NAVARRA Y EL EUSKERA: DE LOS DISCURSOS A LA REALIDAD

Atendiendo al discurso oficial de las fuerzas políticas y a su plasmación en el ordenamiento jurídico se diría que la pluralidad lingüística de Navarra constituye uno de sus más ricos patrimonios. Que el euskera es un elemento esencial y querídisimo en cuya conservación y fomento se hallan comprometidos todos los partidos e instituciones. Dice la Ley Foral del Vascuence: "Aquellas Comunidades que, como Navarra, se honran en disponer en su patrimonio de más de una lengua, están obligadas a preservar ese tesoro y evitar su deterioro o su pérdida. Más la protección de tal patrimonio no puede ni debe ejercerse desde la confrontación u oposición de las lenguas sino, como establece el artículo 3.3 de la Constitución, reconociendo en ellas un patrimonio cultural que debe ser objeto de especial respeto y protección". En su discurso de investidura de 1999 Miguel Sanz, líder de UPN, afirma: "Navarra, señorías, debe valorar, afianzar y promocionar su variado y rico patrimonio cultural y colectivo: sus lenguas, sus tradiciones, su derecho, su historia, sus características sociales, pero debe hacerlo con una actitud abierta y pacífica, equilibrada y amistosa con otros pueblos". "El Partido Socialista de Navarra-PSOE manifiesta su compromiso con la defensa de Ley Foral del Vascuence como el lugar de encuentro de la pluralidad lingüística de nuestra Comunidad", decía en mayo del año pasado una nota de este partido. "Estamos además en condiciones de constituir una comunidad que tenga en su plurilingüismo una plasmación de su indudable pluralidad. Para todo vasco debería ser un orgullo habitar un territorio que, en una extensión relativamente modesta de kilómetros cuadrados utiliza tres idiomas diferentes. (…) EAJ-PNV apuesta firmemente por ese plurilingüismo multicultural y enriquecedor", decía una ponencia aprobada en enero de 2000. La ponencia del V Congreso de EA sobre el euskera manifiesta la pretensión de que éste "ocupe el lugar que le corresponde dentro de una sociedad normalizada que valore el bilingüismo como lo que realmente es: un don. Demostrado está que desde la riqueza bilingüe resulta más factible el aprendizaje de otras lenguas, la comprensión de otras culturas y el contacto con otros pueblos, a los que nos acercaremos con el respeto que siempre nos han merecido las distintas sensibilidades y formas de pensar y los que, a su vez, nos enriquecerán aportándonos sus conocimientos".

Más como explica Ernest Gellner (Naciones y nacionalismo, 1988) el nacionalismo -cualquier nacionalismo- suele defender la identidad propia en nombre de la diversidad cultural, pero en la práctica aspira a la homogeneidad. El nacionalismo habla en nombre de una supuesta cultura primaria y popular amenazada, pero si triunfa impone una cultura desarrollada uniforme y con frecuencia un idioma oficial estandarizado que sirva de base para la comunicación fluida en el seno de una comunidad nacional unida. Nacionalismo y más de un idioma no parecen encajar bien.

En España el Estado liberal trató de seguir el ejemplo uniformista de Francia, la senda abierta por la Ilustración y radicalizada después de 1789 con el rapport Grégoire "sobre la necesidad de destruir los patois y de universalizar la lengua francesa" y sus afirmaciones de que uno de los medios más eficaces para la movilización de los ciudadanos es promover el conocimiento y uso de una lengua nacional: "la unidad de idioma es parte integrante de la revolución". "El federalismo y la superstición hablan bretón; la emigración y el odio a la República hablan alemán; la contrarrevolución habla italiano, y el fanatismo habla vasco. Quebremos esos instrumentos de perjuicio y error"; "mantener a los ciudadanos en la ignorancia de la lengua nacional es traicionar a la patria", decía el rapport Barère el mismo año de 1794. El nacionalismo liberal español, como instrumento para la construcción de una nación unida en lo económico y jurídico, fomentó la homogeneización cultural y la universalización del castellano en un país que era, y sigue siendo, de una gran pluralidad lingüística. La Junta de Instrucción Pública establecida por las Cortes de Cádiz y dirigida por Jovellanos disponía en 1813: "Debe ser una la doctrina de nuestras escuelas, y unos los métodos de su enseñanza, a que es consiguiente que sea también una la lengua en que se enseñe y que ésta sea la lengua castellana". Efecto reactivo de tal política de los siglos XVIII y XIX son los movimientos defensivos de renacimiento cultural en las regiones donde también se hablaban otras lenguas (Renaixença catalana, Euskal Pizkundia, Rexurdimiento gallego) que coadyudaron al desarrollo de regionalismos conservadores y, más tarde, de nacionalismos periféricos.

