AL NACIONALISMO, DEMOCRACIA
Se atribuye a Pío Baroja la afirmación de que, para curar el nacionalismo, lo mejor es viajar. En sus tiempos quizás hubiera funcionado con algún nacionalista que no había salido jamás de su caserío, pero no creo que sea una fórmula válida. En la actualidad hay nacionalistas que viajan mucho, y en casi todos los lugares donde van encuentran otros nacionalistas con los cuales se reafirman en sus opiniones. Porque los nacionalistas más o menos creen en lo mismo en todas partes: en la existencia inexorable de naciones, creadas por Dios o por la historia, tanto monta, que exigen por naturaleza soberanía e integridad territorial, cuando no alguna misión trascendental en el conjunto de la humanidad. Da igual que la nación se llame España, Euskal Herria, Estados Unidos de América, Québec, Irlanda, Serbia, Rusia, Marruecos, Israel o Kurdistán. En unos casos la soberanía e integridad se afirma frente a una amenaza interior o exterior que puede quebrantarla; en otros casos se persigue mediante la recuperación de territorios perdidos; en otros reclamando la independencia respecto de los invasores; en otros mediante alguna combinación de todo lo anterior.
Suponiendo que el nacionalismo fuera una enfermedad, como suponía don Pío, no creo que respondiera favorablemente a otro tratamiento que a la democracia. Frente a los dogmas de la soberanía nacional y la integridad territorial, la pura y simple democracia. Que sean siempre los ciudadanos de cualquier territorio los que puedan decidir libremente cómo quieren vivir y a qué unidad política quieren pertenecer, sin que la historia predetermine su obligada vinculación a alguna nación indisoluble que exija la unidad de destino en lo universal de gentes que a lo mejor no quieren vivir unidas.
Me dirán que es demasiado simple, pero creo que muchos de los conflictos que llenan las páginas de los periódicos ahora mismo debieran resolverse apelando simplemente a la democracia en estado puro, sin apriorismos sobre el ámbito territorial en que debe ser ejercida y al que haya que limitar el concepto de pueblo, olvidando los principios nacionalistas de soberanía e integridad territorial por mucho que estén consagrados en el derecho internacional.
Los contribuyentes españoles nos ahorraríamos algún dinero si nuestros gobernantes no se sintieran obligados a tantas inútiles gestiones en torno a Gibraltar simplemente reconociendo que son principalmente los gibraltareños quienes debieran decidir el futuro del peñón. Que hace trescientos años Gibraltar formara parte de la monarquía española no justifica una eterna reclamación territorial; también entonces eran españolas Cuba, Filipinas, Puerto Rico, las Carolinas y Guam, que también fueron arrebatadas en acontecimientos bélicos y cuya recuperación ni el más furibundo nacionalista español pretende.
No estaríamos diciendo nada esencialmente distinto (aunque no sea en el ámbito interno de un estado sino en un ámbito supraestatal) a lo que recientemente tiene aprobado el Parlamento de Navarra a cuenta del debate sobre la Disposición Transitoria Cuarta de la Constitución: que el futuro de Navarra debe ser decidido por los navarros, y que cualquier reforma constitucional no debe menguar sino en todo caso ampliar sus posibilidades de elección.
Por similares razones la ONU tiene reconocido a los saharauis el derecho de autodeterminación, aunque hasta la fecha no se haya respetado. Es decir, son los saharauis quienes deben decidir su futuro y el futuro de su territorio, sin que la preexistencia de una monarquía o una nación marroquí que les incluya porque así lo creen los marroquíes, apoyados por la fuerza de las armas, suponga motivo suficiente para negarles su derecho. Algo parecido sucede en Palestina, donde también la ONU tiene dicho que Israel debiera retirarse de los territorios ocupados para que los palestinos decidan libremente su futuro, al margen de quienes por derecho bíblico sueñen con un Gran Israel sólo para judíos. Y algo parecido debiera suceder con el Kurdistán, que sean los propios kurdos los que decidan si quieren seguir perteneciendo a Iraq (un país completamente artificial creado por el Reino Unido tras la Primera Guerra Mundial) o prefieren ser independientes, o también con Cachemira, el Tibet, Chechenia y tantos otros lugares donde se producen conflictos territoriales, incluyendo Ceuta y Melilla. Aunque hay que matizar que las decisiones democráticas nunca pueden ser completamente unilaterales, sino fruto de procedimientos de negociación y pacto de las partes interesadas que definan los procedimientos y las garantías necesarias.
Todos los nacionalismos poseen un amplio arsenal de convincentes argumentos históricos, geográficos, lingüísticos, antropológicos, jurídicos y hasta teológicos a favor de la intangibilidad de su nación. Frente a ellos, sólo el uso de las urnas resulta definitivamente concluyente.
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