LA OTRA CARA DE LA CÁRCEL: EL PROBLEMA DEL ENFERMO MENTAL EN PRISIÓN
Por el foro Iruña: Fernando Atxa, Helena Berruezo, Iñaki Cabasés, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Conchita Corera, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz y Patxi Zabaleta.
Al empezar a hablar de la
salud mental entendemos que debemos hacer una advertencia previa, el dolor que,
en muchos casos, para las familias supone que uno de sus miembros sea un
enfermo mental es imposible de transcribir a un artículo de opinión pero es una
de las motivaciones que nos llevan a escribirlo.
Se dice que diagnosticando
nuestros marginados podemos analizar nuestra sociedad, en este sentido es
indudable que nuestras prisiones, cada vez más, son contenedores de aquellos a
quienes queremos apartar u olvidar, convirtiéndose en instrumentos de
marginalidad. Dentro de este grupo se encuentran los enfermos mentales.
Durante años los
profesionales que desde el exterior trabajan en la reinserción penitenciaria observaban
la gravedad de la situación pero se encontraban con la negativa a reconocerla
por parte de la institución penitenciaria. Todos coincidían en que la
intervención, debido a la magnitud del problema era urgente: Jueces de
Vigilancia, Colegio de Abogados, asociaciones de neuropsiquiatría, colectivos
de tratamiento de drogodependientes, profesionales y voluntarios de la
reinserción, etc. Pero la negativa persistía. Sin embargo en el año 2006 y
promovido por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias se redactó
el primer estudio serio y global de la salud mental en las cárceles españolas,
los resultados no pueden ser más alarmantes: un 25% de los presos sufre una
patología mental diagnosticada (si incluyéramos aquellos no diagnosticados las
cifras rondarían el 40 %), es decir uno de cada cuatro de nuestros presos es un
enfermo mental que ha sido diagnosticado como tal por la sanidad pública. De
ellos el 65% son duales, es decir que además tienen aparejada una dependencia
de drogas o alcohol, para estos no existe ningún programa específico ni fuera
ni dentro de las prisiones, por lo que su tratamiento es prácticamente nulo.
Nos llega una primera pero
importante reflexión sobre estos datos. El sistema de manicomios que durante
décadas padecieron nuestros enfermos y que tanto costó erradicar se está
reproduciendo hoy en día. Las cárceles están sustituyéndolos, las derivaciones
ahora provienen de nuestras estructuras judiciales, pero el resultado es el
mismo.
Tengamos en cuenta que en
las prisiones no existen psiquiatras, los servicios médicos penitenciarios no
son especialistas, los episodios agudos se tratan con salidas a los centros de
salud externos quienes con poca información, en situaciones de custodia que
dificultan mucho su trabajo, en un tiempo muy corto y sin un seguimiento
posterior en condiciones, deben de atender y solucionar el episodio. Después el
preso vuelve a su celda, sin terapias ni controles de la evolución
farmacológica, esperando que dichas urgencias no se vuelvan a repetir. Parece
que muchos creen que los presos son personas sin derechos, sin embargo la pena
privativa de libertad no mitiga el derecho a la salud, que es un derecho
fundamental, lo que subyace en todo esto es la vulneración sistemática de ese
derecho para los enfermos mentales encarcelados.
Centrándonos en Navarra y en
nuestra cárcel provincial, tendremos que empezar diciendo que la situación en
cifras es idéntica a la expresada anteriormente, rondando ese 25% de presos
diagnosticados, con una salvedad, contamos con la población penitenciaria más
pequeña del país sobre los 200 presos, si bien es cierto que en breve veremos
una prisión con una población mínima de 600. Varias entidades de la inserción
penitenciaria en nuestra comunidad vienen alertando de la necesidad de
intervención en este campo, en especial es de destacar el informe presentado
por el Defensor del Pueblo de Navarra al parlamento a raíz de la ponencia sobre
la cárcel nueva donde lo recogía dentro de sus recomendaciones finales.
Es cierto que la problemática
de la salud mental en Navarra no empieza en la prisión sino en el sistema
público de salud en muchos casos defectuoso, con problemas de lista de espera
incluso en agudos donde la situación de la cárcel parece un problema más y que
nos llevaría a plantearnos una reforma más general con un programa a gran
escala. También es cierto que los juzgados de lo penal se encuentran con muchas
trabas a la hora de derivar los casos a centros de cumplimiento alternativo y a
la hora de poder individualizar la conducta delictiva en relación con la
existencia de una enfermedad mental. Sin embargo también es cierto que la
situación penitenciaria en Navarra exige una intervención urgente, desde el
otoño pasado hasta hoy ha habido cuatro suicidios en nuestra cárcel (en torno
al 2% de la totalidad de los presos en Navarra) lo que está indudablemente
unido a la salud mental.
Una posibilidad interesante,
propuesta por la propia institución penitenciaria y que otras comunidades, con
una población penitenciaria más de seis veces mayor que la nuestra (Aragón,
Asturias y Extremadura), han llevado ya a la practica es la de dotar un
psiquiatra que, en este caso, desde el servicio navarro de salud pueda entrar para: diagnosticar, continuar con
los tratamientos que se llevasen antes de la entrada en prisión, realizar
terapias y controlar la progresión farmacológica del enfermo. Sin ser una
solución al problema es una medida accesible, barata y que podría ayudar a
paliar en mucho la situación.
Esta medida pasa por la firma de un convenio entre la Dirección General de Instituciones Penitenciarias y el Gobierno de Navarra, previo análisis y diseño de nuestros técnicos de salud mental. Para ello solo se precisa voluntad política en una cuestión que entendemos como no partidista y que no sería más que la extensión del derecho de acceso a la sanidad pública de todos nuestros ciudadanos, tal y como ya ocurrió en su momento con la pionera implantación en la prisión de Pamplona del programa de intercambio de jeringuillas para prevenir el contagio del VIH.
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