SEXO EN SANFERMINES

Miguel Izu

Maridos y mujeres

Tras exhaustiva observación directa a lo largo de muchos años (digo esto para disculpar la falta de experiencia en carne propia) creo que se pueden clasificar los matrimonios pamploneses en tres categorías, dependiendo de su comportamiento en la primera mitad del mes de julio.

A la primera la llamaremos "matrimonio PTV sanferminero". A ambos cónyuges les gustan las fiestas, así que siempre se quedan en Pamplona, salen juntos al chupinazo, a la procesión, a los toros, a cenar, a tomar copas con los amigos, y si tienen críos pequeños los sacan a los kilikis por las mañanas y los encasquetan, si pueden, a los abuelos tardes y noches. Si los niños son mayorcitos, les sueltan la pasta correspondiente y los mandan a la calle vestidos de blanco (eso sí, hay que lavar y planchar a diario) con el ruego imposible de que se porten bien, no beban mucho y no vuelvan muy tarde. Y si los hijos son muy muy, pero que muy mayorcitos, tratan de escaquearse lo más posible para que no les encajen los nietos todos los días.

La segunda categoría es la de "nos vamos de vacaciones". Entre el uno y el seis de julio hacen las maletas y cogen las de Villadiego, o más bien las de Zarautz, Salou o cualquier otro lugar del mundo. Su único contacto con los sanfermines será ver los encierros por televisión. Se trata de parejas a las que no les gustan los sanfermines (alcohol, drogas, sexo, ruido, suciedad, gamberrismo, etc.), de parejas donde a uno de sus componentes, que ha logrado imponerse, no le gustan los sanfermines (alcohol, drogas, sexo, ruido, suciedad, gamberrismo), o de parejas a las que sí les gustan los sanfermines pero prefieren alejar prudentemente a sus hijos porque están en edad de máximo riesgo (alcohol, drogas, sexo, ruido, suciedad, gamberrismo).

La tercera categoría, arquetípica pero con mucho la más minoritaria, es la de los "rodríguez sanfermineros". A ella no le gustan las fiestas, más bien las odia, pero él hace la escalera sanferminera, es socio de peña, tiene abono para los toros y encima es portador de San Fermín, miembro de la comparsa de gigantes y cabezudos o propietario de un bombo indispensable en el Struendo. O casualmente no ha podido evitar tener que trabajar algunos días de los sanfermines. El caso inverso, que él odie los sanfermines y ella sea la reina de la fiesta, es teóricamente posible pero yo no lo he conocido hasta ahora. Así que tienen que llegar a algún apaño. Algunos pactan mitad del tiempo en Pamplona y mitad en la playa, o en el pueblo, pero otros logran que ella se vaya con los niños y él se reúna con ellos nueve días más tarde. Nueve días de vuelta a la soltería, que no a la libertad total. Él estará permanentemente vigilado y ella recibirá información puntual sobre sus andanzas (me remito a mi columna de ayer y a la dificultad de escapar al control social cuando todo el mundo está todo el día por la calle observando lo que hacen los demás en una ciudad donde todo el personal se conoce o tiene conocidos comunes). Así que las posibilidades de infidelidad no están completamente anuladas pero son remotas. Ella puede estar razonablemente segura de que su cónyuge se va a agarrar unas tajadas considerables, se va a comportar como un puñetero crío haciendo el ridículo en público a todas horas, se va a juntar con todos los amigotes impresentables a los que ella normalmente no aguanta, va a ir hecho un guarro y es dudoso que cumpla su promesa de limpiar la casa de vez en cuando y tener en orden el frigorífico, pero, eso sí, en el aspecto meramente carnal no podrá evitar portarse como un marido más o menos fiel.

Tómese esta clasificación sin rigidez. Algunos matrimonios van pasando por las tres categorías en función de la edad, las responsabilidades familiares y las experiencias vividas. Y caben también otros casos mixtos, como esas parejas que preferirían estar en la playa pero que resignadamente se quedan en los sanfermines y los viven como un matrimonio PTV más para poder vigilar de cerca a sus hijos adolescentes (es decir, entre quince y treinta años) que se amotinaron a la menor insinuación de no pasar las fiestas en Pamplona. O esas otras donde ella casi no se entera de las fiestas porque tiene demasiado trabajo en casa atendiendo a la familia pero él ejerce de facto como rodríguez sanferminero por la vía directa de salir el día seis de casa para el chupinazo con un "¡hasta luego!" y no aparecer hasta varios días más tarde a primera hora de la mañana, como quien no quiere la cosa, con dos docenas de churros de la Mañueta para desayunar.

 

 

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