Cosas que faltan a los sanfermines

 

EL MAR

 

 

         La divina providencia, que gusta de repartir más o menos equitativamente la fortuna, no quiso ponernos mar en Pamplona para no pasarse. Con playa hubiéramos sido ya demasiado y se nos podían haber subido los humos en exceso (más que a los bilbainos, y eso que solamente tienen ría). Pero como la ambición humana no conoce límites, siempre hemos echado de menos el mar. Se cuenta la historia de aquel lacero municipal de nombre Petit que a principios del siglo pasado se presentó a las elecciones municipales con el programa de traer el mar a Pamplona. Proponía abrir un canal desde el Cantábrico hasta la Magdalena, donde quedaría instalada la playa. Todos nos hemos imaginado alguna vez, asomados a la Medialuna, lo que sería tener una playa en todo parecida a la Concha donostiarra con el monte San Cristóbal convertido en isla que cerrara la bahía, e incluso algún artista local la pintó así sumergiendo bajo las aguas la Chantrea.

 

         A Petit no lo eligieron, sin duda por juzgar descabellado su plan. Quizás lo fuera para su época, y eso que para entonces ya se habían construido los canales de Suez y Panamá. Más dudoso que hoy pudiéramos seguir diciendo lo mismo, con lo que ha avanzado la técnica. Qué hubiesen dicho los contemporáneos del lacero si alguien hubiera propuesto que en Pamplona bebiéramos agua del Irati, haciendo un enorme embalse a cuarenta kilómetros de distancia y construyendo un larguísimo canal que pudiera incluso seguir hasta los regadíos de la Ribera. O que el agua que desde los Pirineos se vierte al Ebro se quisiera llevar hasta Almería para regar tomates plantados en terrenos desérticos; o que en Barcelona quisieran beber de las nieves alpinas con un gigantesco canal que captara las aguas del Ródano.

 

         En fin, que si los que mandan se empeñaran y si los empresarios del hormigón olieran el negocio o les conviniera para colocar todo el cemento que tenían preparado para el frustrado trasvase del Ebro, seguro que acabaríamos viendo romper las olas contra las ripas de Beloso y participando en regatas a lo largo del canal navegable que nos uniría directamente con la bahía de Txingudi. Sería ya el colmo poder ofrecer a nuestros visitantes sanfermineros pasar las mañanas de resaca en una playa a quinientos metros de la plaza de toros.

 

         No obstante, las zonas que sería necesario inundar en la Chantrea, Orvina, Rochapea y San Jorge se han poblado durante los últimos cincuenta años de viviendas de protección oficial. Sabiendo lo pocas que hay y lo difíciles que son de conseguir, probablemente ahora es más razonable dejar tranquilos a sus vecinos. Lo que no significa renunciar al mar; si la montaña no viene a Mahoma, iremos nosotros. Aunque no falta quien recuerda confusamente que alguna vez Irún y Fuenterrabía pertenecieron a Navarra y propone su recuperación, como cuando quien quería mar se lanzaba a la conquista de las tierras costeras, no creo oportuno en estos tiempos plantear la anexión de esos municipios al de Pamplona como si fueran Echavacoiz o Mendillorri. Creo que la solución es otra.

 

Desde la propuesta de Petit el mar se nos ha acercado muchísimo, si no en distancia sí en tiempo. Coges el coche por la autovía y en menos de una hora puedes plantarte en San Sebastián, Zarautz, Fuenterrabía o Hendaya. Seguro que hay gente en Barcelona que tarda más en llegar a sus playas. De todos modos, sigue siendo demasiado tiempo como para darse un chapuzón entre el aperitivo sanferminero y la hora de ir hacia la plaza de toros, y más si coges un atasco veraniego llegando a Andoain.

 

         Hay una solución para que la playa nos quede como de Villava  al Hospital por la línea 4 del transporte comarcal. Solamente hay que combinar dos iniciativas muy en boga en Europa: la recuperación de los tranvías urbanos (lo han hecho en Barcelona, Bilbao, Roma) y los trenes de alta velocidad. Apostemos por el Tranvía de Alta Velocidad. Si la velocidad prevista para el AVE de Madrid a Barcelona es de 350 kilómetros por hora, un tranvía Pamplona-San Sebastián podría hacer el viaje en poco más de un cuarto de hora (a condición de que no se permita ocuparse del asunto a Álvarez Cascos y su equipo).

 

         Se me dirá que el mar no es nuestro, que seguimos condenados a acudir a playas ajenas. Miremos el lado bueno. Las playas nos salen casi gratis, porque nos las cuidan los guipuchis. A cambio de nuestras setas, claro.

 

 

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