El nacionalismo vasco ha hecho, por necesidad, de la lengua vasca su principal seña de identidad. Desprestigiado el racismo de la época de Sabino Arana, decaído por la secularización su inicial integrismo religioso, apropiado el discurso fuerista por el navarrismo e incluso por la Constitución española, ausente de unidad institucional el territorio del Zazpiak bat, sólo la lengua legitima firmemente la pretensión de constituir una nación diferente de España y Francia. El nacionalismo vasco es hoy, principalmente, un nacionalismo lingüístico que gustaría de ver a todos los vascos hablando la misma lengua, según el modelo catalán: "el catalán es la lengua propia de Cataluña y la singulariza como pueblo", afirma la ley catalana de política lingüística de 1998; "el euskera nos hace vascos", dice la ponencia sobre política lingüística de EA. Las reivindicaciones nacionalistas difícilmente se pueden satisfacer con el simple respeto al desigual bilingüismo existente y con la cooficialidad jurídica; sobre todo los sectores nacionalistas más radicales siempre van a exigir más ("Proclamamos un plurilingüismo igualitario: una Euskal Herria euskaldun constituida por ciudadan@s plurilingües" es la curiosa fórmula que emplea EH en sus bases para un "acuerdo nacional" de 1998 a fin de justificar una futura extensión y obligatoriedad del euskera). Si Sabino Arana prefería una Vizcaya poblada de vascos de pura raza hablando castellano a una Vizcaya poblada de inmigrantes que hablaran euskera, hoy en el nacionalismo vasco se acepta esta segunda opción: vivir en Euskadi debiera implicar hablar en euskera, "vivir en euskera".

El nacionalcatolicismo franquista radicalizó el fomento del castellano como lengua única del imperio y reprimió el uso de otras lenguas. La correlativa radicalización del factor lingüístico en el nacionalismo vasco (como caso límite, la descabellada propuesta de Txillardegi en los años sesenta de extirpar el castellano y el francés de una futura Euskadi independiente) provocó a partir de los años sesenta otra reacción de signo opuesto en los navarristas, un rechazo hacia el euskera del que no habían participado sus precursores de la primera mitad del siglo (como el euskaldun Víctor Pradera, o Raimundo García Garcilaso, socios ambos de Eusko Ikaskuntza, o Eladio Esparza, académico correspondiente de Euskaltzaindia).

El navarrismo ha hecho de su oposición al nacionalismo vasco su principal instrumento de movilización que le permite obtener firmes y apasionados apoyos para la defensa de los intereses económicos y políticos propios de la derecha navarra. Sin el recurso al peligro euskadiano, el navarrismo tal cual es se disolvería; "La verdad es que cuanto más se insista en violentar esa conciencia de soberanía que tiene Navarra de lo suyo, más apoyarán [los ciudadanos navarros] al partido que se oponga a esas pretensiones. Evidentemente, si no existiera el nacionalismo vasco, habría un UPN absolutamente distinto", reconoce Rafael Gurrea, secretario general de este partido en Diario de Noticias de 3-2-2001. En una comunidad como Navarra que carece de una lengua, una religión o una raza exclusivas que sirvan de elemento de cohesión interna y de diferenciación respecto de los vecinos, mantener el discurso nacionalista español y regionalista propio del navarrismo requiere de alguna otra seña de identificación. El discurso fuerista, por sí mismo, no es suficiente, pues resulta ambiguo: la reivindicación foral no sólo unía en los años 20 y 30 a nacionalistas, jaimistas y mauristas, sino que en 1978 logró unir en un mismo manifiesto contra la Constitución a Jesús Aizpún, fundador de UPN, con Patxi Zabaleta, dirigente de HB. Y nada como un buen enemigo para reafirmar la propia identidad. El especialista en el psicoanálisis de los conflictos nacionalistas Vamik Volkan ha escrito sobre su utilidad en un libro titulado precisamente La necesidad de tener enemigos y aliados. Como escribió Oscar Wilde, "preferiría perder a mi mejor amigo que a mi peor enemigo; (…) hay algo miserable en el hombre que se queda sin enemigos".

