalismo, basada en buena medida
en la que hizo Marx pero también en la de otros campos como la doctrina social
católica o el keynesianismo, ha conseguido un importante éxito y es que sus
defensores se avergüencen del nombre. Hoy se prefiere hablar de economía de
mercado, libre competencia, libertad de empresa, apertura de los mercados,
sociedad abierta, globalización del desarrollo, crecimiento económico, toda una
serie de etiquetas biensonantes que pretenden describir el sistema imperante.
Incluso hay quienes lo describen simplemente como democracia.
Pero arañando un poquito
para que salga a la superficie lo que disfraza esta operación de marketing nos
encontramos con el mismo sistema económico que viene funcionando desde hace
unos siglos: el capitalismo. Adaptado, eso sí, a los tiempos, porque su
capacidad de adaptación es notable. Pero capitalismo al fin, que no supone otra
cosa que un sistema basado en la acumulación incesante de capital y el dominio
del capital (de los que lo poseen o manejan) sobre todos los factores
económicos, sobre el trabajo, la producción y el intercambio de bienes y
servicios, y a través de ese dominio también sobre la estructura social y
política.
Lo que mueve al capitalismo,
un sistema esencialmente depredador y con escasos escrúpulos, es la necesidad
de acumular, de ganar más y más, de vencer todos los obstáculos que se opongan
a mejorar la cuenta de resultados, lo único importante. Lo demás es todo
accidental o, mejor, instrumental, y por ello se puede adoptar o se puede
abandonar, o si hace falta se abandona transitoriamente haciendo un paréntesis
para retomarlo cuando interese.
Así, la economía de mercado
suele constituir una buena herramienta para el desarrollo capitalista. Pero
ojo; no siempre imprescindible. Contrariamente a lo que se dice, ni el mercado
lo crea la iniciativa privada ni se opone a la intervención estatal. Es el
Estado quien garantiza la existencia de mercado porque este exige seguridad en
las transacciones y confianza de los participantes en que los contratos se
cumplen y las deudas se pagan. Esto sólo se consigue de dos maneras: o lo hace
el Estado estableciendo leyes, jueces, policías, o lo hacen los propios hombres
de negocios (así se denominaban a sí mismos Vito Corleone y los suyos). Pero
con esta segunda opción, la ley de la jungla y las prácticas mafiosas, a medio
y largo plazo se degenera en la destrucción del propio mercado y el
establecimiento del monopolio a favor del más fuerte, riesgo que acecha siempre
a los sistemas basados en la competencia si no aparece un árbitro con autoridad
para regularla. Ni el mercado ni la iniciativa privada son capaces por sí
mismos de producir la estabilidad y confianza necesarias para que funcione la
economía; y si queremos un ejemplo claro, ahí tenemos ahora mismo a los bancos
centrales, encabezados por la Reserva Federal norteamericana, tomando medidas
desesperadas para remediar la crisis de confianza que se ha instalado en el
sistema financiero. Después de unos años de abusar del libre mercado y de
predicar la limitación de la intervención estatal el caos generado por la mano
invisible aconseja prescindir un tiempo de la receta.
No hay problema. El capitalismo ha sido liberal a
ratos, pero no siempre. En sus inicios ha estado aliado con el absolutismo, el
proteccionismo y la concesión de monopolios industriales y comerciales. Es
decir, con el mercado limitado. Casi todos los países han cimentado su
desarrollo económico en una fuerte iniciativa estatal (¿tendremos que recordar
otra vez los planes de desarrollo del franquismo?). Pero la compañía del Estado
es prescindible; a partir de cierto momento los empresarios prefieren volar
solos en el mercado y se reconvierten al liberalismo, sobre todo, económico
pero que acaba contagiándose en el plano político. Los cambios que experimenta
un capitalismo inicialmente basado en la producción pero luego en el consumo
desenfrenado primero de productos y más tarde de servicios requieren también un
entorno político adaptable. Del absolutismo pasan a impulsar los sistemas
constitucionales liberales, y de éstos a los democráticos. Pero tampoco hay que
ser fundamentalistas de la democracia; cuando el capital está en riesgo también
se puede hacer un paréntesis en la democracia (Alemania 1933, España 1936,
Chile 1973, China ahora mismo y un larguísimo etcétera de alianzas entre
dictaduras y capitalistas).
Tampoco ha sido problema
transigir, cuando ha interesado, del liberalismo económico. En la Europa de las
posguerras mundiales hubo que pactar y dar lugar a lo que se ha llamado “economía
social de mercado”. Es decir, mercado pero con cierto grado de intervención estatal
y un sistema público de protección social. En España incorporamos este modelo a
la Constitución de 1978. Se garantiza la economía de mercado, la propiedad y la
iniciativa privada. Pero también la subordinación de toda la riqueza a los
intereses generales; la posibilidad de reservar al sector público recursos o
servicios esenciales; el fomento de la participación de los trabajadores en la
empresa, de las cooperativas y del acceso de los trabajadores a la propiedad de
los medios de producción; la planificación de la actividad económica general
para atender a las necesidades colectivas; una distribución de la renta
regional y personal más equitativa; la política de pleno empleo; la utilización
del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación y la
participación pública en las plusvalías que genere la acción urbanística. Puede
parecer mentira pero todas estas medidas no provienen del programa de Hugo
Chávez sino que están literalmente en la Constitución española. Claro que
llevamos ya muchos años de paréntesis en su aplicación porque tuvo la desgracia
de promulgarse justo cuando los vientos estaban girando hacia el
neoliberalismo.
En fin, que no hay nada nuevo bajo el sol. Tras el de la economía social ahora le toca un pequeño paréntesis al mercado. Mientras se pudo ordeñar el mercado, se ordeñó con avaricia, pero ahora que sus ubres están secas hay que ir a sacar dinero de donde hay, al erario público. Retomemos el criterio social aunque sólo para socializar el riesgo y las pérdidas. Los contribuyentes que hemos estado pagando para apoyar que las empresas ganen dinero seguiremos pagando para que no lo pierdan. Estas son las reglas del juego.
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