PAMPLONA
PARQUE TEMÁTICO
Hay quienes describen los parques
temáticos como pequeñas ciudades diseñadas para atender todas las necesidades
de sus habitantes y, sobre todo, de sus visitantes. También hay quienes
utilizan expresiones como “te crees que vives en Disneylandia” para poner de
manifiesto que la vida en un parque temático no deja de ser algo instalado en
la más completa irrealidad. Efectivamente, los parques temáticos constituyen,
como tantas otras obras humanas, pequeñas islas de ilusión y fantasía en el
vasto océano de la realidad; paréntesis virtuales de orden, paz, pulcritud,
abundancia, placer y perfección en un mundo dominado por la entropía, los
conflictos, la imperfección, la pobreza o el sufrimiento. Lugares a los que se
puede huir durante unas horas para abstraerse de la cruel vida real.
Tengo la impresión de que últimamente son las
ciudades, al menos las de los países desarrollados, las que se pueden definir
como grandes parques temáticos. Hay quien después de vivir en algún lugar del
tercer mundo vuelve al primero y dice que se siente como si estuviera en
Disneylandia, el padre de todos los parques temáticos. No hace falta volver a
Pamplona desde esa mayoría de países que viven en el subdesarrollo o la miseria
para ir teniendo la misma impresión.
Desde hace tiempo parece que la ciudad, y sobre todo
la parte central de la ciudad (el downtown del modelo anglosajón al que
cada vez nos vamos pareciendo más), no es tanto un lugar para vivir, para usar,
para pasear, como para visitar. Los vecinos son animados a irse a vivir a la
periferia pero a volver al centro como visitantes. Visitantes que sobre todo
llegan para consumir, para gastar, para dejarse cuanto más dinero mejor. Por
eso, como en los parques temáticos, hay que asegurarles un lugar para aparcar
su vehículo, porque el visitante del parque temático es un sujeto motorizado
que ya no sabe, o puede, desplazarse si no es sobre ruedas. También hay que
proponerles unos recorridos bien diseñados para que los visitantes, sucesivamente
y con unos desplazamientos cómodos, puedan comprar, puedan comer y puedan
acudir a algún espectáculo o actividad recreativa. Si todo puede estar junto y
bajo el mismo techo mejor que mejor.
Como en el parque temático, el visitante debe ser
guiado por una buena señalización turística y comercial, debe recibir guías y
folletos informativos para orientarle en su recorrido, debe encontrarse con
animación de calle y debe encontrarlo todo limpio e inmaculado. El downtown
debe constituir una isla bien protegida de cualquier atisbo de degradación
urbana; los problemas (pobreza, mendicidad, delincuencia, edificios ruinosos,
suciedad, contaminación) son proscritos y expulsados hacia el exterior.
Buena parte de los espacios urbanos se diseñan
específicamente para ser contemplados por los visitantes, condicionando
cualquier otro uso a su carácter de obra artística, de elemento emblemático y
epatante o de acontecimiento arquitectónico. Da igual que los edificios sean
incómodos para sus usuarios, que las plazas sean inutilizables porque están
expuestas al más frío viento o al sol más abrasador, o porque su adoquinado se
ha colocado para que dialogue con los muros adyacentes y no para ser pisado,
que los falsos lagos estén llenos de aguas cenagosas y generen molestas humedades,
que las calles no sean capaces de contener el tráfico que soportan, o que se
creen barreras arquitectónicas donde no las había que luego habrá que remediar
con rampas y ascensores de forzado diseño y uso improbable.
El triunfo de la apariencia, de lo virtual, avanza
arrollador en nuestra ciudad. Nos acaban de colocar en las calles parte del
vallado de madera en origen destinado a cerrar el recorrido de un encierro que
no se celebrará sino siete meses más tarde con unos toros que todavía pastan a centenares
de kilómetros de aquí. No se trata de una exagerada anticipación sino de que
esté a disposición de los turistas. A lo mejor cuando llegue julio se comprueba
que hay que cambiar algunas tablas dañadas durante tantos meses de exposición a
la intemperie, a los visitantes y a los gamberros. Y más tarde quizás se decida
contar con dos vallados, uno para el encierro y otro para los turistas, igual
que tenemos dos imágenes de San Fermín, una para la procesión y otra para el
día del niño. Por esa vía algún año no sabremos muy bien si el vallado de
verdad se quita para poner el de los turistas o si el de verdad se quita para
poner el de los toros.
La puntilla, el último peldaño en esta escalada hacia la disneylandización de nuestra ciudad, lo que me impulsa a escribir estas líneas, es la estrafalaria iniciativa de alegrar las navidades en el centro de Pamplona con nieve artificial producida con cañones sufragados por los comerciantes con el visto bueno municipal. A lo mejor la cosa tiene su gracia en Lepe, donde nunca nieva, pero poca donde conocemos de sobra los inviernos blancos. En la ciudad tal y como la conocíamos antaño la nieve en las calles era una molestia para el tránsito peatonal y rodado que obligaba a tomar medidas tales como retirarla con palas o echarle sal para facilitar que se derritiera cuanto antes. La nieve como espectáculo funcionaba en el campo y en las montañas, pero a nadie en sus casillas se le hubiera ocurrido sembrarla por la calle igual que en Canarias a nadie se le ha ocurrido todavía esparcir calima artificial o en Galicia lluvia simulada. Ahora nos ponen nieve de mentira, con nevadas de pega a fecha y hora prefijadas, en una ciudad cada vez más de mentira para que disfrutemos un poco más de esta vida cada vez más ficticia a la que nos van llevando.
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