MIGRACIONES: REPENSAR LO NUEVO DE UNA VIEJA REALIDAD

 

Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz, Andoni Santamaría, José Luis Úriz

 

          Los aquí firmantes nos reunimos periódicamente para dialogar sobre diversos asuntos de actualidad e interés. En nuestro último encuentro hemos debatido una de las cuestiones mayores del presente: la inmigración. No es fácil sistematizar y condensar lo dicho en pocas palabras. Máxime cuando las personas en diálogo muestran sensibilidades, convicciones y posiciones reconocidamente distintas, y, además, como es obvio, en el intercambio de pareceres afloran no sólo opiniones diferentes, sino también, a menudo, contrapuestas. Por eso, lo que sigue a continuación intenta extraer y reflejar, tan sólo, de una conversación rica en contenidos y matices, los puntos comunes y compartidos. Que no son pocos, por cierto. En la voluntad de acuerdo que a los mismos subyace, los hace posibles y ellos expresan, reside, quizás, lo que de significativas puedan tener las líneas que siguen.

 

En busca de vida y bienestar

 

          El fenómeno migratorio es de siempre. Las corrientes migratorias parecen inscritas en los impulsos primarios de las especies animales y atraviesan, desde los tiempos remotos, la historia de la humanidad. Podemos afirmar que, de algún modo, todos somos hijos e hijas de la inmigración. Más aún, por mucho tiempo y por diversas causas, nuestra propia tierra ha sido exportadora neta de emigrantes. En esto, como en otros aspectos de la vida, no es bueno perder la memoria.

 

          Los científicos sociales apelan a factores diversos a la hora de explicar las migraciones humanas. Ahora, nos importa destacar básicamente uno. En última instancia la gente emigra para sobrevivir o poder vivir mejor. Comida, seguridad, salud, trabajo, educación, promoción, bienestar..., para sí mismos y los suyos, están entre los objetivos fundamentales que mueven a mucha gente a desplazarse de su país de origen. Y muchos atestiguan que estos desplazamientos son parte de las estrategias familiares de mejora de sus condiciones de vida.

 

          Pero, siendo de siempre, las realidades migratorias presentan hoy algunas connotaciones nuevas, que demandan una mirada más atenta y precisa. Para empezar, un marco de globalización y mundialización en el que el fenómeno acontece y que no es mero escenario externo de las dinámicas migratorias sino aspecto intrínseco de ellas, en la medida en que las provoca, estructura y perfila de una determinada manera. Estamos haciendo referencia a la globalización capitalista neoliberal, promotora de un mundo inhumana y escandalosamente disimétrico y desigual; y a la llamada mundialización, que, a toda una humanidad simultáneamente en presencia en virtud de las posibilidades tecnológicas, proyecta e interioriza unas imágenes, modelos de vida, aspiraciones, representaciones del mundo, valores, ideas: con todo lo que ello comporta de agresivo contraste con una inhumana realidad de carencias vitales y de irresistible señuelo a perseguir. En nuestra opinión, el fenómeno migratorio es hoy funcional, en muchos aspectos, a este rasgo de nuestro presente. De no tenerlo en cuenta, mayor será, probablemente, nuestra dificultad para hallar respuestas a algunos de los desafíos que la inmigración suscita.

 

          Entre los nuevos datos conviene destacar algunos más. La aceleración en nuestro proceso de transformación en tierra de acogida, así como la ya significativa aunque relativa densidad de la presencia de inmigrantes en nuestra sociedad. Nos hallamos, pues, ante una visible y rápida transformación de la misma, que, como en todo cambio, no ha acontecido sin tensiones: no en vano comporta múltiples desafíos humanos, éticos, sociales, culturales y políticos. Y no olvidemos nuestra condición de puerta de Europa por el sur, una Unión Europea que dista mucho de ser social y que, internamente, sigue mostrando grandes desigualdades. En todo caso, nuestra pertenencia a Europa nos lleva a recordar, de entrada, que el hecho migratorio, en lo que entraña de retos y respuestas, no lo podemos afrontar independientemente de nuestra relación e interdependencia europeas.

