LA PARADOJA
CONCÉNTRICA DEL ELECTOR EUROPEO
La
anunciada abstención en las elecciones al Parlamento Europeo del próximo siete
de junio, lamentable porque una democracia sin participación o con escasa participación
resulta deficiente, por desgracia es demasiado explicable. No es sólo el
problema de la lejanía del Parlamento Europeo respecto de los ciudadanos y la
complejidad del funcionamiento de las instituciones de la Unión Europea, que
también; o que dicha cámara siga teniendo un evidente déficit competencial
siendo intrascendente, por ejemplo, el resultado de las elecciones para
determinar la composición de la futura Comisión (lo más parecido a un “gobierno
europeo” que tenemos), que como siempre vendrá condicionada por las
negociaciones entre los gobiernos nacionales y no por la voluntad que se
manifieste por la ciudadanía en estos próximos comicios. Es que al elector
europeo el resto del tiempo se le viene aleccionando implícitamente sobre la
intrascendencia de su voto en relación con sus preocupaciones más apremiantes y
con su futuro.
El
ciudadano europeo hoy vive en el seno de instituciones políticas que se ordenan
en tres círculos concéntricos. Está el círculo local/regional, está el círculo
nacional o estatal, y está el círculo europeo. Tres ámbitos políticos que
resultan muy diferentes entre sí.
Al
elector se le explica, por las instituciones y por los partidos políticos, que
sus intereses más inmediatos se satisfacen en el ámbito local/regional. Es en
él donde se le prestan los servicios que le aseguran sus derechos y su
bienestar: salud, educación, vivienda, urbanismo, cultura, protección
ambiental. Es ahí donde se encuentra con unas instituciones no sólo cercanas
sino incluso paternalistas, donde con mayor contundencia se manifiestan los
rasgos del Estado Social. Los gobernantes se esfuerzan en publicitar el
carácter social de sus políticas, en mostrarse lo más próximos y preocupados
por los problemas de sus vecinos y conciudadanos. En la campaña electoral se
destaca a la persona, el candidato a la alcaldía o a la presidencia regional,
por encima del partido que lo presenta, subrayando que es uno de los nuestros,
uno más, una persona normal que vive los mismos problemas que sus electores, que
está igual de apegada a la tierra que ellos.
El
ámbito europeo se ha convertido en todo lo contrario. Instituciones lejanas
donde trabajan unos políticos desconocidos de las cuales solo llegan noticias
en forma de subvenciones que hay que conseguir o de normas que hay que aplicar
sin saber muy bien cómo y quién las ha aprobado. Un ámbito más técnico que
político, donde las decisiones se justifican con una fría racionalidad que
permite que partidos políticos enfrentados a nivel nacional las compartan, que
gobiernos de muy diverso signo las consensúen. Designios que por su fundamento
tecnocrático no se discuten, se acatan. Este ámbito europeo es donde mejor ha
arraigado la visión neoliberal de la economía. Es la fuerza ciega del mercado y
la libre competencia la que tiene que regular la economía; los poderes públicos
han de limitarse a vigilar que se cumplan unas mínimas reglas de funcionamiento
que con el tiempo y el afán desregulador han ido siendo más laxas. Las
políticas económicas deben adecuarse a una ortodoxia cuyos guardianes son unos
bancos centrales gobernados por economistas independientes que no responden ni
ante el ejecutivo ni ante el legislativo. Dado que las decisiones económicas
son técnicas y no políticas son el lugar de encuentro tanto de las derechas
como de las teóricas izquierdas, dejando fuera sólo a los extremistas
irracionales y utópicos.
El
círculo nacional o estatal es un ámbito intermedio que distribuye el juego
entre los otros dos. Desde el cual se participa en las instituciones europeas
donde de verdad se cuecen las decisiones (Consejo Europeo, Consejo de
ministros), con la comodidad de poder atribuirse los éxitos y de culpar de los
efectos indeseados a otros; donde se regula y armoniza el funcionamiento de las
instituciones regionales y locales y se reparten fondos. En el cual según
convenga cabe ofrecer doble faz, social y neoliberal, es posible prometer al
mismo tiempo menos impuestos y más prestaciones sin inmutarse, anunciar
protección social e inyectar masivamente dinero a los bancos. Sobre todo es el
ámbito del orden y la seguridad (defensa, policía, justicia) y de la identidad
nacional (bandera, pasaporte, selección de fútbol), en este segundo caso
soportando la competencia de algunos nacionalismos periféricos. Es donde reside
el liderazgo político esencial, es con el respectivo jefe de Estado o de
Gobierno con quien el ciudadano identifica el poder, sea para adherirse o para
repudiarlo, y por eso las elecciones de este ámbito suelen conseguir mayor
participación.
Al
elector ya se le ha convencido de que en el ámbito europeo las decisiones son
compartidas lo mismo por el Partido Popular como por el Partido Socialista o
los liberales europeos porque no hay alternativa posible sino mero pragmatismo
tecnocrático; de que la economía la rige el mercado y no los políticos; de que
lo importante en las instituciones europeas es el regateo constante para
imponer los intereses nacionales y que el respectivo gobierno nacional se anote
éxito tras éxito frente a turbias maniobras extranjeras; de que sigue siendo el
Estado-nación el ámbito esencial de la acción política, el que define la patria
a la que el ciudadano debe su lealtad; de que al Parlamento Europeo se
presentan candidatos ya amortizados en la política nacional o que sobraban de
otras listas, los líderes compiten sólo en el ámbito nacional o local/regional;
y de que para proveer de los servicios esenciales y asegurar la felicidad
terrenal están los gobernantes locales y regionales. Ahora llegan los mismos
partidos políticos que han sembrado ese discurso y durante dos semanas se
esfuerzan por convencer a los electores de todo lo contrario; de que hay
diferencias abismales entre el PP y el PSOE; de que de estas elecciones
dependen decisiones económicas trascendentales; de que el Parlamento Europeo es
una cosa importantísima. Y el elector no siempre es tonto. No se cree lo que le
dicen en campaña y ante la paradoja de tener que dejar la mente en blanco y
creer en cosas frontalmente contradictorias según el ámbito al que le llamen a votar
prefiere quedarse en casa.
Al elector que no comulga con ruedas de
molino hay que decirle las cosas claras. Que merece la pena ir a votar pero no
por lo que le cuentan en la propaganda oficial. Que sólo merece la pena si lo
que quiere es expresar su rechazo de esta Europa reducida a un mercado común
regido por el principio de la competencia (o el reparto) entre empresas
privadas y la no intervención pública. Para impugnar la deriva emprendida hacia
una Europa que limita y restringe derechos en lugar de ser el ámbito de
ampliación y garantía de derechos al que aspirábamos hace unos pocos años.
Reclamar una Europa social y solidaria, no una Europa egoísta reconvertida en
zoco de mercaderes, donde la economía se subordine a la política y no al revés.
Una Europa democrática donde los ciudadanos tienen voz y el Parlamento
capacidad de decisión; no donde las decisiones rechazadas se vuelven a someter
a decisión una y otra vez hasta que salgan (el referéndum como medio de dar leña al mono hasta que hable inglés).
Merece la pena votar para cambiar las cosas; no merece la pena volver a votar a
los mismos que vienen gobernando las instituciones europeas para que sigan
haciendo lo mismo.