Nuevas tradiciones
EL PAÑUELO Y EL
POBRE DE MÍ
Al igual que con el día seis de julio, hemos inventado nuevas tradiciones para el pañuelo rojo el día catorce, cuando la fiesta toca a su fin. Hace años uno lo llevaba al cuello hasta que volvía a casa y lo echaba con el resto de la ropa sanferminera al cesto de la colada. Claro que entonces no había un momento tan preciso como ahora para poder decir que las fiestas habían acabado. De 1968 a 1974 el pobre de mí era convocado oficialmente (antes no figuraba en el programa, aunque se cantara popularmente el estribillo) en la Plaza Consistorial a las nueve de la noche, y entre 1975 y 1979 a las diez, y no era el último acto de fiestas. Acudían las peñas con pancartas y charangas, eran recibidas por el Ayuntamiento y salían de allí bailando para hacer su última ronda nocturna, en lo que era el origen de esta función. Esa noche todavía se programaban más actos; baile en la Plaza del Castillo y verbena en el parque de Antoniutti hasta las tantas. Cada uno decidía a qué hora ponía fin a las fiestas, se retiraba a casa y se quitaba el pañuelo.
La cosa cambió a partir de 1980. El consistorio decidió convocar el pobre de mí a las doce de la noche, convirtiéndolo en el último acto del programa. Las peñas, que estaban molestas a causa de la parquedad de la subvención que percibían, decidieron montárselo por su cuenta en la Plaza de San Francisco (al año siguiente se trasladaron a la del Castillo), también a las doce. El mágico momento de la medianoche es, desde entonces, el del final oficial de las fiestas. Poca vida festiva queda después. La Plaza del Castillo luce desangelada sin baile, y quien quiere prolongar los sanfermines debe limitarse a seguir una peña hasta que se recoge o a ir de bar en bar comprobando cómo, a partir de cierta hora, sin dar margen para esperar al encierro, se recupera la olvidada costumbre de ir echando las persianas. Ya cantó Sabina lo de “esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar”.
La tentación de quitarse el pañuelo justo después de medianoche se hizo demasiado fuerte. Todavía en las fotografías del pobre de mí de los años ochenta la gente aparece sujetando una vela con el pañuelo al cuello. Pero el paralelismo con el chupinazo era inevitable. Según se afirmó la costumbre de agitar el pañuelo antes del cohete y anudárselo al cuello a las doce y un minuto del día seis, se generalizó en los últimos ochenta también la de quitárselo a las doce de la noche del día catorce y levantarlo por encima de la cabeza mientras se corea el estribillo del pobre de mí. Principio y fin, alfa y omega, el chupinazo y el pobre de mí se convierten en positivo y negativo de la misma imagen. Del mediodía a la medianoche, de la luz solar a la penumbra de los cirios, de ponerse a quitarse el pañuelo, el círculo queda cerrado. La estampa de la multitud tiñendo de rojo la Plaza Consistorial con sus pañuelos alzados entre la luz de las velas se ha convertido en característica del pobre de mí.
En los últimos años se ha añadido una nueva tradición. Algunos de quienes se han quitado el pañuelo del cuello en la Plaza Consistorial acuden a la iglesia de San Lorenzo, en la que se halla la capilla de San Fermín, y lo cuelgan de la verja de la entrada principal (o, últimamente, de una valla metálica colocada aposta para proteger la reja). De madrugada toda la puerta está cubierta de pañuelos rojos y rodeada de restos de velas, cosa que no hace mucha gracia a los responsables de la parroquia que deben dedicar la mañana siguiente a hacer limpieza.
Ignoramos quiénes inventaron la tradición (si fue usted, estimado lector, no dude en llamar al periódico para reclamar su autoría y explicar cómo demonios tuvo la idea). Sí sabemos más o menos cuándo; en la primera mitad de los años noventa. El programa de fiestas de 1993 publicaba, a doble página, una fotografía de Jim Hollander de la puerta de San Lorenzo la noche del catorce de julio con tres mozos que están anudando sus pañuelos a la reja. Hay solamente un par de docenas de pañuelos y unas pocas docenas de cirios ardiendo. Por aquél entonces la costumbre parece ser minoritaria y de inicio reciente. En los años siguientes, y mucha culpa habrá tenido la fotografía, son muchos los que se han apuntado a esta tradición. En 1995 la prensa ya la mencionaba como costumbre, aunque ese año hubo quienes prefirieron colocar velas y pañuelos en la Plaza Consistorial, en el lugar en que había sido corneado y muerto en el encierro un joven norteamericano. Afortunadamente, no hay muertos con tanta frecuencia como para convertir esto en nueva tradición.
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