MÁS ALLÁ DE LA
IGUALDAD: HACIA LA FEMINIZACIÓN DE LA SOCIEDAD
Por
el Foro Iruña: Sagrario Alemán, Iñaki Cabasés, Ginés Cervantes, Fermín
Ciáurriz, Conchita Corera, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo
Múgica y Iosu Ostériz.
La lucha por la superación de cualquier
tipo de jerarquía o discriminación por razón de sexo no es de ahora. Viene de
atrás. Aunque es hoy cuando dicha lucha no sólo ha ganado en intensidad, sino
que se ha convertido, además, en una de las notas más características de
nuestro tiempo. Las mujeres han sido las principales protagonistas de esta
historia. Víctimas mayoritarias de una situación de desigualdad, han sido
ellas, sobre todo, quienes han enarbolado la bandera de su emancipación. Pero
los efectos liberadores de su esfuerzo han resultado benéficos y
transformadores para la sociedad en su conjunto.
Esta reflexión pretende ceñirse
a nuestro propio ámbito sociocultural. Sin embargo, en un mundo globalizado
como el presente, ello no nos dispensa de la responsabilidad de tomar en
consideración y denunciar, de entrada, aquellas situaciones de la mujer
especialmente inhumanas y sangrantes en algunos continentes y áreas
geográficas. Y, en particular, determinadas prácticas gravemente vejatorias,
que atentan contra la integridad física de la mujer y ofenden su dignidad.
Situaciones y prácticas, las mencionadas, que, constituyendo una innegable
violación de derechos, en modo alguno pueden escudarse ya tras el fácil recurso
a la diversidad cultural. Lo que no es óbice, sin embargo, para que
reconozcamos la imperiosa necesidad actual de releer la carta de los derechos
humanos a la luz de la interculturalidad.
La
igualdad es una cualidad inherente a la condición humana y personal de mujeres
y hombres como tales, a su valor y dignidad. Y es, también, un derecho que de
todo ello emana. ¿De qué igualdad hablamos? En el contexto de subordinación,
discriminación y aun exclusión sufrido por las mujeres en nuestra sociedad y
derivado de problemas de género no resueltos, reivindicamos y nos referimos a
una igualdad de derechos, deberes y oportunidades. En modo alguno estamos por
una igualdad que desemboque a la postre en mera imitación, o en pura
asimilación y reedición – en criterios, estilos, actitudes y prácticas – de viejos
y dominantes modelos masculinos de presencia y comportamiento sociales.
Reconocemos los cuantiosos y significativos avances habidos en materia
de igualdad. Pero no caemos en la ingenuidad de pensar que la igualdad
legalmente proclamada, por importante que sea este hecho, tiene la virtud
mecánica de implantarla en la realidad. La desigualdad real continúa siendo un
hecho, por desgracia, en importantes ámbitos y dimensiones de nuestra vida: ya se trate de la familia,
el ocio, el trabajo, la religión, la política… Siendo mayormente mujeres las
víctimas de la desigualdad en estas y otras áreas, cabría hablar incluso, en
ese sentido específico, de una feminización negativa o en negativo de la
sociedad. Superar tal situación requiere sin duda, así sea transitoriamente,
acciones e impulsos positivos, como puede ser el de la paridad, que, en todo
cado, no concebimos ni en forma absolutamente rígida y mecánica, ni como
criterio meramente cuantitativo. Y exige, sobre todo, que nos planteemos,
mujeres y hombres, qué modelo de sociedad queremos. Tendremos que deconstruir
un modelo social discriminador, segregador y excluyente. Y habremos de
construir un modelo nuevo que reequilibre y armonice la inevitable y simultanea
complementariedad y tensión entre los sexos. Un nuevo modelo que sólo ambos, y
juntos, podrán ponerlo en pie.
Es en
este camino donde planteamos, como paso que nos parece imprescindible, la
feminización de la sociedad. La entendemos básicamente como incorporación y
socialización de saberes, habilidades y competencias, actitudes, estilos y
valores que, social y culturalmente, han sido asignados o atribuídos casi en
exclusiva a las mujeres durante largo tiempo. Hablamos de cualidades en las
que, a menudo, las mujeres brillan hoy con luz propia, pero que constituyen
elementos que conciernen a todos, aportes que contribuyen positivamente a la
vida en sociedad y factores que impulsan un desarrollo más humano.
A las mujeres se debe en gran medida una nueva conciencia de lo público y de la responsabilidad social que tiene lo público; una nueva conciencia nacida, quizá, de los imperativos de lo cotidiano y de la importancia que para ellas tiene lo cotidiano. Como a ellas se debe mayormente la recuperación de una serie de espacios como comunes y a compartir, como la familia, el hogar y los hijos sin ir más lejos. Y, por no alargarnos, aspectos éticos como el del cuidado de la vida y la atención a la vida; valores como los de verse y concebirse en relación, la escucha, la empatía; capacidades como la de armonizar presencias múltiples e introducir en la agenda pública la exigencia de condiciones que posibiliten a hombres y mujeres dicha armonización de presencias en lo privado y lo público, en lo productivo y reproductivo; cuestiones como la de una nueva vivencia y sentido de la sexualidad finalmente: estos y otros elementos, madurados a menudo con sacrificio, son puestos hoy por las mujeres sobre la mesa de la sociedad en su conjunto. El resultado no es mera acumulación y suma de lo viejo y lo nuevo, de lo masculino y lo femenino, sino algo distinto. Es aún demasiado pronto como para describir sus rasgos.
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