Gente a evitar en sanfermines

 

MIKEL URMENETA

 

 

         Estos sanfermines tengo que esconderme de Mikel Urmeneta. En mala hora se me ocurrió publicar una recopilación de los artículos sanfermineros con los cuales les he incordiado los últimos años (quedan ejemplares, si compran uno contribuirán a una buena causa, mis vacaciones). Mi editor tuvo la idea de que alguien conocido hiciese un prólogo y lanzó el nombre de Urmeneta. Me pareció bien, involucrar a un prologuista da respetabilidad, suma cómplices con los que compartir un eventual fracaso y ayuda a diluir responsabilidades. Con Mikel no mantenía otra relación que la de tener amistades y bares en común (inevitable con casi todo el mundo en Pamplona, esto es un pueblo), habernos cruzado unas cuantas veces y saludado creo que sólo una.

 

         Mikel y yo, salvo compartir santo patrono en dos lenguas, no parece que coincidamos en mucho más. Yo aparento ser el hijo que envidian las madres navarras: serio, buen estudiante, hace un par de carreras, saca oposiciones a la Diputación (ahora le llaman Gobierno), le nombran jefe de algo con despacho propio, imparte clases en la Universidad y hasta escribe algún libro muy docto que la madre coloca orgullosa en la estantería sin llegar al extremo de leerlo. Mikel es la típica oveja negra que expulsan del colegio, no acaba los estudios, rehuye un trabajo honrado y anda vagabundeando por ahí con aspecto bohemio, por no decir en plata con pinta astrosa y desarrapada, dedicándose a dudosas tareas como hacer garabatos o tirar fotos.

 

         Falsas apariencias, como siempre. En algún momento mi vida se torció y, en vez de hacer lo que la sociedad esperaba de mí (proseguir mi carrera de funcionario hasta llegar, quizás, a director general, afiliarme a UPN, aparearme y reproducirme en un adosado de las afueras con hipoteca de Caja Navarra, veranear en Salou con la familia y cambiar de coche cada tres o cuatro años), me dedico a cultivar actividades y actitudes a cada más extraviadas. Desde ejercer la política en un partido minoritario y sin futuro hasta escribir chorradas en un periódico de tres al cuarto (otra cosa sería el Diario) granjeándome la ojeriza de las personas e instituciones más respetables de la provincia por hostigar sin la menor consideración nuestras más sagradas tradiciones y maneras de ser, pasando por la manía de circular en bicicleta. En cambio, pese a sus titubeantes inicios Mikel Urmeneta logró fundar una empresa de gran éxito que factura sus productos en multitud de países, se transformó en director creativo, ganó dos veces el concurso de carteles de San Fermín, se hizo famoso y respetable y le llaman como conferenciante en seminarios sobre comunicación visual, diseño gráfico e iniciativa empresarial. El colmo de su triunfo es vivir donde viven los triunfadores, en Nueva York, paseando con Argiñano o Buenafuente, refrotando por internet nuestras narices con su éxito y haciendo anualmente en vísperas de los sanfermines el esperado y triunfal regreso a su ciudad natal reservado a mitos de la talla de Pablo Sarasate o Pedro Osinaga.

 

         Pese a que nuestras vidas avanzan en sentidos diametralmente opuestos (uno  hacia arriba y a la gloria, otro hacia abajo y al fracaso, injusta que es la realidad) nos une la fascinación por los sanfermines. Como tenía la dirección electrónica de su empresa, esa de nombre impronunciable, escribí a Mikel proponiendo que escribiera algo con el propósito de beneficiarme comercialmente de su fama inmerecidamente adquirida. Aceptó. Tardó tres meses en mandar un prólogo de poco más de medio folio lleno de tópicos elogios al libro (a saber si lo habrá leído), divagaciones y faltas de ortografía, fruto confesado de una de sus resacas. Me vi obligado a incluirlo por hacer honor a la palabra empeñada y confiando en que el juicio más que benévolo de sus seguidores que tragan cualquiera de sus tonterías sin gracia, como revelar que lo ha escrito en calzoncillos (y probablemente no muy limpios), jugase a mi favor.

 

         Lo peor es que Mikel en su escrito amenaza con sacarme por ahí el día 9 ó 10 de julio y darme un tute que no me deje otro remedio que escribir una crónica sobre él. El colmo; tiendes la mano y te cogen hasta el hombro. Como si no tuviera mejor quehacer que unirme a una de sus infames borracheras en las que se dedica a fotografiar retretes, a enrollarse con los sujetos más grotescos y a colgar sus estrafalarias anécdotas de su blog. Lo dicho; este año mi objetivo es no cruzarme con él. Hasta el 15 no atiendo el teléfono.

 

 

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