MENTIR
SIN QUERER
Hace pocas semanas Hans Küng, refiriéndose al ámbito de la política, se preguntaba si hay alguna circunstancia en la que la mentira esté justificada. Señalaba que hay quienes creen que sí (Henry Kissinger, verbigracia, en la estela de Maquiavelo), que el estadista tiene una moral diferente a la del ciudadano corriente. Otros (se refería a una conversación con Helmut Schmidt) piensan que no existe una moral distinta para el político. Küng opina que, dado que el derecho a la intimidad y a la confidencialidad personal y profesional debe ser respetado, nadie está obligado a decir toda la verdad constantemente a todo el mundo, pero nadie debe mentir deliberadamente. Y señalaba que “una mentira es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la hace y que pretende engañar a otros en beneficio personal”.
Mi experiencia me dice que
son relativamente pocas las veces en que nadie, incluidos los políticos, miente
deliberadamente en ese sentido, es decir, dice lo contrario de lo que piensa
con intención de engañar (dejamos aparte las mentiras piadosas, donde no se
pretende engañar sino proteger al destinatario de la mentira). Y sin embargo,
las mentiras abundan, no sólo en política; abundan en muchos aspectos de la vida
pero me voy a referir sobre todo a la política. Abundan las mentiras que
consisten en que lo que se dice no se ajusta a una realidad comprobable, al
contrario, la más mínima comprobación revela que la realidad es la contraria de
la expresada o que la coincidencia es sólo parcial. Y, sin embargo, quien lanzó
la falsa afirmación no tiene la menor conciencia de estar mintiendo; al
contrario, está persuadido de ser básicamente sincero. Y no me refiero al caso
de quien habla de buena fe pero está equivocado. Me refiero a la mentira por
imprudencia.
Creo
que con diferencia esta es la mentira más habitual en política. Se lanzan
afirmaciones que son mentira, pero no porque quienes las profieren opinen en
realidad lo contrario de lo que dicen. En realidad, no tienen una opinión
definida. Dicen lo primero que se les ocurre, que casualmente es lo que se
adecua a sus intereses, o lo políticamente correcto, o lo que otros esperan que
diga. No saben si lo que están diciendo se ajusta a la realidad o no; y
demasiadas veces les da lo mismo. Su responsabilidad proviene, precisamente, de
que no se han molestado en tener el menor cuidado antes de hablar, en comprobar
si lo que están diciendo contiene el mínimo exigible de veracidad.
La
costumbre de hablar sin reflexionar está demasiado arraigada, no sólo pero
también en política. Que la política y el debate político se hace hoy en día en
y para los medios de comunicación impone graves servidumbres. Hay que responder
siempre, y hay que responder de inmediato. El político al que le colocan el
micrófono delante no puede pedir tiempo para meditar la respuesta; a quien le
piden que valore un acontecimiento no puede solicitar tiempo para informarse,
la demanda de una opinión exige emitirla ya, sin ser admisible una respuesta
dubitativa o la admisión de ignorancia sobre el tema o de carencia de opinión.
La política partidista, sobre todo, se ha convertido en una competición en la
que no se perdona una vacilación ni un fallo. Eludir una respuesta o mostrar
dudas es una debilidad que será aprovechada por el enemigo. Así que hay que
lanzarse a la piscina siempre y hay que decir algo. Por esta vía llegan muchas
mentiras por imprudencia. Mentiras que, una vez dichas, grabadas y
reproducidas, obligan a reafirmarse en ellas. Rectificar puede ser de sabios,
pero de sabios equivocados. El político no puede admitir una equivocación,
porque será descalificado sin compasión. Puede admitir vagamente que “alguna
vez me habré equivocado, como todo el mundo”; pero no puede ir más allá porque
los errores no se perdonan. La política mediática es despiadada.
Un
lugar privilegiado de la mentira por imprudencia es el ataque al rival.
Cualquier argumento que sirva para atacar es bueno. Cualquier crítica, rumor o
maledicencia que se haya oído de pasada es válida, sin necesidad de hacer la
más mínima comprobación sobre su veracidad. Como se dice en italiano, si non
è vero, è ben trovato. Si sirve para machacar al adversario lo de menos es
saber si es cierto. Cualquier acusación es de repetición obligada, con la
conciencia tranquila que proporciona dar presunción de veracidad a todo lo malo
que podamos oir acerca del enemigo.
Y si
al enemigo ni agua, con los nuestros defensa numantina. Cualquier acusación a
uno del propio bando debe negarse enérgicamente, sin ninguna otra comprobación
ni hacer la menor concesión a la duda a la espera de tener más información. Al
contrario, hay que pasar al contraataque, acusar a quienes acusan. Cualquier
manual de campaña al uso lo exige.
El
todo vale en que se convierte tan a menudo la política lleva a la pérdida de la
noción de mentira (por políticos pero también por informadores, opinantes y
columnistas). Lo importante es la contundencia de lo que se dice, su
oportunidad, su brillantez, su capacidad para convencer, su repetición a través
de los medios de comunicación. No hay tiempo, ni ganas, para andar haciendo
comprobaciones, para contrastar unas versiones con otras, para verificar los
datos que tenemos con los que nos puedan proporcionar. El debate ha quedado
desplazado por el marketing. Lo importante es el efecto en la opinión pública.
Esta mentira, la que se lanza por imprudencia, es peor que la deliberada porque
se ha hecho tan abundante que ni llama la atención. La negligencia en cuidar lo
que se dice, en verificar antes de opinar para que lo que se dice se ajuste a
la verdad, en formarse una opinión antes de emitirla, en mucha gente no genera
la más mínima conciencia de culpa. Es más, algunos parecen no sentirse
responsables de lo que dicen, convencidos de que las palabras se las lleva el
viento. Y se las lleva tan rápido que se puede decir lo contrario a las pocas
horas sin que pase nada.
Aquella clásica afirmación de Goebbels de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad hoy tiene que ser reformulada. Si algo se repite mil veces da igual si es mentira o verdad, lo importante es si la gente lo cree.
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