El antinacionalismo vasco propio del navarrismo se plasma mayormente en una política de contención frente al euskera. A diferencia del nacionalismo vasco que posee un modelo lingüístico explícito (un bilingüismo que anhelaría ser como el catalán, con el euskera como medio habitual de comunicación entre los vascos) el navarrismo carece de él. Sintiendo que pisa territorio enemigo, salvo acusar al nacionalismo vasco de politizar la cuestión, nunca ha podido exponer más que vagas generalidades, proposiciones tautológicas ("las decisiones del Gobierno adecuan la realidad lingüística de las lenguas a la realidad social de Navarra" explica Alberto Catalán, secretario general de UPN, Diario de Noticias de 11-2-2001) o propósitos irrealizables como la despolitización de la política lingüística o la revitalización, como alternativa al batua, de los dialectos «navarros» del euskera, que históricamente han sido todos menos el vizcaíno, sin el menor intento de incorporarlos a la enseñanza. Cuando no sugiere la simple equiparación del euskera con un residuo folclórico: "hay que dejar claro que nuestro partido defiende el euskera, la cultura y la diversidad folclórica de Navarra", dice José Cruz Pérez Lapazarán, vicesecretario general de UPN en Diario de Navarra de 14-2-2001. En nuestra sociedad industrializada el folclore no constituye sino la preservación en naftalina de muestras aisladas (danzas, cantos) de una cultura ya desaparecida, la cultura agraria de nuestros abuelos. Se ha escrito que "las tradiciones" no existen en la sociedad tradicional; se inventan justamente cuando ésta desaparece para recordar algo que nos ha devenido ajeno pero que mantenemos como símbolo totémico de identificación con los antepasados. La consideración folclórica del euskera exige una sociedad castellanoparlante con una minoría druídica que conserve la "venerable reliquia" (Unamuno) como en un museo, según corresponde a una lengua prehistórica y tal como dijo Manuel Fraga en un arrebato de sinceridad que sólo él se puede permitir.

La política lingüística del navarrismo, pues, es meramente reactiva: poner impedimentos, rechazar cualquier medida de fomento, recortar todo avance del euskera, ir siempre a la contra porque ir a favor es separatismo. El euskera es, como dice Del Burgo en su panfleto antinacionalista El ocaso de los falsarios, el "caballo de Troya" de un nacionalismo vasco que, si creemos a Ollarra (Diario de Navarra de 15-5-2001) es algo ajeno a Navarra, un invasor venido de fuera: «ha sido mala costumbre de los nacionalistas venir a esta tierra a hacer sus necesidades (políticas, se entiende): manifestaciones, "aberris", asambleas, pactos, pudiéndolas prorrumpir dentro de sus fronteras». Para algún navarrismo no se puede ser buen navarro y nacionalista vasco; quizá los nacionalistas vascos de Navarra debieran irse a vivir "dentro de sus fronteras".

Todo movimiento del navarrismo relativo al euskera, pues, ha consistido en imponer una rebaja. En 1980 el Parlamento Foral acordó, con el voto en contra de UPN y UCD, que "el castellano y el euskera serán las lenguas oficiales de Navarra" y la incorporación de este principio al Amejoramiento. Esos dos partidos utilizaron su mayoría en la comisión negociadora para confinar la cooficialidad a las zonas vascófonas.

En 1986 el Gobierno de Navarra detentado por el PSOE presentó un proyecto de ley foral del euskera. El navarrismo inicialmente se opuso y presentó enmiendas a la totalidad; pero logró a base de enmiendas parciales rebajar el grado de tutela del vascuence. Donde el objetivo era "impulsar" su recuperación, se puso "proteger"; donde se reconocía en la zona mixta el derecho a usar el euskera "para relacionarse" con la Administración, quedó sólo "para dirigirse"; donde se decía que los programas de enseñanza en la zona no vascófona "fomentarán su conocimiento y aprendizaje" quedó una genérica remisión en toda Navarra "a los objetivos de esta ley"; y las Administraciones Públicas no "fomentarán" el euskera en los medios de comunicación sino sólo "protegerán". Y si inicialmente la denominación de los topónimos iba a ser bilingüe en toda Navarra, al final la cosa va también por zonas. Así que en la votación final UPN se abstuvo, el grupo popular de Del Burgo, el mixto de Andía y el moderado de Pegenaute votaron afirmativamente junto al PSOE, y EA votó en contra.

