NAVIDAD GLOBALIZADA

 

 

 

         Una entidad social de Pamplona anunciaba a sus socios una fiesta prenavideña en la cual Olentzero y el Rey Gaspar recibirían las cartas de los niños pidiendo regalos. Yo no sabía que el Olentzero y los Reyes Magos fueran tan colegas que trabajasen juntos, y como no he asistido a la fiesta no sé exactamente cómo se reparten el tajo; si los niños podían pedir regalos a ambos, si tenían que elegir entre ellos, o si dependiendo del tipo de regalo se hace cargo uno u otro.

 

         Habrá quien se escandalice, en nombre de la tradición, de semejante mezcolanza y exigirá que se mantengan en toda su pureza las costumbres más auténticas y autóctonas (con las inevitables discrepancias sobre si éstas se relacionan más con el carbonero o con los magos de Oriente). A mí no me molesta, sabiendo que las tradiciones no dejan nunca de inventarse y de modificarse. Los Reyes Magos, aunque hayan cumplido dos mil años, llevan menos de dos siglos trayendo juguetes a los niños; Olentzero, pese a llevar apareciendo en Navidad por la montaña navarra desde tiempo inmemorial, no hace ni medio siglo que les empezó a hacer la competencia con los regalos; y en cuanto al viejo San Nicolás, bajo su personalidad múltiple de Santa Claus y Papá Noël, no asumió tal misión entre nosotros sino hasta que tuvimos televisión en color, hace menos de treinta inviernos, y se coló en los anuncios.

 

         Además, he caído en la cuenta de que este sincretismo cultural en virtud del cual los niños de hoy cuentan con una legión de personajes diversos a los que pedir sus regalos navideños simboliza muy bien los tiempos que corren. Los organismos multilaterales que rigen la globalización y los gurús de la economía no dejan de aconsejar a todo el mundo que se liberalicen todos los sectores productivos y  que se introduzca la competencia empresarial, cuanto más feroz mejor, incluso en la prestación de los servicios públicos esenciales. Cómo no hacerlo con las navidades, fiestas que mantienen intacto todo su carácter religioso de antaño pero que ya no se dirigen tanto a celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret sino algo mucho más sagrado para nuestra civilización como es el consumo desenfrenado.

 

         Acabó el tiempo de los monopolios. Los Reyes Magos han de seguir el mismo camino que la extinta compañía arrendataria del monopolio de petróleos más conocida como Campsa. Competencia pura y dura frente al Olentzero y Papá Noël; el que preste mejor servicio u ofrezca mejor imagen a los clientes se llevará el gato al agua. Quien no aguante el tipo ante el sacrosanto principio de la competitividad desaparecerá antes o después del mercado navideño. Siguiendo las reglas más básicas del marketing, cada uno deberá explotar al máximo sus propias capacidades. Los Reyes Magos pueden ofrecer trabajo en equipo, exotismo oriental y experiencia de muchos siglos, además de su baza más fuerte que es la popularidad de Baltasar (que demuestra que los niños no rechazan motu proprio a los negros por ser negros, sino porque los mayores les hacen ver que suelen ser extranjeros y pobres). El Olentzero tiene un ámbito geográfico más limitado para promocionarse, pero puede esgrimir el factor identitario y sentimental de ser más del terruño y beneficiarse de la garantía de pronta entrega, ya que como muy tarde hace su aparición en la tarde del día de Nochebuena; y Santa Claus tiene a favor su carácter multinacional, el glamour de la industria hollywoodiense y que llega doce días antes que los Reyes.

 

 

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