NACIONALISMO, SIONISMO Y CUESTIÓN PALESTINA
Es curioso, por no decir sospechoso, que cuando se trata de la situación en el Cercano Oriente y del recrudecido conflicto entre israelíes y palestinos se suela obviar el papel que en todo ello juega el nacionalismo étnico.
El historiador británico Adrian Hastings (La construcción de las nacionalidades. Etnicidad, religión y nacionalismo, 2000) explica que la teoría del nacionalismo se elabora en el Occidente cristiano tomando como ejemplo al pueblo israelita del Antiguo Testamento: "un modelo evolucionado de lo que significa ser una nación: una unidad de personas, idioma, religión, territorio y gobierno". El modelo de nación que ofrece la Biblia se difunde gracias a sus traducciones, ya que el cristianismo, careciendo de una lengua sagrada, vierte las Escrituras primero del hebreo y arameo al griego, luego al latín, y después, sobre todo tras la Reforma protestante, a todas las lenguas vernáculas. Cada nación -a quien Dios, como en el suceso de Pentecostés, habla en su propia lengua- se identifica a sí misma como el pueblo elegido e interpreta su pasado como una historia de salvación. Las iglesias estatales autocefálicas y el clero, depositario de la cultura y difusor de las traducciones de la Biblia, son factores decisivos en la Edad Moderna para la creación de las identidades colectivas que desembocarán en los diversos nacionalismos de los siglos XIX y XX.
El sionismo no es sino la recepción de las ideas nacionalistas en el seno de una comunidad, la judía, que presenta la particularidad de no estar asentada en un país determinado sino enormemente dispersa por todo el mundo. Por eso una de sus principales preocupaciones será disponer de un territorio propio sobre el que edificar su nación soberana, y no extraña que optara por la reconquista de la misma Tierra Prometida del Antiguo Testamento… pasando por alto el pequeño detalle de que esa tierra había tenido durante siglos –además de una pequeña minoría judía- otros habitantes: los palestinos.
El sionismo presenta los peores rasgos del nacionalismo étnico. Su fin último es constituir una comunidad política ligada por lazos de sangre –los descendientes de las doce tribus de Israel-, pura, exclusiva y excluyente, un "nosotros" que oponer a los "otros", los gentiles, los extraños, los filisteos; un "nosotros" poseedor de la verdad y de la razón al ser el pueblo elegido por Dios. Un grupo humano que por haber sido víctima de innumerables abusos a lo largo de la historia hace del victimismo –derivar de su sufrimiento pasado supuestos derechos que esgrimir en contra del resto del mundo- una de sus armas preferidas, hasta el punto de poder convertirse también en verdugo y opresor sin el más mínimo remordimiento.
El sionismo aprovecha la coyuntura favorable que se presenta al finalizar la IIª Guerra Mundial para realizar su proyecto. Los horrores del Holocausto perpetrado por los nazis refuerzan el argumento victimista. Las potencias vencedoras en la guerra tranquilizan fácilmente su conciencia otorgando a los judíos una porción de la Tierra Prometida en Palestina –una concesión que les cuesta bien poco, ya que es una tierra ajena-. De paso solucionan, no el problema de los refugiados judíos de la postguerra, sino su problema con los refugiados; alegando que no pueden absorberlos en sus países los dirigen hacia la Tierra Prometida. El Reino Unido, un imperio colonial en franca decadencia hostigado por el terrorismo judío y árabe, decide abdicar de su mandato sobre Palestina. Los Estados Unidos, principal foco del poder judío, aplican todo tipo de presiones diplomáticas y económicas para lograr que las Naciones Unidas –sin consulta directa a la población, y en contra de la voluntad de la mayoría árabe- aprueben en 1947 la partición de Palestina en dos estados separados, uno árabe y otro judío, dos estados étnicos que van a tener que convivir dentro de unas enmarañadas fronteras. Dos estados condenados a la guerra antes de nacer.
