MAS ALLA DE BOLONIA: UNA REFORMA IMPRESCINDIBLE
Por el Foro Iruña: Fernando Atxa, Ainhoa Aznárez, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Reyes Cortaire, Conchita Corera, Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz y Patxi Zabaleta.
De
un tiempo a esta parte nos encontramos a menudo con opiniones, debates y
movilizaciones, procedentes de ámbitos universitarios, que tienen como objeto y
trasfondo el denominado proceso de Bolonia. Consideramos que la ciudadanía, en
general, ignora de qué va el asunto. Tampoco la mayoría de nosotras y nosotros
nos consideramos especialmente entendidos en el tema. Pero hemos procurado
informarnos lo suficiente como para poder afirmar – y creemos que con
fundamento – que el mismo nos parece de gran relieve e importancia. Y no tanto,
quizá, por la suma de aspectos puntuales en juego, con su innegable afectación
a múltiples aspectos de la institución y la vida universitarias, y sometidos
algunos de ellos a valoraciones encontradas. Cuanto porque nos ofrece la oportunidad
de abordar dos cuestiones de fondo y de gran calado ambas: la de la necesaria
reforma de la Universidad y, en este marco, dónde debe residir el eje o el
núcleo vertebrador de la misma y, en consecuencia, cuál es el modelo de
Universidad que queremos y por el que apostamos. Estas cuestiones, lo
reconocemos, no son nuevas. Vienen de muy atrás. Pero, por eso mismo, opinamos
que la verdadera discusión no reside en un sí o un no a Bolonia. A partir de lo
que dicho nombre hoy encierra y propone, debemos ir más allá, a la forja de una
Universidad accesible y no elitista, abierta a las nuevas realidades y
problemas, democrática en su configuración institucional y gestión, de calidad
en su oferta y rendimiento, en permanente diálogo con la sociedad y a su servicio,
e integralmente humanista en sus aportaciones. Esta es nuestra posición.
Sintetizarla de entrada, como hemos hecho, nos parece que puede servir para
entender mejor lo que sigue.
El
proceso de Bolonia tiene su origen en la Declaración del mismo nombre, que,
sobre la base de un Acuerdo firmado en 1999 por los Ministros de Educación de
la Unión Europea, inicia la creación del Espacio Europeo de Educación Superior
(EEES). Estamos, pues, ante un proceso específico de convergencia, análogo a
otros acaecidos en distintos ámbitos. Se trata de adaptar la Universidad a la
nueva realidad de la Unión, homologando títulos, y facilitando la movilidad y
el intercambio de los titulados; de reajustar las ofertas y los contenidos
curriculares a las demandas sociales; de propiciar, y acreditar mediante
Agencias de Evaluación reconocidas, una Universidad de calidad, siendo
simultáneamente respetuosos y flexibles con las peculiaridades propias. En
suma, el llamado Plan de Bolonia abarca directrices relativas a la práctica
totalidad de la institución universitaria: desde la configuración de títulos,
grados y posgrados, a la financiación y las prestaciones económicas al
estudiantado, pasando por la relación con la sociedad y el lugar del alumnado
en el quehacer universitario general. No es de extrañar, por tanto, que la
aplicación del mencionado Plan esté suscitando inquietudes, recelos y
polémicas. Hay tres cosas, al respecto, que a nosotras y nosotros nos gustaría
subrayar de momento. En primer lugar, que reconocemos en Bolonia un núcleo
fundamental no sólo normal y razonable, sino incluso necesario. Decimos
“razonable” porque es normal la adaptación de la Universidad a los grandes
cambios habidos en Europa y en el mundo en los últimos tiempos y porque, ante
los problemas y retos generados por una globalización salvaje, la Universidad
debe ser parte en la búsqueda de soluciones. Y decimos “necesario” porque de lo
que Bolonia nos habla, en última instancia, es de la inaplazable reforma de la
Universidad. En segundo lugar, que todo el proceso ha adolecido de dos
limitaciones graves y ha venido siendo lastrado por ellas: una informativa y la
otra procedimental. Ha faltado una explicación clara y suficiente dentro y
fuera de la Universidad. Y se ha procedido muy de arriba abajo, más a partir de
decisiones políticas que académicas. De ahí se han derivado una serie de
consecuencias negativas, como la difusión de diversos supuestos erróneos sobre
las implicaciones de Bolonia, (pongamos por caso lo relativo a préstamos y
becas, al coste del posgrado o a la posibilidad de conciliar estudio y
trabajo), o el hecho de que el debate, en parte, haya versado más sobre
suposiciones y temores que sobre realidades objetivas. Y en tercer lugar, que
dicho debate, a nuestro juicio, ha solapado el asunto principal. Este no es
otro, creemos, que el ya mencionado de la reforma de la Universidad y dónde
situar el principal eje inspirador, motor y vertebrador de la misma.