     

          En más de una ocasión, la nueva realidad ha sido presentada como un problema y, en consecuencia, ha sido mirada con temor y recelo. Estamos, en parte, ante el miedo a lo diferente y desconocido. Pero estamos, también, ante el envío de muchos y muchas inmigrantes a engrosar las bolsas de la indefensión, la exclusión, la marginalidad o la más brutal precariedad – ese submundo en el que, con frecuencia, la norma viene impuesta por la sobrevivencia que apremia -. Y ello debido, al menos durante años, a la ausencia de previsiones y verdaderos planes de inmigración, y a las características y déficits de las políticas migratorias. En los últimos tiempos esta situación, justo es reconocerlo, ha mejorado. No obstante, en ocasiones, es la propia Administración la que alimenta el recelo respecto al inmigrante. Por ejemplo, cuando presenta el incremento de su  número como causa de las carencias que se constatan en ámbitos como los de vivienda, salud, educación, servicios y ayudas sociales, etc. Por eso, nosotros, queremos afirmar y reafirmar con fuerza que, de suyo, la inmigración no es un problema. Es, más bien, si no la solución desde luego, sí al menos parte de la misma, tanto para ellos como para nosotros, tanto para sus carencias, proyectos y objetivos como para los nuestros.

 

Un reto de humanidad, ciudadanía y horizonte

 

          Entre la preocupación, la impotencia y la mala conciencia: así es como nos sentimos a veces ante los retos de una inmigración honda y ampliamente interpelante. Parece claro que no podemos recibir a todos, pero ¿dónde ponemos el límite? Por otra parte, vivimos en un sistema nada integrador y de suyo excluyente por altamente competitivo y disimétrico. Seguimos sin resolver, a pesar de los siglos transcurridos, viejos problemas de minorías étnicas, como la gitana. Proclamamos que no somos racistas ni xenófobos, pero nos sentimos más cómodos y tendemos a establecer mayor proximidad con los que son como nosotros. El actual reparto escolar de la población estudiantil inmigrante es revelador al respecto y preocupante. Es natural, por tanto, que, por estas y otras razones, las últimas revueltas incendiarias en la noche francesa nos llenen de inquietud respecto a nuestro propio futuro y nos planteen qué y cómo hacer las cosas para obrar rectamente y prevenir y evitar lo no deseable.

 

          En esta tesitura, inmediatamente nos sale al paso la integración como palabra clave. Sin embargo, antes de adentrarnos en ella, nos gustaría enunciar unas cuantas negaciones y afirmaciones. Decimos no, en primer lugar, conscientes de los positivos correctivos recientemente  introducidos, a la ausencia de previsión y de planes periódicos de inmigración; a considerarla, mayormente, como una cuestión de interior, seguridad y orden público; a la construcción de muros de separación, así sean de alambres y espinos; no a la intromisión del ejército, así la misma se revista de funciones humanitarias; no a la promulgación de ordenanzas y normativas de imposible cumplimiento; y, de manera especial, no a la precariedad laboral, que es la condición normal de trabajo de tantas y tantos inmigrantes y que viene a ser como un globo que cualquier día nos puede explotar.

         

          Y decimos un sí rotundo a las políticas serias de inmigración, como el mejor freno a las mafias que se mueven en ese campo; sí a situar dichas políticas en un marco más amplio y preferente de apoyo a los pueblos pobres y países en desarrollo, con criterios de solidaridad, cooperación y equidad – entendiendo por tal una justicia que promueve la igualdad -, y cuidando de no apoyar regímenes corruptos o de que  las ayudas se desvíen hacia fines distintos al desarrollo; y decimos sí, finalmente, al cambio de nuestro propio modelo de crecimiento y consumo desaforados y sin límites, y a la mutación de los valores que lo impregnan por otros más acordes con el valor y la dignidad de todos y todas, y de la tierra misma. En este último orden de cosas, decimos sí a un horizonte de mestizaje.

 

          Por último, si no queremos cosechar marginalidad o delincuencia, hemos de plantearnos muy en serio el gran reto de la integración. Esta no consiste, por supuesto, en asimilación, por más que deban facilitarse los medios a quienes deseen integrase en la cultura de acogida. Pero, en general, la integración, vista desde nosotros – lo que podemos y debemos exigir a los inmigrantes – no puede consistir en otra cosa que en la asunción de las reglas de juego, de todas nuestras reglas de juego, ni más ni menos. Y vista desde ellos y ellas – lo que pueden y deben demandarnos a nosotros -, la integración consiste, además, en reconocimiento efectivo de todos sus derechos humanos, civiles, sociales – incluido el derecho a la promoción personal – y políticos.

Lo que conlleva, inevitablemente, un urgente replanteamiento de nuestras concepciones de ciudadanía.

 

 

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