OTRA IGLESIA,
OTRA RELIGIÓN
Afligidos
y desconcertados, es el sentimiento predominante de muchos cristianos en
nuestro país ante la situación de la Iglesia Católica (“asamblea universal”,
significaría la expresión griega original, aunque poco de asamblea y cada vez
menos de universal tiene). Sentimiento que se ha volcado en el manifiesto “Ante
la crisis eclesial” recientemente publicado y suscrito por 300 personas que sin
duda podrían ser muchas más si se quisieran solicitar más adhesiones. Late en
ese escrito el mismo deseo de otra Iglesia (“deseamos una Iglesia mejor”) que hace años se contiene en el
esperanzado lema “Otra Iglesia es posible” que se impulsa desde movimientos
como Somos Iglesia o Redes Cristianas.
Comparto esas reflexiones, a
las que quiero añadir alguna más. Difícilmente veremos otra Iglesia, y menos
otra Iglesia mejor, si no extendemos el debate a qué concepto de religión
abrazamos los cristianos. Porque muchos de los equívocos y contradicciones
internas de la Iglesia pueden venir de ahí.
Durante
buena parte de la historia de la humanidad la religión (cualquier religión) ha
consistido en gran medida en un instrumento de dominación política. Poder
político y poder religioso han ido unidos; el gobernante ha sido también sumo sacerdote,
cuando no divinidad. Ejercer el poder sobre una sociedad ha implicado, entre
otras cosas, el monopolio de la relación con lo sagrado y el monopolio en la
definición de la verdad. Ley divina y ley civil han sido una misma cosa, delito
y pecado dos caras de la misma moneda. En estas circunstancias, la religión ha
consistido principalmente en una ideología que sirve para legitimar el orden
político y social existente, el poder se ejerce en nombre de Dios. Cada
comunidad política tiene una religión oficial y castiga tanto la herejía como
la apostasía.
Pese a
esa imposición obligatoria de unas creencias y unas normas, o precisamente por
eso mismo, también ha sido normal la aparición de las disensiones religiosas.
De cuando en cuando algún grupo impugna los dogmas establecidos; en unos casos
logra tomar el poder y reformar la confesión religiosa a la que pertenece, las
más de las veces es expulsado o debe abandonarla para crear una nueva religión.
Con frecuencia esa nueva religión adopta la forma de secta; me refiero como
secta al grupo religioso minoritario que se basa en la convicción de hallarse
en posesión de la verdad y del bien frente al resto del mundo que encarna la
mentira y el mal, y que tiende a cerrarse sobre sí mismo en actitud defensiva y
habitualmente en torno a un líder carismático al que se otorga la facultad de
definir los nuevos dogmas por los que se va a regir.
El
cristianismo en origen no respondía a ninguna de estas dos concepciones de la
religión. El evangelio que predica Jesús de Nazaret fue completamente
rupturista en este sentido. No pretendía dar lugar a una nueva religión
confundida con el poder político (“mi
reino no es de este mundo”; “dad al
César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”), ni impulsar una
revuelta política (”guarda tu espada,
porque el que a hierro mata a hierro muere”), sino generar una renovación
espiritual (“amad a vuestros enemigos,
rogad por vuestros perseguidores”; “yo
quiero misericordia y no sacrificios”). Pretensión incompatible con un
orden social y político teocrático que le llevó a ser condenado a muerte. Pero
tampoco pretendió fundar una nueva secta de personas puras cerrada y excluyente
(“no juzguéis y no seréis juzgados”;
“yo no he venido a llamar a los justos,
sino a los pecadores”) sino anunciar un mensaje abierto a cualquier persona
(“la Buena Noticia será proclamada a
todas las naciones”).
Por
desgracia, el mensaje original ha sido adulterado demasiadas veces, y
demasiadas veces dentro de la propia Iglesia. La apropiación del cristianismo
por el Imperio Romano como religión oficial (y después, por tantos otros
gobernantes) lo convierte en una mera ideología religiosa al servicio del poder
contra la que periódicamente han de advertir, al igual que los profetas del
Antiguo Testamento clamaban contra sus reyes, tantos otros profetas y
renovadores que con mayor o menor éxito y acierto apelan a la vuelta a las
raíces evangélicas (desde Francisco de Asís hasta Juan XXIII, pasando por
Erasmo de Róterdam o Hélder Cámara, sin olvidar a Lutero y otros reformadores
separados del tronco de la Iglesia Católica). Apelación de la que en buena
medida se nutre también el Concilio Vaticano II. Y la tentación de convertirse
en nuevas sectas de minorías elegidas y selectas ha arrastrado también a lo largo
de la historia a muchos grupos de cristianos y ha estado en la génesis de
muchos cismas.
En el
mundo moderno, el que surge de la Ilustración, ya no es aceptable una religión
con pretensiones de detentar el monopolio de la verdad y mucho menos de que la
verdad se pueda imponer por el poder político. Las ideas de libertad y
pluralismo que forman parte de nuestra cultura política lo impiden. Pero si
bien la Iglesia Católica formalmente ha aceptado esas ideas todavía se resiste
a ponerlas en práctica y llevarlas hasta sus últimas consecuencias. Parece que
le produce demasiado vértigo despegarse del poder político, le da demasiado
miedo aceptar el laicismo, le cuesta demasiado imaginar un Papa que deje de ser
Jefe de Estado y deje de vestir como un emperador romano y de utilizar su mismo
título de “Sumo Pontífice”, le cuesta dejar de funcionar como una monarquía
absoluta. Y cuando parece que acepta, como es el caso de la jerarquía
eclesiástica española, que tiene que renunciar a constituir no sólo la religión
oficial sino también la religión hegemónica y privilegiada, que tiene que
resignarse a un escenario de pluralidad ideológica, cultural y religiosa, le
asalta la fuerte tentación de comportarse como una secta. Una secta cerrada,
excluyente e intolerante. Tanto que está alejando a sus propios fieles por no
ser lo suficientemente puros y obedientes.
La Iglesia tiene una gran dificultad para encajar en el mundo moderno, entre otras cosas, porque tiene una gran dificultad para renunciar a un concepto de religión que no sólo no encaja en el mundo moderno sino que ni siquiera encaja en el evangelio. La necesidad de reevangelizar el mundo moderno a la que con tanta frecuencia se apela por el Papa y por otras autoridades eclesiásticas es evidente; pero la reevangelización debería empezar por el Vaticano.
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