EL OLVIDO QUE TODO DESTRUYE
Ahora que se condecora a torturadores y se reintegra al foro -o al menos se intenta- a jueces prevaricadores, pasados veinte años del 23-F ("que es un soplo la vida, que veinte años no es nada", pese al famoso tango de Gardel veinte años dan para mucho) quizás haya llegado el momento de hacer público reconocimiento de los servicios prestados por Tejero, Milans del Bosch, Armada y demás golpistas frustrados.
Como todo régimen político, el que se estableció en España tras la muerte de Franco ha necesitado volver a escribir la historia. No solamente para interpretar los nuevos tiempos y ubicarse en ellos, necesidad que sienten todas las generaciones humanas, sino también y sobre todo para legitimarse ante la sociedad a la que sirve, o de la que se sirve, tanto monta. Ha poco, con ocasión de los veinticinco años de la restauración monárquica, los ciudadanos hemos sido convenientemente ilustrados sobre el significado de aquellos acontecimientos. Los veinte años del fracasado golpe de Estado pueden servir ahora a lo mismo. Circulan libros sobre estos temas, unos escritos por acreditados estudiosos y otros por oportunistas y aprovechados varios, que ofrecen con desigual fortuna diversos relatos de los hechos con las más dispares interpretaciones. Bien está; pero en un país donde cada vez se lee menos y donde la opinión pública se guía más por lo que le cuentan la televisión y la radio (lo digo en singular, la multiplicidad de emisoras apenas se plasma en pluralidad de puntos de vista) suele ser la versión oficial de quienes tienen los medios para elaborarla y difundirla la que prospera. Esa versión no tiene porqué ser prisionera de hechos constatables empíricamente. Al contrario, como ya advirtió Ernest Renan refiriéndose a la historia nacional, el olvido y el error histórico son un factor esencial en la creación de una nación, mientras que el progreso de los estudios históricos puede suponerle un peligro. Y ya lo advierte Giovanni Sartori (en Homo Videns. La sociedad teledirigida, un libro que sería un clásico de fines del siglo XX si esta época de tan escasa lectura tuviera clásicos): con la aparición de la televisión "el acto de ver suplantó al acto de discurrir".
A la elaboración y difusión de la historia oficial de nuestro régimen político los frustrados golpistas de febrero han contribuido de modo decisivo. En 1981 todavía se podían distinguir antiguos franquistas y antiguos antifranquistas. Todavía entonces se podía discrepar con la Constitución y proponer su reforma (el primero en pedirla fue Fraga, que pese a votarla deploraba su Título VIII), se podía estar contra los Estatutos de Autonomía (AP votaba en contra del vasco), se podía no ser monárquico y recordar que el rey debía la corona a la designación digital del Caudillo. Todavía se podía desconfiar en voz alta de las Fuerzas Armadas, que seguían mandadas en parte por antiguos combatientes en la guerra civil e incluso en la División Azul que mantenían su lealtad al Generalísimo (ocupó el primer lugar en el escalafón de los tres ejércitos aún años después de su muerte). Y todavía se podía sospechar que las Fuerzas de Seguridad padecían de similares tachas: quienes habían perseguido a la oposición antifranquista seguían en sus despachos.
El desenlace del 23-F contribuyó a alterar para siempre ese estado de cosas. El rey, gracias a su actuación (su lucidez de no enredarse en una aventura militar comparable a las que les costaron el trono a su abuelo y a su cuñado) vio completada su legitimidad cognaticia y legal por una legitimidad de ejercicio que le confería su nueva consideración de salvador de la democracia. Las Fuerzas Armadas tuvieron la prudencia de no sumarse mayoritariamente a un golpe de futuro dudoso y probaron así su ejecutoria democrática, compartida por la Guardia Civil y, de rebote, por la Policía Nacional. Los partidos políticos se tornaron unánimemente constitucionalistas. Los diputados secuestrados en el Palacio del Congreso, tras estar al borde del martirio civil, consiguieron aureola de héroes nacionales y que el pueblo se identificase más estrechamente con sus representantes. Los ciudadanos, repuestos del susto, se lanzaron a la calle con los padres de la patria detrás de una pancarta constitucional.
Los sucesos del 23-F constituyeron la prueba crucial de que España, del rey abajo casi todos, era en su conjunto un país democrático amenazado tan sólo por una exigua minoría antidemocrática. Los golpistas se convirtieron en el apropiado chivo expiatorio. Con su enjuiciamiento y condena, además de conjurarse el peligro de nuevas intentonas, quedó lavada cualquier mancha que pudiera afectar al nuevo régimen político surgido de la transición. Los franquistas habían desaparecido de la faz de la patria, y con ellos, por inutilidad sobrevenida, los antifranquistas. De paso, se pudo echar definitivamente el manto de la amnesia colectiva sobre todo el franquismo. La historia, nuestra historia política, empezaba en 1975; aunque no nos hubiésemos dado cuenta, en aquellos fríos días de noviembre se había producido una ruptura, quizás no la ruptura democrática exigida por la oposición, pero sí se había establecido un antes y un después. Después, todo es libertad y democracia; antes, todo es olvido ("el olvido que todo destruye…", canta Gardel en su tango). Cuando la derecha que nos gobierna, reorganizadas sus filas, ha podido reescribir la historia desde sus propias referencias ideológicas ha evitado ese molesto período político anterior a 1975. El pasado ejemplar al que debe recurrirse, además de en los Reyes Católicos y los Austrias, el Descubrimiento de América y la Guerra de Independencia, se encuentra principalmente en la primera Restauración, en la monarquía liberal alfonsina, en la obra de Cánovas/Sagasta y en un batiburrillo ideológico que mezcla a Ortega con Azaña para probar que siempre fuimos demócratas. El franquismo ha quedado reducido a la evocación nostálgica y costumbrista de canciones y películas, a simpáticas imágenes del NODO y a ese inagotable "Cine de barrio" por el que desfilan Martínez Soria, Alfredo Landa yendo a Alemania con Pepe, el repertorio completo de lolas y manolos, de folclóricas y folclóricos, el manido Spain is different y la guinda moderna del Dúo Dinámico. Todo en un amable envoltorio de papel de regalo y disponible contra reembolso en vídeo, compacto y casete. Ese cine por el que no aparecen ni Bardem, ni Saura, ni Fernán Gómez, ni Berlanga.
No temo que el mismo olvido histórico se lleve el 23-F. Los bigotes y el tricornio de Tejero en la tribuna del Congreso figurarán, supongo, en los manuales de historia que bajo pretexto de las Humanidades (no confundir con el estudio de latín, griego, filosofía o arte que hubieran supuesto nuestros abuelos) enseñarán a las próximas generaciones la verdad oficial y verdadera. El frustrado asalto al Congreso se grabará en las mentes infantiles como nos quedó grabado en las de otros el asalto al Cuartel de la Montaña mencionado en "El Libro de España" que Primo de Rivera impuso como texto de lectura obligatorio y muchos conocimos en el colegio en su versión corregida por la siguiente dictadura. Libro que algunos que hablan de establecer manuales oficiales para enseñar la "verdadera" historia quizás añoren.
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