Que
la Universidad ha mejorado y tiene muchos aspectos positivos a resaltar nos
parece evidente. Nos gustaría destacarlos y hacer recuento de ellos, por simple
razón de verdad y justicia - ¿quién podría negar hoy, por ejemplo, su
incremento cuantitativo, su mayor accesibilidad social o la mejora de sus
instalaciones y servicios? -. Pero razones de espacio lo hacen imposible. Hemos
de ceñirnos por tanto, así sea con un sesgo no querido, a sus sombras, que
reclaman reformas, y mencionando tan sólo algunas. El número de Universidades
ha crecido mucho en pocos años, pero, en ocasiones, con una caída patente de
calidad en el nivel académico y profesional de sus egresados. En este sentido,
la Universidad no ha aportado socialmente lo que de ella se esperaba. En ello
han incidido, sin duda, la escasa valoración de la docencia; los contenidos
impartidos y los métodos; la precaria situación de sectores del profesorado; el
poco centramiento de éste en el alumnado, con frecuencia por una prevalencia,
mal entendida y peor practicada, de la investigación sobre la docencia; o por
un déficit en las formas de organización de ambas actividades. Otro problema
serio es el del estamentalismo jerárquico interno que, junto con viejas y
endémicas endogamias, dicen muy poco a favor de una institución que debiera ser
ejemplo de democracia. (En cualquier caso, la Universidad es mas democrática
que la Administración o la Empresa privada). La participación se ha ensanchado,
sin duda. Pero el camino por recorrer es aún largo. Y ¿qué decir de cuestiones
tan serias como las del compromiso con la sociedad; las de financiación y
recursos, que tan a menudo ahogan e impiden proyectar y planificar a futuro;
las de autonomía y autogestión, libertad de cátedra y creatividad, etc.?
Estos y otros puntos nos sitúan ante la exigencia, siempre actual y siempre nueva, de la reforma de la Universidad. No en vano ésta debiera ser como el “alma mater” de un mundo aceleradamente cambiante. Ahora bien, ¿dónde reside la misión suprema de la Universidad, que debe guiar de algún modo dicha reforma? En su compromiso social, en su contribución efectiva a la transformación de la sociedad en una dirección más equitativa, equilibrada, sostenible y humana. Ante tantos problemas cercanos y lejanos – si es que hoy día alguno lo es -, ante tantas asimetrías y fracturas, ante tanta intolerancia y violencia, ante tanto crecimiento y desarrollismo ciegos, ante tanta injusticia, hoy la Universidad no puede limitarse a formar especialistas cualificados, sino, al mismo tiempo, ciudadanos y ciudadanas responsables; hombres y mujeres con conocimientos y competencias, pero también con valores y actitudes. Por eso a Bolonia nosotras y nosotros le decimos que sí, que estamos de acuerdo con el vínculo que pretende entre Universidad y Sociedad. Pero que ésta no se reduce al mercado, ni es sólo la empresa o el capital. Nos parece bien tenerlos muy presentes y que se cuente con ellos. Pero sin olvidar dos cosas: la función de servicio público de las universidades, incluídas las privadas; y el permanente deber de vigilancia por parte de los poderes públicos para que dicha función se cumpla en su integridad. Porque no olvidemos que lo público nos atañe y concierne a todos, y es también responsabilidad irrenunciable de todas y todos.
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