PARA QUÉ SIRVE EL SENADO

 

 

         Como mis compañeros de Izquierda Unida de Navarra-Nafarroako Ezker Batua me han hecho el honor de elegirme para ser candidato al Senado en las próximas elecciones del 9 de marzo, con el manual del perfecto candidato en la mano, si existiera, me toca decir que el Senado es importantísimo y que si soy elegido contribuiré con todas mis fuerzas a una función esencial para la democracia, para España, para Navarra, para... (complete el lector con lo que parezca más adecuado).

         Prefiero la incorrección política de decir que, por desgracia y mientras no se reforme la Constitución, el Senado sirve más bien para poco. Alguna utilidad, sí que tiene. Los partidos mayoritarios suelen utilizarlo para colocar en una dorada jubilación política a personas a las que hay que agradecer servicios prestados pero que empiezan a sobrar en puestos de mayor responsabilidad, o con las que hay que contar pero ya no caben en la lista del Congreso. Los partidos pequeños aprovechan para tener unas poquitas voces más, que ya está difícil pillar espacio institucional con un sistema electoral que castiga a los minoritarios.

         Por supuesto, ya no es aceptable la misión que tuvo históricamente el Senado en España durante el siglo XIX y hasta 1931. Era una cámara de notables nombrados por el Rey y que servía de contrapeso conservador a un Congreso elegido por sufragio (primero censitario y luego universal masculino).

         La cuestión es que la Constitución de 1978 recupera la institución pero no le otorga apenas funciones específicas. El Congreso sí las tiene; la más importante, elegir o deponer al Presidente del Gobierno. El Senado sólo tiene una, nunca aplicada, la del art. 155: tomar medidas contra una Comunidad Autónoma rebelde. En lo demás, está condenada a ser una cámara de segunda lectura. ¿Hace falta una segunda cámara para eso? En realidad, no hace la segunda sino la cuarta o quinta lectura. Los proyectos legislativos, además de su tramitación en el seno del Gobierno, se han visto en ponencia, en comisión y en pleno a su paso por el Congreso. Si, como suele suceder, en el Senado hay la misma mayoría que en el Congreso, no se hace otra cosa que bendecir lo que llega ya cocinado; si hay otra mayoría (como en esta última legislatura), no sirve más que para obstaculizar la aprobación final, que se produce de todas todas porque la palabra final la tiene el Congreso. Por no hablar de usos perversos, que también se han dado, como introducir por la gatera enmiendas de última hora que pasen desapercibidas e inmunes al debate publico.

Lo de ser cámara de representación territorial que dice el art. 69 es un bonito adorno sin contenido. Podría serlo si, efectivamente, su elección se hiciera sobre la base de las Comunidades Autónomas, a semejanza del Bundesrat alemán, cuyos miembros son nombrados por los gobiernos de los Länder; o como en el Senado estadounidense, compuesto por dos senadores elegidos por cada Estado, o el Ständerat o Consejo de los Estados de Suiza, con dos diputados elegidos en cada cantón. Pero con la actual elección de base primordialmente provincial y sistema cuasimayoritario, el Senado ni sirve para la representación territorial ni mejora la representatividad del Congreso.

 Todavía tendría más sentido el Senado si, además de representar a las Comunidades Autónomas (que son los sujetos territoriales principales, no las provincias), tuviera funciones específicas distintas de las del Congreso. Como las tiene el Bundesrat en el ámbito de las relaciones entre la Federación y los Länder, o como las tiene el Senado norteamericano en materia de política exterior y ratificación de nombramientos federales.

Claro que todo ello pasa por la reforma constitucional. Una reforma, no sólo por la cuestión del Senado, pero también por ella, necesaria e inevitable a medio plazo, pero que viene siendo sistemáticamente aplazada o bloqueada, como lo ha sido en esta legislatura en que el PP se negó siquiera a entrar a debatir la timidísima propuesta que lanzó Rodríguez Zapatero. Una reforma que debiera dirigirse a cambiar tanto la forma de elección como las funciones del Senado; que debiera configurarle de verdad como la cámara de representación territorial en el sentido de servir de cauce de participación de las Comunidades Autónomas en la conformación de las instituciones comunes del Estado, en la  formación de la voluntad común y en la representación de España en la Unión Europea, de foro de cooperación entre el Estado y las Comunidades Autónomas y de éstas entre sí, y de cauce para solucionar conflictos. Y, por cierto, todo ello se podría hacer ahorrando costes; frente a los 259 miembros del Senado en España, la cámara alta tiene 167 miembros en Alemania, 100 en Estados Unidos o 46 en Suiza.

Por cierto que otra clamorosa inutilidad del Senado tiene que ver con su sistema de elección. A diferencia de lo que sucede con el Congreso, los parlamentos autonómicos, el Parlamento europeo o los Ayuntamientos, para el Senado no se utilizan las denostadas listas cerradas y bloqueadas. Es el único caso en que se emplean las listas abiertas. Cada votante puede acudir a votar armado con un bolígrafo y repartir las tres equis a su voluntad, señalando a los candidatos que más le gusten. O sea, la oportunidad de castigar a candidatos impresentables y políticos quemados sin estar vinculado por las detestables cúpulas de los partidos que los han puesto ahí. Esta es la teoría; en la práctica, la mayoría de los votantes acuden disciplinadamente con la papeleta que le ha mandado su partido ya impresa con las tres equis. Abdican de elegir nombres y votan por una lista. Resultado: en cada provincia tres senadores para la lista más votada (que es la misma que para el Congreso) y un senador para la segunda lista más votada, que suele ser el que aparezca primero en la papeleta, los pocos votantes que no votan toda la lista y marcan la diferencia suelen ser tan perezosos que plantan la equis en el primer nombre que ven, sin comerse más el tarro. En fin, mal precedente para que un día lleguemos al anhelado sistema de listas abiertas.

Y dicho esto alguno me dirá: ¿y entonces para qué eres candidato al Senado? Pues, entre otras cosas, para decir todo esto.

 

 

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