DE BUENOS AIRES A NUEVA YORK (y V)
Al norte del Río Grande
Texto y fotos: Miguel Izu
Para
entrar en Estados Unidos hace falta paciencia: revisión exhaustiva de equipajes
y autobús, interrogatorio (quién soy, a dónde voy, para qué), firma de
cuestionario (si traigo alimentos, si pienso trabajar, si pienso cometer actos
delictivos), huella digital, fotografía, y una vez fichado, pasar por caja.
Mi
primera escala, plantada en la enorme llanura de Texas, es una típica ciudad
estadounidense con un centro no muy extenso poblado de edificios altos y
grandes barrios residenciales. El centro, en torno del Riverwalk, un
agradable paseo animado durante el día y desierto en cuanto anochece, se puede
recorrer a pie.
Guarda unos pocos restos del
pasado hispano; la catedral de San Fernando construida por emigrantes canarios,
o el palacio del gobernador, conservado como debía ser en el siglo XVIII. Como
tantos vestigios de presencia hispana, con placas que advierten que tal plaza o
estatua es donación del Spanish Government. Pero el principal monumento
es El Álamo, antigua misión franciscana reconvertida en museo que recuerda la
resistencia de los independentistas texanos al ejército mexicano en 1836. Un
auténtico santuario patriótico con muchos visitantes donde se ofrece una visión
muy distinta de la que días antes vi en un museo de Monterrey, al otro lado de
la frontera. Para unos un robo descarado de aventureros anglófonos reclutados
en Estados Unidos; para otros una gesta heroica de colonos que luchaban por la
civilización y la libertad (aunque Texas independiente reintrodujo la
esclavitud, abolida en México). Entre los once texanos que murieron en el Álamo
(de entre 183 héroes), un tal Gregorio Esparza, sin duda con antepasados
navarros.
Recordar su plural herencia
es muy del gusto norteamericano. La Tower of the Americas, con vista
panorámica, tiene una exposición permanente llamada Six Flags over Texas:
bandera española, francesa, mexicana, texana, confederada y estadounidense,
todas las que han ondeado alguna vez. En pocos días veré que en Nueva Orleáns o
Atlanta les gusta también ponerlas todas, aunque unas veces ponen la española
actual, otras la de Carlos III, la cuartelada de Castilla y León e incluso la
Cruz de Borgoña.
Para
dirigirme a Nueva Orleáns tomo el famoso Amtrak. El tren está bien, me
sorprende la minúscula estación, que sólo abre por la noche y carece hasta de
andenes. El país del automóvil mantiene el tren pero le hace poco caso.
Una ciudad que no defrauda, todos los
tópicos son ciertos; más caribeña o mediterránea que anglosajona. Su centro
histórico, el Barrio Francés (en realidad se construyó bajo dominación
española), es una delicia. Muy bien conservado, el tiempo primaveral de fines
de noviembre invita a pasear y sentarse en las terrazas. Hay poco tráfico
(aunque los trenes atraviesan el centro) y abundantes músicos callejeros de
jazz. El turista tiene muchas ofertas, desde los museos hasta las excursiones
por el Misisipi en barco de vapor. Con ese típico espíritu de explotarlo todo
como negocio en las visitas ahora se incluyen los barrios destrozados por el
Katrina (en el centro no se aprecian ya daños).
Mención
aparte, la comida, fruto del mestizaje cultural. Se puede comer bien y barato
(lo que no se puede decir siempre de Estados Unidos). Incluso tienen bocatas;
no sandwichs, sino bocatas de verdad de pan “francés”. Le llaman Po’Boy,
se puede comer incluso de ostras fritas. Otra peculiaridad sureña, el
endiablado acento con que hablan, sobre todo los negros, que no son mayoría en
el padrón pero dan la impresión de serlo, son los que se ve trabajando. Una
dificultad añadida para quien no domina del todo el inglés.
Otro
tren hacia el norte y me planto en esta ciudad que, en comparación con Nueva
Orleáns, resulta inhóspita. Esta sí es la típica ciudad americana con un
pequeño downtown y enormes suburbios recorridos por autopistas. Mi hotel
no está céntrico y me dejo una fortuna en taxis.
Visito el Motel Lorraine, donde fue
asesinado Martin Luther King, hoy convertido en museo donde se expone muy
gráficamente la historia del movimiento de los derechos civiles, aparte de
conservar la habitación que ocupaba King e incluso el edificio de enfrente
desde donde le disparó su asesino.
Pero
la mayor parte de los atractivos turísticos de Memphis tienen que ver con la
música. Presumen de ser el lugar natal del soul y del rock and roll,
a los que tienen dedicado un museo y una de las calles más céntricas, Beale
