LOS NUEVOS METECOS

En la Grecia clásica, la creadora de la democracia ateniense considerada por algunos como vago precedente de nuestro sistema político, la población se dividía en tres clases: esclavos, metecos (extranjeros residentes) y ciudadanos. Como explica George Sabine en su Historia de la teoría política, "acaso una tercera parte de los habitantes de Atenas eran esclavos"; "la institución de la esclavitud era tan característica de la economía de la ciudad-estado como la del asalariado lo es del estado moderno". La cantidad de metecos, en una ciudad comercial como Atenas, también era importante, ya que no había forma de naturalización legal. La residencia durante generaciones no convertía a los metecos en ciudadanos. Sólo los ciudadanos disfrutaban de todos los derechos, incluidos los políticos; los metecos no podían participar en la vida pública, y los esclavos carecían de cualquier derecho (dejo aparte aquí la cuestión de las mujeres, que durante muchos siglos han carecido incluso de la posibilidad de ser tomadas en cuenta en estas clasificaciones).

Muchos siglos después la idea de que sólo una minoría disfrute del privilegio de la ciudadanía, y con él de derechos, nos parece inaceptable. Los romanos crearon el ius gentium, el derecho de gentes, en la creencia de que también los extranjeros sin la ciudadanía romana podían ser titulares de algunos derechos; y su progresiva extensión llevó al emperador Caracalla a conceder la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio. De ahí también se avanzó en la idea de que hay un derecho natural, aplicable a todos los seres humanos en virtud de su propia naturaleza, y la aparición del cristianismo ayudó a extender la idea de la fraternidad universal. Estas convicciones nutren a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, y el influjo de las revoluciones liberales ha conseguido (en algunos países) abolir sucesivamente la servidumbre, la esclavitud, e incluso la discriminación de derechos para las mujeres. En este siglo que termina las mismas ideas se plasmaron en la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En su preámbulo se habla de "los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana", y su artículo segundo establece que "Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición" (se podría añadir aquí que también sin distinción sobre si tiene o no los papeles en regla).

Todo esto que digo es más que sabido. Y sin embargo, leemos en la prensa que la reforma de la Ley de Extranjería impulsada por el PP excluye a los extranjeros en situación irregular del ejercicio de los derechos de reunión, asociación, manifestación, sindicación y huelga. Vamos, que no son "toda persona". El Gobierno ha sido tan diligente que sin entrar en vigor la reforma ya ha advertido a los sindicatos que no pueden afiliar a los irregulares.

Como en la antigua Grecia nos vamos a encontrar con tres clases de sujetos. Los ciudadanos españoles, los que tuvimos la suerte de que nuestros antepasados, hace más o menos siglos, se afincaran por aquí, o los que han conseguido nacionalizarse de un modo u otro. Los ciudadanos extranjeros, que por azar o por méritos diversos residen entre nosotros con todos los papeles en regla y que no van a poder elegir al inquilino de la Moncloa y algunos cargos más, pero que en general pueden llegar a tener casi los mismos derechos que los españoles (sobre todo si son ciudadanos comunitarios). Y finalmente, los nuevos metecos, los inmigrantes sin papeles que, aparte de trabajar en lo que les salga y en las condiciones que les ofrezcan, apenas van a tener más derechos que el de ser atendidos en urgencias en caso de lesión o enfermedad grave (no por el médico de cabecera, que no van a tener) y el de ser asesorados por un abogado de oficio en el momento de su expulsión.

Alguno me dirá que más que metecos quizás haya que considerarlos como esclavos. Parte de razón tendrá; pero creo que en estos tiempos incluso ser esclavo tendría alguna ventaja de la que carecen nuestros modernos metecos. El esclavo tiene un dueño y representa un valor económico, por lo cual el propietario tiene un interés en cuidarle, además de algunas responsabilidades sobre él que le marca la ley. El meteco no es de nadie; nadie se hace responsable de que duerma en la calle y de que no tenga para comer. Al meteco se le puede despedir si se encuentra otro que haga el mismo trabajo por menos dinero. El meteco no vale nada.

Sabemos, porque nos lo dicen los que saben de números, que los inmigrantes son tan necesarios para nuestra economía como lo eran los esclavos para la economía ateniense. Sabemos que van a seguir viniendo, porque el hambre y la pobreza les van a seguir apretando; sabemos que los empresarios van a seguir contratándoles, aunque sea ilegalmente. Y sabemos, porque lo ha dicho, que el Gobierno no tiene intención de llevar a cabo expulsiones masivas. Es decir, que estas reformas legales no tienen como finalidad hacer que desaparezcan los metecos, sino al contrario, asegurarnos de que vamos a seguir contando con ellos. Pero ojo: perfectamente distinguidos de los ciudadanos.

Por cierto, que del griego metoikos parece que no sólo viene el castellano meteco, sino también el francés métèque (siempre suena a ese "judío errante de patria griega" que canta Moustaki) y de ahí el vasco maketo. La palabra que en el cóctel racista, integrista y reaccionario de Sabino Arana servía para designar a los inmigrantes españoles que iban a desnaturalizar la raza vasca y corromper su acendrado catolicismo. De sentido despectivo, como advierte el DRAE en la voz maqueto y que, por cierto, no debe ser monopolio sabiniano, ya que Iribarren en su Vocabulario navarro advierte que se utilizaba también en la Ribera para referirse a los castellanos y, en general, a los no navarros. Con el tiempo los inmigrantes han cambiado de procedencia, de lengua y hasta de color, pero hay otras cosas que no cambian.

 

 

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