Cosas que faltan a los sanfermines
MOROS
Y CRISTIANOS
No es que durante los sanfermines no
haya en Pamplona moros (ahora se dice magrebíes) ni cristianos. Los hay. Pero
me refiero a otra cuestión. En muchos lugares introducen como acto festivo una
batalla simulada; las más conocidas son las de moros y cristianos. En ellas se
recrean acontecimientos bélicos de otras épocas, como los enfrentamientos que
se producían durante la Edad Media entre dos comunidades obligadas a convivir a
ambos lados de una frontera que se fue moviendo hasta que a los moros no les
quedó otra que convertirse en cristianos o cruzar el mar. Estas fiestas son muy
habituales en todo el Levante, desde Cataluña hasta Andalucía, aunque hay otros
lugares alejados del Mediterráneo que también las celebran, como A Sainza, en
Orense, o Ainsa en Huesca. No son las únicas batallas festivas. En Galicia, en
la localidad de Catoira, escenifican todos los veranos una invasión de los
vikingos que hace siglos aterrorizaron a sus antepasados. En La Albuera,
Badajoz, se rememora la victoria contra los ejércitos franceses en 1811. Y
desde hace unos años en Cartagena se celebran batallas entre cartagineses y
romanos recordando episodios de las guerras púnicas ocurridos en la antigua
Iberia.
En
otros países también hay muchas fiestas con representación de batallas. En
lugares de México y Estados Unidos lo hacen en la fiesta del cinco de mayo, que
recuerda la batalla de Puebla de 1862 donde las tropas mexicanas derrotaron a
las francesas de Napoleón III. En Estados Unidos son muy aficionados a recrear
batallas de la guerra de independencia o de la de secesión a cargo de
asociaciones constituidas con tal fin, y que existen asimismo en Canadá o
Francia. También se reconstruye todos los años la batalla de Hastings, en la
que en 1066 el normando Guillermo el Conquistador se convirtió en rey de
Inglaterra derrotando a los sajones mandados por Haroldo II, que murió
atravesado por una flecha.
No
hace falta aclarar que todas esas batallas suelen acabar igual; no importa
quienes venzan o quienes sean derrotados, al final los combatientes y el
público se hartan de comer, beber, cantar y bailar, que es en lo que degenera
cualquier fiesta al margen de la excusa que se haya tomado para iniciarla. Ni
que decir tiene que las transacciones comerciales que toda esa actividad
produce influyen muy positivamente en el Producto Interior Bruto.
No
digo que incluyamos exactamente un número de moros y cristianos en los
sanfermines, pero sí algún otro tipo de batalla. Las posibilidades son muchas,
buscando en nuestra historia; desde el enfrentamiento entre Carlomagno y los
vascones en el que el primero arrasó las murallas de Pamplona, pasando por el
que tuvieron francos y navarros en la guerra que arrasó la Navarrería en el
siglo XIII, o las eternas luchas entre
beaumonteses y agramonteses que desembocaron en la conquista castellana. Cabría
recordar también cuando los soldados napoleónicos tomaron la ciudadela de
Pamplona utilizando como munición bolas de nieve (esto sería un poco difícil de
recrear en pleno mes de julio), o el sitio de Pamplona en la tercera guerra
carlista.
Ahora
bien, si queremos atenernos a precedentes históricos más recientes podríamos,
más que recuperar el Riau-Riau (o algo lejanamente parecido con jubilados,
abuelitas y nietos como parece que se intenta hacer), recrearlo tal como era
justo antes de desaparecer: una auténtica batalla campal. Eso sí, una batalla
mucho peor organizada que cualquiera de las batallas festivas a las que me
acabo de referir. No estaban nada claros los bandos, ni la estrategia, ni el
desenlace, y los participantes solían acabar bastante cabreados.
Lo que procede es escenificar con voluntarios, y en el propio lugar de los hechos, cómo se desarrollaban las cosas pero con un poco más de orden. Los participantes vestidos de pamplonicas podrán optar entre empujar a la corporación para que no pase o empujarle para ayudarle a avanzar en su desplazamiento por la calle Mayor. También hay que contar con una orquesta que haga el papel de La Pamplonesa, y con algunos espectadores que desde las ventanas arrojen agua sobre la comitiva. Eso sí, los concejales y munipas deben ser necesariamente ficticios, porque que vuelvan los auténticos a someterse a las condiciones reales de la batalla es tan improbable como que reaparezca en Hastings el auténtico rey Haroldo.
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