MONTESQUIEU Y CERVERA

Vaya por delante que las siguientes líneas van dirigidas a cualquier lector con la única excepción de don Santiago Cervera, Consejero de Salud del Gobierno de Navarra. Días pasados dejó bien claro en el Parlamento a mi compañero Ion Erro que no acepta lecciones de democracia de IU. Líbreme el cielo de dárselas. Si una de las obras de misericordia es enseñar al que no sabe, una regla de prudencia es no tratar de enseñar al que cree que ya lo sabe todo.

En aquella ocasión venía a proclamar el señor Cervera la vigencia de Montesquieu, a quien contra otras opiniones él se vanagloria de no enterrar. Como es sabido, Montesquieu, junto con Locke, pasa por ser padre de la doctrina de la separación de poderes. Montesquieu más que inventar nada describió cómo creía que funcionaba la constitución inglesa en el siglo XVIII, a la que tenía por sistema político ideal. Lo más importante para él era la libertad política, y para asegurarla no veía otro medio que la división y mutua delimitación de los poderes. Observaba que cuando el poder legislativo y el ejecutivo están reunidos en una misma autoridad no hay libertad porque es de temer que dicte leyes tiránicas para utilizarlas tiránicamente. Según el modelo inglés propone un Parlamento que ejerza el poder legislativo, mientras que el poder ejecutivo es desempeñado por el rey. Ambos poderes son independientes; Montesquieu opinaba que si el poder ejecutivo fuera confiado por el legislativo a un cierto número de personas no habría ya libertad.

Las ideas de Montesquieu fueron aplicadas por el liberalismo doctrinario del siglo XIX. Poder ejecutivo en el rey, que nombraba al gobierno sin responder ante el Parlamento; poder legislativo en un Parlamento electivo, que no podía derribar al gobierno; y poder judicial independiente, que no debe inmiscuirse en los otros poderes. Se afirmaba incluso que juzgar a la Administración es administrar, y se prohibía a los jueces opinar sobre los actos dictados por el poder ejecutivo.

En el siglo XX este sistema ha sido sustituido por el régimen parlamentario, empezando precisamente por Inglaterra. Hoy ya no opera una rígida separación de poderes, sino más bien una división de funciones y la colaboración de los distintos órganos del Estado. El Parlamento no solo legisla, sino que también controla la acción del gobierno (art. 66.2 de la Constitución española). El poder ejecutivo no reside en el rey, que reina pero no gobierna, sino en un gobierno que necesita la confianza del Parlamento, y que no solo ejerce funciones ejecutivas sino también legislativas (decretos-leyes, decretos legislativos). El Parlamento puede derribar al gobierno (moción de censura), pero éste puede disolver al primero. La Constitución establece una monarquía parlamentaria (art. 1.3) sin que en ningún sitio hable de separación de poderes. Ni siquiera habla de poder legislativo o poder ejecutivo; prefiere hablar simplemente de las Cortes Generales y del Gobierno y la Administración. Por otro lado, los tribunales de justicia controlan la legalidad de la actuación administrativa y su sometimiento a los fines que la justifican (art. 106). Actualmente, pues, hablar de separación de poderes y de la vigencia de Montesquieu en un sistema parlamentario como el existente en España resulta poco riguroso.

Sin embargo, hay que reconocer que el discurso del señor Cervera, cuando reclama al Parlamento de Navarra que se dedique a legislar y que no interfiera en la acción del Gobierno, tiene plena coherencia con el pensamiento y la práctica política de UPN. En efecto, en Navarra se da la paradoja de que pese a las disposiciones constitucionales y a las del Amejoramiento del Fuero, en vez de sistema parlamentario, de facto tenemos un sistema decimonónico de separación de poderes. El Gobierno de Navarra, en virtud del sistema automático, no necesita de la confianza del Parlamento, representante del pueblo navarro. Incluso, su Presidente es nombrado con el rechazo explícito de la mayoría del Parlamento. En los quince años de vigencia del Amejoramiento, solo durante menos de un año ha existido un Gobierno de Navarra con la confianza del Parlamento (el fugaz gobierno tripartito presidido por Javier Otano). Añadamos a esto que dado el sistema de partidos existente en Navarra es prácticamente imposible hablar de mociones de censura, y de que conforme al Amejoramiento el Parlamento de Navarra no se puede disolver antes de cumplir su mandato de cuatro años. Si además el Gobierno de UPN se niega a dejarse controlar e ignora los mandatos del Parlamento, buscar cualquier rasgo de parlamentarismo en el sistema político navarro es como salir a buscar champiñones en el desierto del Sahara.

No extraña que UPN haya bloqueado cualquier reforma del Amejoramiento en cuanto al sistema de elección de Presidente. No es sólo por razones prácticas, para acceder al Gobierno en solitario pese a estar en minoría. La ideología neoliberal que abiertamente profesa el señor Cervera propone como modelo para el siglo XXI un sistema que ya fue experimentado en el siglo XIX (incluyendo el laissez-faire en lo económico y la minimización del Estado y de todo lo público). Quizás la próxima propuesta del señor Cervera no sea reformar la elección del Presidente, sino una reforma en profundidad del Parlamento que acabe con cualquier veleidad parlamentarista. ¿Que sería menos democrático? Todo sea en el sagrado nombre de Montesquieu...

 

 

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