MILITARISMO
Ante el anuncio de un desfile militar en Pamplona, después de unos cuantos años sin tal espectáculo, probablemente la mayoría de los vecinos de la ciudad nos abstengamos de acudir. Muchos, porque como a Brassens no nos gusta la música militar, y preferimos dedicar el domingo a ir a la playa, al campo o a quedarnos tranquilamente en la cama. Entre ellos creo que casi todos preferimos que cuando los militares salen a la calle sea solo para desfilar, y ya no para patrullar las calles y mantener el orden público como lo hacían bajo las Reales Ordenanzas de 1768 y sucesivas, o peor aún, para salvar a la patria como tantas veces desde 1814 y hasta el 23-F de 1981. Nos alegra saber que la jurisdicción militar ya no se aplica fuera de los cuarteles, como fue habitual hasta después de la Constitución de 1978, y que incluso en el Código Penal Militar se ha suprimido la pena de muerte. Esperamos que Carrero Blanco haya sido de verdad y para siempre el último militar en activo en presidir el gobierno, después de dos siglos con demasiados generales en ese cargo (Espartero, Narváez, O’Donell, Serrano, Primo de Rivera, Franco...). Preferimos que los gobernadores civiles, en el poco tiempo que parece que van a durar, suelan ser Técnicos de Administración Civil en vez de los militares antaño habituales; que los militares con destino en la Policía Nacional se volvieran ya hace años al Ejército, y que los jefes de las policías municipales ya no se recluten entre oficiales de artillería o caballería. Confiamos en que sea verdad que la mili desaparece dentro de cinco años (y ojalá sea antes), no porque el PP súbitamente se haya vuelto antimilitarista, sino porque no le ha quedado más remedio que percibir que la sociedad española ya no acepta el actual modelo de defensa y exige un ejército profesional, democrático, dedicado exclusivamente a tareas defensivas o a colaborar con las instituciones internacionales para imponer el respeto de los derechos humanos y las normas de la pacífica convivencia entre los Estados. Suponemos que ese ejército en el futuro será más reducido y habrá que dedicarle menos recursos, y se podrá gastar el dinero que ahora nos cuesta en cosas más útiles, como mejorar las pensiones mínimas o construir más centros de formación profesional. Esperamos que reconocida la inutilidad del servicio militar pronto se reforme el Código Penal y la legislación sobre objeción de conciencia, que los insumisos presos pronto estén el libertad y que en muy poco tiempo desaparezcan los objetores y los insumisos, porque su lucha ya no sea necesaria. Creemos que es necesario acabar con los últimos restos de militarismo existentes, como mantener el carácter militar de la Guardia Civil o mandar a academias militares al heredero de la jefatura del Estado. Confiamos en que las Fuerzas Armadas en lo sucesivo cumplan con los deberes que les impone la Constitución, que no es solo ni principalmente defender la integridad territorial del Estado (no la "unidad nacional", como dicen algunos), sino defender el ordenamiento constitucional, desde el artículo 1º (Estado social y democrático de derecho) hasta su Disposición Final, incluyendo todo el título de derechos fundamentales y libertades públicas, la estructura territorial basada en el principio de autonomía y hasta el procedimiento de reforma constitucional. Y esperamos de verdad que todo vestigio de militarismo quede enterrado muy pronto y vivamos de verdad en una sociedad auténticamente civil, es decir, de ciudadanos "justos y benéficos", como expresó la Constitución de Cádiz; que renuncia a la guerra como instrumento de política nacional, como recogió la Constitución republicana de 1931; y con voluntad de colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra, como proclama hoy la Constitución de 1978.
Unos pocos irán al desfile; algunos por obligación, otros porque están en su derecho de que les gusten los uniformes y la música militar; otros porque también están en su derecho ese día de manifestar pacíficamente su oposición al servicio militar y a las penas contra la insumisión. Y otros porque, desgraciadamente, todavía hay un resto de militarismo entre nosotros; estos militaristas se han frotado las manos al saber que hay desfile. Son los mismos que gritan "Gora ETA militar", que cantan Eusko gudariak gera, que organizan homenajes a la bandera, recuerdos a los caídos, disparan salvas de ordenanza en sus mítines, están dispuestos a todo por la patria, recuerdan las batallas de hace siglos que los demás hemos preferido olvidar, y, en fin, mantienen todas las esencias del más rancio militarismo hispánico. Sin duda son los que más van a disfrutar del desfile, dejando como siempre sembrado el campo de batalla de trozos de adoquines, cócteles Molotov, contenedores quemados, cabinas de teléfono destrozadas (es importante cortar las transmisiones del enemigo) y demás restos chamuscados de otro glorioso día de lucha que nos acerca pasito a pasito a la autodestrucción, perdón, a la autodeterminación.
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