Vaya por delante la loabilísima labor de la
Santa Casa de Misericordia de Pamplona, a la que nada hay que objetar,
atendiendo a los mayores (ancianos decíamos antes) desde hace tres siglos. Pero
la Meca, como decimos popularmente (según el vocabulario navarro de Iribarren,
por la abreviatura Mca.), tiene una doble faz, a su quehacer benéfico une otro
como empresaria taurina donde sí caben los motivos de indignación.
Para
quienes se oponen a los espectáculos taurinos la Meca es culpable de crueldad y
tortura con los toros, pobres animales sometidos a sádico trato durante el
encierro y la corrida donde acaban asesinados. Para quienes no solo no nos
oponemos sino que acudimos como espectadores es culpable de crueldad con los
pobres abonados. Está bien que mire la peseta, o el euro, ya que la recaudación
tiene un noble destino, pero los fines no justifican todos los medios. Por
apoyar a la Meca y a la cantera hasta pagamos la novillada del día 5, fuera de
sanfermines y a la que muchos abonados ni vamos ni vemos. Pero en otros tiempos
veíamos a los mejores toreros del escalafón, a todas las figuras del momento, y
de unos años a esta parte los aficionados si queremos ver a muchas figuras
hemos que ir a otras plazas. Vale, que al final no sabemos si la culpa es de
los toreros, de sus apoderados, de los ganaderos, de las televisiones, o de
quién, pero como a quien tenemos a mano es a la Meca y a su opaca comisión
taurina nos indignamos con ella y ya está. Este año nos priva de ver a
Manzanares, a Talavante, a Morante. Sí, vienen el Juli y el Cid, pero todos
queremos más. Bien que traigan los miuras como todos los años, qué menos para
la Feria del Toro, pero siempre nos meten un par de ganaderías de relleno, de
bostezo en sombra y desmadre en sol.
Pero
si algo indigna es que la Meca no se decidiera, en lugar de parchear, a
levantar una nueva plaza cubierta y multiusos que nos hubiera ahorrado el
despilfarro del Pabellón Reyno de Navarra Arena.