En marzo de 1994 el ejecutivo presidido por Juan Cruz Alli aprobó un decreto sobre uso del euskera en la Administración; un sector de UPN encabezado por Jaime se opuso. En julio se aprobó otro decreto con una rebaja en el uso del euskera: desapareció la vinculación para las empresas públicas, establecer circuitos administrativos bilingües dejó de ser obligatorio, en nombre de su autonomía las entidades locales fueron eximidas de elaborar planes lingüísticos y de usar rótulos y papelería bilingüe, y los impresos bilingües se proscribieron de la zona no vascófona.

En este año 2001 ("Año Europeo de las Lenguas") el Gobierno de Navarra, pretextando la supuestamente desvirtuada igualdad en el acceso a la función pública, dicta nuevas normas, otra rebaja sobre la rebaja. El bilingüismo en la zona mixta se ve reducido a la existencia de traductores, el euskera desaparece de los rótulos en edificios y carreteras (vuela cualquier rastro de autonomía local, se obliga a las entidades locales a utilizar sólo el castellano en sus membretes) y se ponen límites a la valoración del conocimiento del euskera para el ingreso o promoción en la función pública. La rebaja se impulsa por un ejecutivo presidido por Miguel Sanz, responsable como Consejero de Presidencia de los decretos de 1994. No hay en ello contradicción; lo importante no es el contenido de los decretos (ni siquiera su cumplimiento) sino el gesto, reafirmar que si el nacionalismo vasco defiende el euskera y defender el euskera supone ser nacionalista, luchar contra el nacionalismo vasco supone hacer justamente lo contrario. El vicepresidente Rafael Gurrea, al defender en el Parlamento las nuevas medidas, no duda en acusar de nacionalistas a todos los partidos de la oposición e incluso en arrojar sospechas sobre el Gobierno de UPN que aprobó los decretos de 1994: "actuó en estrictos términos de nacionalismo vasco" (Diario de Noticias de 1-3-2001).

Con todo ello UPN indica a sus bases que sigue firme contra el nacionalismo vasco. Actúa viento a favor de un renacido nacionalismo español patrocinado por el PP que vuelve a la exaltación del castellano como lengua nacional, con afirmaciones tan insólitas como la que leyó el Rey el día del libro ("nunca se obligó a nadie a hablar castellano") ratificada por la ministra de Cultura, o la que hace Rafael Lapesa (España: Reflexiones sobre el ser de España, de la Real Academia de la Historia, entidad impulsora del neonacionalismo español): cada lengua "conlleva una peculiar visión del mundo y de la vida". El mismo argumento de Von Humboldt y Whorff que esgrimido por Federico Krutwig tanto ha influido en el nacionalismo vasco. Los extremos, de nuevo, se tocan (más de una vez UPN y HB han votado juntos, que no, propuestas sobre el euskera).

Con la Constitución y el Amejoramiento del Fuero quedó garantizada la libre decisión de Navarra sobre una hipotética incorporación a la Comunidad Autónoma del País Vasco. Visto el estancamiento del voto nacionalista durante más de veinte años el riesgo de integración, como el de un gobierno nacionalista en Navarra, es nulo. Decidida esa batalla (no como en la comunidad vecina, donde el nacionalismo español corre peor suerte y tiene mucho trabajo por delante) el navarrismo necesita mantener la lucha en otro terreno, y para ello el lingüístico es ideal. Las simbólicas patadas que el navarrismo da al nacionalismo vasco en el trasero del euskera no producen ningún perjuicio propio. La comunidad vascoparlante es pequeña, cantidad ínfima quienes no dominan el castellano, y los que mantienen posturas activas de defensa del euskera nunca han votado al navarrismo. De ahí que no haya que temer coste electoral a corto plazo si no se protege el euskera. Que no corre peligro de desaparición, el navarrismo no tiene problemas de conciencia: en el peor de los casos la Comunidad Autónoma Vasca se encargará de preservarlo.

Algunos acusan al navarrismo de querer acabar con el euskera. No es cierto; lo necesita para seguir utilizándolo en contra del nacionalismo vasco, igual que muchos sectores de éste lo necesitan como símbolo de cohesión nacional y para utilizarlo, en su caso, como argumento frente al nacionalismo español. El drama de la lengua vasca en nuestro tiempo consiste en que algunos de quienes de boquilla se declaran sus defensores y exigen su despolitización la han convertido en su predilecto caballo de batalla en el terreno político. Y con amigos así no necesita enemigos.

 

 

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