Street, llena de bares, restaurantes y teatros. Es monumento nacional el
edificio de Sun Studio, donde Elvis Prestley grabó sus primeros discos.
Pero el lugar estrella es Graceland, la casa de Elvis reconvertida en parque
temático y máquina de hacer dinero para su familia. Es el segundo lugar más
visitado de USA, sólo por detrás de la Casa Blanca. Aunque uno no sea fan
merece la pena la visita por comprobar esa infinita capacidad norteamericana de
hacer negocio con cualquier cosa y explotar hasta los detalles más horteras,
eso sí, con una organización y eficacia impresionantes. Aparte de la casa y la
tumba de Elvis uno puede ver en varios museos cientos de trajes de lentejuelas,
coches, aviones, montones de recuerdos de todo tipo. Y comprar, claro, hay
hasta doce tiendas. Incluso por el módico precio de cien dólares puede jugar
media hora en la mesa de billar de Elvis (donde jugaron también los Beatles) y
recibir una foto y un certificado de autenticidad.
Atlanta
En
este caso me desplazo en un autobús Greyhound. Atlanta, otra ciudad
enorme y un poco fría (no sólo porque va bajando la temperatura), pero con
bastantes cosas que ver. Aquí también visito el complejo dedicado a Martin
Luther King, que además de un museo y un centro de estudios incluye su casa
natal, la iglesia donde predicó y su tumba. Me decepciona un poco el tour al
enorme edificio de la CNN; una vez que te sacan los dólares la verdad es que te
enseñan pocas cosas y no acabas de verlos trabajar. Eso sí, para salir te
depositan en la tienda de recuerdos. Otra tienda de recuerdos enorme es la de Coca-Cola
World, lo único que visito para ahorrarme la entrada de este enorme museo
dedicado a este exitoso producto, que está situado junto al Acuario más grande
del mundo.
Un
poco más lejos del centro, lo que me obliga a ir en metro, que es excelente,
está la casa donde Margaret Mitchell escribió Lo que el viento se llevó.
La casa original se ha quemado ya dos veces, pero se ha vuelto a reconstruir.
Es un museo dedicado tanto a la escritora como a su obra, y especialmente a la
película. Veo una foto muy curiosa, un coro parroquial de niños negros cantando
el día del estreno. Curiosa porque a los actores negros de la película no les
dejaron acudir, en 1939 la segregación racial era estricta. Los negros podían
actuar, pero no podían acudir como espectadores a un teatro de blancos. Uno de
los niños que cantó era Martín Luther King.
Otro
tren me deja por fin en una estación monumental, la Union Station, construida a
semejanza de las Termas de Caracalla. Descubro que la mayor parte del edificio
es un centro comercial, los trenes llegan a un anexo trasero más humilde.
En general, Washington responde plenamente a su origen, una ciudad
planeada como un gran monumento. Aunque sea caro merece la pena coger un hotel
céntrico y pasear por sus grandes avenidas y sobre todo por el Mall, ese enorme
parque rodeado por los principales monumentos, museos e instituciones. Aunque
se puede visitar a pie las distancias son engañosas. Uno ve el Capitolio al
final de una calle y le parece cercano, pero se da una caminata de dos o tres
kilómetros.
Si alojarse es caro, el
resto de las visitas salen baratas. Casi todo es gratis. No te cobran por
visitar la Casa Blanca, el Capitolio, el monumento a Washington, el cementerio
de Arlington o los grandes museos de la Smithsonian Institution, fundada
por el testamento de un inglés que nunca había estado en América y que tiene a
gala no cobrar a los visitantes.
Tengo la suerte de
presenciar una nevada que deja Washington perfectamente blanca, con un encanto
adicional para las fotografías. Ni la nieve ni el frío disuaden a algunos a
seguir haciendo jogging por el Mall o desplazarse en bicicleta.

Ante la iglesia de El Álamo,
San Antonio.

Bourbon Street, el centro de
la diversión nocturna en el Barrio Francés de Nueva Orleáns.

Un vecino de los barrios
desvastados por el Katrina en Nueva Orleáns aguanta acampado en el solar donde
estuvo su casa.

Sun Studio, en Memphis, uno
de los lugares donde nació el rock and roll.

Casa de Margaret Mitchell en
Atlanta, museo dedicado a Lo que el viento se llevó.

Vista de Washington DC desde
el cementerio nacional de Arlington (Virginia). En primer término a la
izquierda, la tumba de Kennedy. Detrás, el puente sobre el Potomac que lleva al
Mall.

El Capitolio de Washington
bajo la nieve.
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