ANTOLOGÍA APÓCRIFA DE LOS SANFERMINES

Neruda y los sanfermines

Federico, Alberti y otros amigos me llevaron a la feria de Pamplona. Les habían hablado de las soberbias fiestas de esa ciudad, y además toreaba Ignacio Sánchez Mejías, que era muy admirado por los jóvenes poetas españoles. Moriría corneado por un toro meses después. Al final Sánchez Mejías no llegó a torear, pero pudimos ver a Domingo Ortega en una gran faena.

La plaza de toros en Pamplona, un coso moderno construida en un hormigón que refulge bajo el sol, posee una atmósfera singular. No tiene nada que ver con otras plazas que conozco. En Sevilla hay un silencio místico, como de iglesia; en Madrid el rumor del público subraya cada acción del torero. En Pamplona nunca cesa el ruido de la fiesta, el griterío, las risas y cánticos. Las gradas de sol están llenas de orquestinas que tocan una música estridente entre toro y toro. El público parece más interesado en comer y beber que en las faenas, aunque cuando los toreros logran atraer su interés las ovaciones y vítores también son mucho más sonoros y vibrantes.

En la plaza, y también por las calles, se podían ver desfilando las cuadrillas de mozos, como dicen allí, algunas vestidas totalmente de blanco, salvo un pañuelo y una faja rojas. Dicen que es una moda reciente, que algunos reprueban por carecer de tradición. El blanco reluciente y luminoso de los mozos al sol de la plaza de toros contrastaba con los trajes severos y oscuros del resto de la concurrencia.

Habíamos acudido a Pamplona con algunos reparos. Frente a la gracia de los andaluces, o la jovialidad de los madrileños, se dice que los habitantes de estas tierras del norte son ásperos, parcos en palabras y recelosos. Mis amigos también desconfiaban del clima político. Decían que Pamplona era una ciudad cerrada, clerical y conservadora donde los militares preparaban la insurreción contra la República. No mucho después se confirmó con la sublevación del general Mola, uno de los iniciadores de la guerra. A Federico le habían desaconsejado siempre llevar su teatro por esa zona, hasta tal punto de que decidimos visitar la ciudad de incógnito. Descartamos acudir a un hotel para no tener que mostrar la documentación y dimos nombres fingidos en la pensión en que nos hospedamos, recomendada por Adolfo Echeverría, un amigo de confianza de alguno de los miembros de la expedición que nos hizo de guía durante toda nuestra estancia. Era un infatigable compañero de juerga; nunca rechazaba otra copa, parecía poder comer sin límites y pasar las noches sin dormir. Nos presentaba en todos los sitios como a un grupo de visitantes canarios, alegando que nadie distinguiría entre el acento canario y mi acento chileno.

Nada de lo que nos había infundido desconfianza vimos en Pamplona durante la feria. Tanto sus vecinos como los visitantes se mostraban alegres y bulliciosos. La fiesta, llena de una infinita vitalidad, parecía tener lugar durante todo el día y toda la noche. En la calle se comía, bebía y cantaba sin descanso. Pasamos casi toda nuestra estancia en las calles, donde se hacía la vida durante las fiestas, algo que yo creía más propio de las tierras del sur o de oriente que de esta ciudad rodeada de montañas y de clima frío. Todas las calles llevaban a una gran plaza llena de cafés y de paseantes, con un quiosco de madera donde por la noche tocaba una orquesta. Únicamente en la verbena nocturna aparecían tantas mujeres como hombres, mujeres muy recatadas que sólo bailaban con sus novios o esposos. El resto de la fiesta parecía ser exclusivamente para hombres.

Para nuestra sorpresa, en esta pequeña capital de provincias de la que yo no había oído hablar antes de llegar a España, había visitantes extranjeros, y no sólo de la vecina Francia, sino también norteamericanos que han leído sobre estas fiestas a un novelista compatriota suyo llamado Hemingway que ha pasado por aquí en varias ocasiones. Los norteamericanos se mezclan poco con la gente, ya que no entienden el idioma, pero tratan de beber más que nadie, como si en su país no hubiera desaparecido todavía la prohibición.

Tanto como la corrida de toros atraía la expectación popular el encierro. Cada mañana, poco después del amanecer, los toros que iban a ser lidiados por la tarde eran conducidos por las calles hasta la plaza, y algunos muchachos se atrevían a correr ante ellos. Es un hermoso espectáculo, aunque arriesgado; más de un muerto han causado los toros durante la carrera. No nos atrevimos a correr y lo vimos desde un balcón. No murió nadie, pero un par de chicos fueron arrollados y retirados en parihuelas. Uno de ellos dejó un charco de sangre en el suelo.

Cuando el primer día preguntamos por la hora de los toros, un criado de la pensión nos dijo:

-A las cinco en punto en todos los relojes.

A Federico le gustó la frase y la apuntó. Habló de escribir sobre las fiestas de Pamplona, pero no llegó a hacerlo. La muerte le llevó antes. Yo escribí una "Oda al bocadillo de magras con pimientos", después de comer tan suculento manjar en la plaza de toros, sobre una servilleta. Me hubiera gustado incluirla en mi libro "España en el corazón", pero después de acompañarme con mi equipaje y mis papeles durante un par de años perdí la servilleta en alguno de mis viajes entre España y Francia, recabando apoyos a favor de la República. Luego no tuve humor para reescribirla; la inspiración del momento ya había pasado.

 

 

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