EL
MITO DEL LIBRE MERCADO
“Abandoné
los principios de la economía de mercado para salvar al sistema de economía de
mercado”, dijo Bush en una entrevista el pasado mes de diciembre. Poco antes el
presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE)
había pedido un paréntesis en la economía de mercado para salir de la crisis
económica.
Pocas
pruebas más claras pueden ofrecerse sobre la inconsistencia de la fe en el
libre mercado como principio de organización para lograr una sociedad más
armoniosa, justa y próspera, como nos
ha venido vendiendo la ideología neoliberal imperante en los últimos años. Ese
orden espontáneo generado por la famosa mano invisible de Adam Smith, movida
por las leyes de la oferta y la demanda, en realidad se ha revelado como un
desorden económico, social y ambiental al que hay que poner remedio
periódicamente abjurando del libre mercado para volver al denostado
intervencionismo estatal, al que ahora sus detractores descubren pasmosas
propiedades ordenadoras y racionalizadoras.
El
mito del libre mercado, como cualquier otro mito, tiene una gran utilidad.
Funciona perfectamente durante algún tiempo en algunos lugares y en beneficio
de algunos determinados intereses. Pero cuando se pretende extender su eficacia
como principio universal nos encontramos con un panorama nada risueño, con un
sistema económico y político perfectamente insostenible.
De un
lado, resulta que el mercado, dejado en libertad, tiende a devorarse a sí
mismo. La libre competencia sin intervención de un vigilante externo a los
competidores degenera en monopolio u oligopolio; el más fuerte devora a los
demás, o los más fuertes si saben que no pueden acabar con sus rivales acaban
pactando para repartirse el pastel. La iniciativa privada teóricamente abierta
a cualquiera que sea lo suficientemente emprendedor en realidad se halla muy
limitada; salvo en los momentos iniciales de una actividad económica nueva, lo
que funcionan no son una infinidad de empresas compitiendo por ofrecer bienes y
servicios en las mejores condiciones de calidad y precio a unos consumidores
agraciados por una amplia capacidad de elección, sino unos pocos grupos que van
absorbiendo cada vez más empresas y que dictan sus condiciones a consumidores
crecientemente cautivos. Que los procesos de concentración empresarial no
rebasen ciertos límites exige un notable esfuerzo de los organismos públicos de
defensa de la competencia, pero en economías desarrolladas y de alta
sofisticación tecnológica su resultado más optimista es evitar la situación de
monopolio y suavizar el inevitable oligopolio de inmensos grupos empresariales
multinacionales que acumulan influencia suficiente para condicionar incluso a
los poderes públicos.
De
otro lado, la supuesta capacidad de la ley de la oferta y la demanda para
satisfacer las necesidades de bienes y productos de los consumidores está más
que en entredicho. Que la libertad de mercado se suele traducir en una
producción abundante es evidente; que lo producido sea adecuado a las necesidades
existentes y que su distribución permita ponerlo al alcance de quien lo
necesita, más que dudoso. En nuestro país tenemos un buen ejemplo con el
mercado inmobiliario, dejado mayoritariamente en manos de la iniciativa
privada. Se han producido en pocos años millones de viviendas, muchas más de
las necesarias y muchas permanentemente vacías. Pero al mismo tiempo no se han
producido viviendas en los lugares y en las condiciones adecuadas, sobre todo
de precio, para satisfacer la necesidad de vivienda de muchos ciudadanos que se
ven imposibilitados de acceder a una. Ampliando el foco, podemos ver que en
algunas zonas del mundo existen excedentes de producción agrícola, mientras en
otras se mantienen hambrunas crónicas. El problema del hambre coexiste con el
de la obesidad por una inadecuada alimentación, y a veces en los mismos
lugares. El libre mercado produce mucha riqueza, pero también mucha pobreza.
Por no hablar de los productos tóxicos que distribuye tan abundantemente, desde
la droga hasta la telebasura.
La
ideología del libre mercado lleva necesariamente a la del crecimiento económico
constante; las empresas necesitan engordar cada vez más la cuenta de
resultados, y los países incrementar indefinidamente su Producto Interior
Bruto. Cuando no sucede cualquiera de ambas cosas el sistema entra en crisis.
Así que hay que producir más y más y como sea; aunque lo producido sea
innecesario (viviendas vacías), o sea peligroso (hipotecas subprime), o sea innecesario y peligroso (armas). Así hasta que se
supere el nivel de tolerancia de la realidad y llegue el colapso, sea económico
o político.
El
mito del eterno crecimiento económico (un mito auxiliar de la ideología del
libre mercado) nos hace creer que los recursos naturales son ilimitados. Que es
posible seguir aumentando indefinidamente el aprovechamiento de las materias
primas, que podemos seguir ocupando cada vez más territorios, que podemos talar
cada vez más árboles, que podemos seguir vertiendo basura en los océanos y CO2 en la atmósfera. Que ante
las alarmas ambientales cada vez más preocupantes nos podemos limitar a poner
unos pocos frenos simplemente derrochando algo menos, acallando la mala
conciencia ecológica deteriorando un poco menos el entorno (pero deteriorándolo
al fin), y confiando en futuros avances tecnológicos que pondrán remedio
milagroso al desastre ambiental y harán sostenible un modelo insostenible.
Y sin embargo, el mito del libre mercado sigue siendo útil. Con unos pocos ajustes y sacrificios que nuestros gobernantes ya están abordando, las amplias minorías beneficiadas por su difusión (los que gracias a él acumulan cada vez más riqueza, o cuando menos quienes ven sus necesidades razonablemente satisfechas por formar parte de las clases medias acomodadas de los países desarrollados) pueden seguir confiando en que el sistema volverá a discurrir pronto por sus cauces normales y que seguirá funcionando. Al menos, para algunos y para algún tiempo. Porque del largo plazo y de quienes no se ven beneficiados por el sistema... ya se ocuparán otros. Quizás.
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