Como advierte el antropólogo de origen judeocheco Ernest Gellner (Nacionalismo, 1998) la existencia de zonas donde las culturas están mezcladas como en un mosaico hace que "en condiciones como las de los Balcanes, el Cáucaso, el Volga, gran parte de Asia central así como en muchas otras regiones del mundo, los Estados-nación culturalmente homogéneos, los que la teoría nacionalista ha sostenido que son normativos y vienen prescritos por la historia, sólo se pueden crear aplicando la limpieza étnica. En estas áreas, o se persuade imperativamente a la gente para que renuncie a la puesta en práctica del ideal nacionalista o debe implantarse una limpieza étnica. No existe una tercera vía". En el caso de Palestina la comunidad internacional hizo suya una opción que significaba la guerra y la limpieza étnica; un error que por desgracia años más tarde se volvería a cometer en Bosnia, en Ruanda, en Kosovo.
Desde la proclamación del Estado de Israel, conforme a las ideas sionistas, la guerra no ha cesado. Y ha sido una guerra con claros vencedores y vencidos. Los sionistas han podido construir un estado exclusivamente judío, que gracias a las armas ha logrado extenderse incluso a territorios que las Naciones Unidas no les habían concedido, incluyendo la ciudad santa de Jerusalén. Los árabes palestinos se han visto abocados a abandonar sus hogares, a vivir como refugiados en otros países, o a vivir en su propia tierra como ciudadanos de segunda o, simplemente, como enemigos vencidos sometidos a ocupación militar. El apoyo económico y militar de Occidente a Israel, la debilidad, tibieza y oportunismo de sus aliados árabes, la división y la ineptitud de sus propios líderes, todo ha conspirado en contra de los palestinos.
El nacionalismo sionista ha tenido, como era inevitable (los nacionalismos étnicos de signo contrario se necesitan mutuamente), su reflejo y contestación en un nacionalismo árabe palestino. Si en 1947 los árabes rechazaron la partición de Palestina y exigieron la independencia dentro de un solo estado democrático con igualdad de derechos para judíos y árabes, el tiempo les ha llevado a la reivindicación de un estado árabe en los territorios ocupados por Israel en 1967, del cual la actual Autoridad Nacional Palestina pretendía ser un primer paso.
Durante cincuenta años el comportamiento del Estado de Israel ha sido un ejemplo permanente de desprecio hacia las resoluciones de las Naciones Unidas, hacia el Derecho internacional, hacia la paz y hacia los derechos de los palestinos, y de incumplimiento de los compromisos contraidos. Su régimen supuestamente democrático padece un vicio fundamental: la democracia no alcanza a todos, es una democracia sólo para los israelíes judíos que discrimina a los ciudadanos árabes. Y todo ello ante la pasividad, o complicidad, de la comunidad internacional.
Resulta patético comprobar que en España, un país donde hoy resulta no sólo políticamente correcto sino casi obligatorio denigrar oficialmente los nacionalismos étnicos siempre que estén ubicados en los Balcanes o en el norte de la Península Ibérica, no sólo sea habitual pasar por alto la existencia de uno de los más penosos ejemplos de nacionalismo excluyente –el sionista-, sino que se haya considerado como un signo de distinción y de incorporación a la privilegiada sociedad de los países democráticos más avanzados el reconocimiento del Estado de Israel. Qué distintas son las varas de medir. En una época en que ciertos políticos españoles muestran tantos escrúpulos para sentarse siquiera a la misma mesa para hablar con los nacionalistas, resulta sorprendente que la única vía de solución que se ofrezca a los palestinos sea la de tener paciencia y sentarse a dialogar con sus verdugos y se les anime a hacer más concesiones –sin riesgo alguno de que los israelíes tengan que hacerlas, a lo largo de la historia sus supuestas concesiones han consistido en decir qué parte de territorios usurpados por la fuerza de las armas pensaban devolver-. El sucesivo fracaso de las conversaciones y acuerdos de paz, la nueva Intifada que expresa la indignación y la frustración de los palestinos, la violenta represión israelí, no son hechos casuales. Lo que mal empieza no suele acabar bien.
* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU