AL OPONENTE, LA LEGISLACIÓN VIGENTE

 

 

 

         Uno de los argumentos que con más frecuencia tenemos que oír quienes hacemos oposición a algún gobierno es que su actuación se ha adecuado a la legislación vigente. El argumento sólo está justificado en defensa propia cuando el Gobierno recibe la acusación de haber infringido la ley. Pero en otro caso, y la mayor parte de las veces así suele ser, se trata de un argumento tramposo y una huída del debate.

 

         Con mucha frecuencia la oposición no denuncia el incumplimiento de la ley. Lo que denuncia son criterios de oportunidad o criterios estrictamente políticos que el Gobierno está aplicando, por supuesto, dentro de la ley. Porque las leyes raras veces imponen una única solución a un problema. Las leyes suelen trazar un marco dentro del cual se debe mover el poder ejecutivo, pero con la amplitud suficiente para que dentro de ese marco sean posibles distintas soluciones. Por eso, con la misma ley un gobierno puede hacer una política y otro gobierno otra política distinta. En muy contadas ocasiones se puede afirmar que lo actuado estaba exigido inexcusablemente por la ley. Precisamente porque hay margen para la discrecionalidad es por lo que un gobierno puede presumir de su acierto en las decisiones o se le puede criticar por su desacierto. Los gobernantes no son robots que ejecutan automáticamente las instrucciones marcadas en la ley. Aunque siempre deben actuar dentro del marco legal; eso se da tan por supuesto que a quien constantemente afirma hacerlo así debe recordársele aquello de excusatio  non petita...

 

         En los últimos tiempos el Gobierno de Navarra viene empleando la excusa de actuar dentro de la ley para salir del paso de debates donde lo que se planteaba no eran cuestiones de legalidad sino de oportunidad política. Pero a falta de otros argumentos, o para hurtar a los ciudadanos los auténticos motivos de las decisiones adoptadas, una vez tras otra oímos el estribillo de la legislación vigente, lo mismo para un roto que para un descosido, en la política lingüística o en la compra de acciones de Iberdrola (bueno, en este último caso también se nos ha dicho que era una “decisión estratégica”, aunque nos hemos quedado sin saber cuál es la estrategia).

 

         El colmo es cuando la excusa de que el Gobierno no hace sino cumplir la ley se utiliza para justificar, no el cumplimiento de la ley en sentido estricto, sino de acuerdos del propio Gobierno. Hace poco el Consejero de Obras Públicas alegaba para defender la rotulación únicamente en castellano de los nuevos túneles de Ezkaba que a su departamento “sólo le queda aplicar la legislación vigente” y que era inaudito que se le estuviera vapuleando sólo “porque está cumpliendo con su obligación”. Lo que sucede es que, con la ley en la mano, la rotulación se podía haber hecho perfectamente en bilingüe castellano-euskera; o en trilingüe castellano-inglés-euskera. Lo que aplicó el Consejero no fue la ley sino un Acuerdo del propio Gobierno de Navarra; un Acuerdo que igual que en su día fue adoptado para hacer la rotulación en monolingüe puede ser modificado en cualquier momento para hacer la rotulación en bilingüe. Un Consejero no puede alegar que sólo hace lo que le manda el Gobierno porque él es parte del propio Gobierno como órgano colegiado que es y responde solidariamente con todos sus demás miembros de las decisiones adoptadas (o de su ausencia). Pocos días antes el Consejero de Presidencia hacía lo propio para defender unas convocatorias de ingreso en la Policía Foral donde no se valoraba el conocimiento del euskera (sí del alemán, del francés y del inglés). Alegaba que la convocatoria se ajustaba a la ley; y así era. Pero también se hubiera ajustado a la ley la valoración del euskera si al Gobierno le hubiera dado la gana. Porque el Gobierno es quien aprueba los reglamentos y las plantillas orgánicas donde libérrimamente se ha dispuesto que las lenguas de Goethe, Molière y Shakespeare son puntuables y en cambio el vascuence no.

 

         Claro que el sumum de este recurso argumentativo es el que estamos oyendo estos días en relación con la anulación de las candidaturas de Aukera Guztiak para las elecciones del Parlamento Vasco. Aquí lo único que se hace es cumplir la ley; lo único que toca es acatar las decisiones judiciales, que no hacen más que cumplir la ley, nos dicen. Podrán decirlo, con más o menos razón, los jueces a los que toca aplicar la ley, pero justamente éstos son los que menos hablan, porque todo lo que tenían que decir lo han dicho en una sentencia. Quienes se han convertido en voceros del “cumplir la ley” y en censores de cualquier opinión crítica como propia de quienes no quieren cumplir la ley son, precisamente, los que diseñaron una ley a medida de un caso concreto porque no les gustaba tener que cumplir la ley anterior. Pero después de haber argumentado tanto hace un par de años sobre la necesidad de esa ley, ahora sufren una repentina amnesia y ya no se acuerdan de aquello. Ahora sólo toca cumplir. Como si las leyes, y aún las sentencias judiciales, estuvieran a salvo de cualquier crítica o debate político o jurídico.

 

         Cumplir la ley, por supuesto. Pero en un Estado democrático el acatamiento de la ley no desplaza el debate, la libertad de opinión, el pluralismo, la necesidad de que los gobernantes expliquen y fundamenten su actuación y sus decisiones y soporten la crítica por ellas. La ley no elimina el recurso a la dialéctica. La ley no es sagrada ni inmutable, se puede cambiar, y tanto la propuesta de modificación como su permanencia tienen que ser justificadas. Salvo que no se crea en la democracia.

 

 

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