SEXO EN SANFERMINES
Miguel Izu
Sexo musical
No cabe decir que el sexo sea referencia frecuente en la que tenemos por música típicamente sanferminera; sí se puede afirmar que resulta bastante sexista. Nuestro folclore festivo es, como todo, hijo de su tiempo, y ha nacido en un siglo XX de moral victoriana, costumbres severas y lenguaje mojigato. El núcleo duro de la música sanferminera, los himnos de las peñas compuestos en su mayor parte por el maestro Turrillas mezclando birilbiketa con jota y letras festivas, describen un casto y púdico jolgorio de sana alegría y desbordante algazara poblado de valientes y joviales mozos, de cánticos y bailes en animada hermandad, de buen humor y de botas y garrafones de vino. La única veleidad erótica que se permiten los mozos, sólo hombres y bien hombres que prueban su virilidad ante los toros, es alabar discretamente como un ornamento más de las fiestas el encanto femenino. "Cosicas tiene Pamplona que no las tiene Madrid, unas chicas como soles y el famoso chacolí y ˇlo mejor de este mundo!: las fiestas de San Fermín", cantan los de Anaitasuna. Los del Bullicio también evocan, inmodestamente, una trinidad de fundamentos de nuestro patrimonio cultural: "Tres cosas tiene Pamplona y muy castizas las tres: el encierro, las chavalas, y El Bullicio Pamplonés".
Los del Bronce dan un pasito más confesando tímidamente sus inclinaciones sexuales, nada heterodoxas y un pelín chauvinistas: "A nosotros nos gustan las chicas, cuanto más guapas sean mejor, sobre todo si son navarricas porque siempre tienen buen humor". Los de La Jarana les acompañan: "Nos encanta la juerga y el vino, y las chicas bonitas con gracia y humor". Cantan los de San Jorge: "Chiquita bonita, prepárate ya, la Peña San Jorge te viene a rondar". Y los de la Armonía Txantreana recalcan el papel de paciente espectadora de la mujer en el encierro: "No les mires a las chicas, ni te acuerdes de su amor, que los toros vienen cerca… ˇAy morena! no pases pena, que los chantreanos corremos más".
Las letras de las jotas tradicionales, trillado signo de identidad navarra aunque pocos canten, comparten ese pudoroso melindre: "quisiera volverme hiedra y subir por las paredes, y entrar en tu habitación por ver el dormir que tienes". "Pamplona, siete de julio, cantan los mozos y mozas, los de la Montaña en vasco, los de la Ribera en jotas"; "en un jardín de Pamplona he visto rosas lozanas; pero ninguna tan linda como tu cara serrana" (aunque también hay un dudoso "búscame en El Carrascal, madre mía, si me pierdo, camino de la Ribera, seguro me encontrarás", que evoca sin remedio un conocido club de carretera de esa zona).
Cantar esas letras propias de tiempos regidos por el catecismo del padre Astete y pretender tener unas fiestas libertinas y desmadradas no acaba de casar. Así que hemos tenido que ampliar el repertorio. Durante el día triunfa la que se tiene por genuina música sanferminera a cargo de un sinnúmero de bandas y charangas y de todo el parque de reproducción sonora de la hostelería que pincha sin descanso y sin piedad el clásico entre los clásicos, "el chum-chum de las peñas". Pero al caer la noche toma el relevo otra música por más moderna no menos sanferminera. Las últimas décadas han impuesto ritmos y sonidos latinos, que pese a su nombre no llegan de la península itálica sino del Caribe y sus alrededores, donde la otra Pamplona, la colombiana, con la que recién nos hemos hermanado. Si la música sanferminera diurna es de lo más recatada (lo más atrevido, "La chica ye-yé" del tendido de sol), la nocturna es sensual e incitante, propia de los climas tórridos y de la ardiente idiosincrasia de sus inventores que, sean criollos, mestizos, indios, mulatos o morenos, siempre están pensando en lo mismo (como nosotros, pero ellos ni lo disimulan). Así que vamos cantando "mami, qué será lo que quiere el negro", como si no lo supiéramos, "a mover la colita", "devórame otra vez", "arrímate pa’cá", bailando con un "meneíto", un "bamboleo", "cachito con cachito, ombligo con ombligo". Hombres y mujeres juntos y muy revueltos nos damos a la salsa, el merengue, la bachata, la rumba, el cha-cha-chá, el cumbión, la conga, la lambada o cualquier otra melodía más o menos tropical, aunque esté enlatada en Nueva York o Miami, tentando todos los peligros de la lujuria contra los cuales nos advertían antaño. Mira por donde y en buena hora ha quedado demostrada la sobrada razón de los puritanos integristas que aplaudían el folclore autóctono y sus castísimas danzas regionales y tanto nos alertaban contra los pecaminosos bailes y ritmos foráneos, diabólico instrumento de la concupiscencia.
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