MALINTERPRETANDO
AL ARZOBISPO
Lo
confieso, soy una de las muchas personas que ha malinterpretado al Arzobispo de
Pamplona. Me refiero a cuando leí eso de que “Hoy en España hay algunos
partidos políticos que quieren ser fieles a la doctrina social de la Iglesia en
su totalidad, como p.e. Comunión Tradicionalista Católica, Alternativa
Española, Tercio Católico de Acción Política, Falange Española de las JONS.
Todos ellos son partidos poco tenidos en consideración. Tienen un valor
testimonial que puede justificar un voto. No tienen muchas probabilidades de
influir de manera efectiva en la vida política, aunque sí podrían llegar a
entrar en alianzas importantes si consiguiesen el apoyo suficiente de los
ciudadanos católicos. Por eso no pueden ser considerados como obligatorios pero
sí son dignos de consideración y de apoyo”. Que el señor Arzobispo les
asigne a dichos partidos de la derecha más extrema un “valor testimonial” que
“puede justificar un voto” me sonó a que estaba justificando que se les vote.
Que especule sobre su posible influencia en la vida política “si consiguiesen
el apoyo suficiente de los ciudadanos católicos” me pareció que inducía a los
católicos a plantearse si merecería darles tal apoyo. Que diga “que no pueden
ser considerados como obligatorios” (los partidos, se supone) me alivió mucho,
porque si el Arzobispo declara que es para los católicos obligatorio militar en
tales partidos nos causaría a muchos católicos un tremendo problema de
conciencia. Pero que afirmara que “sí son dignos de consideración y de apoyo”
tales partidos en la frase inmediatamente siguiente a esas consideraciones
sobre el voto de los ciudadanos católicos me llevó a la convicción de que el
Arzobispo veía con buenos ojos que los ciudadanos católicos votemos por esos
partidos. Otras personas entendieron de la misma forma equivocada el mensaje
del Arzobispo y se armó la polémica.
Afortunadamente
el propio Arzobispo ha venido a aclarar las cosas. Le hemos malinterpretado. “Yo
nunca he recomendado el voto a ningún partido. Ni apoyaría nunca a ninguna
organización que no respetase claramente la libertad y los derechos de la
persona y de la sociedad”, escribe. Qué alivio. Que contemple como digna de
consideración y de apoyo por parte de los ciudadanos católicos a Falange
Española de las JONS, por poner solo un ejemplo, y que diga que puede estar
justificado darle un voto no quiere decir que él recomiende votar a ese
partido. A lo mejor sólo recomienda la afiliación o la contribución económica
pero sin votarle.
Así
que ya sabemos, cuidado con malinterpretar los textos del Arzobispo. Por
ejemplo, si mañana escribiese lo siguiente: “Izquierda Unida es un partido
poco tenido en consideración. Tiene un valor testimonial que puede justificar
un voto. No tiene muchas probabilidades de influir de manera efectiva en la
vida política, aunque sí podría llegar a entrar en alianzas importantes si
consiguiese el apoyo suficiente de los ciudadanos católicos. Por eso no puede
ser considerado como obligatorio pero sí es digno de consideración y de apoyo”.
Si a usted le suena este texto como que al Arzobispo le parece bien que los
ciudadanos católicos apoyen a Izquierda Unida, aunque no lo declara
obligatorio, le está malinterpretando no se sabe bien porqué oscuros intereses
electoralistas.
A lo mejor esto nos ayuda a explicar
algunos de los problemas de la Iglesia que abordaba el Arzobispo en su
conferencia. Por ejemplo ese “movimiento generalizado de deserciones”, el crecimiento del sector “de cristianos
indiferentes, alejados, seducidos por la alianza con la cultura civil”. O “que
la Iglesia española, en estos momentos, es una Iglesia bastante desconcertada,
poco segura de sí misma, interiormente debilitada, excesivamente dividida y
disgregada”. Quizás lo que esté sucediendo es un fenómeno masivo y generalizado
de mala interpretación de lo que dicen los obispos. Entendemos justo lo
contrario de lo que nos están tratando de decir. En consecuencia, muchos optan
por abandonar o alejarse de la Iglesia. Otros intentan permanecer en el interior
de la comunidad eclesial, pero perplejos, incómodos, molestos con orientaciones
de la jerarquía que no comparten, frecuentemente tan afligidos que ni se
molestan en replicar. Otros, en fin, se contentan con seguir en la Iglesia
pasivamente, sin intentar entender a los obispos.
Tenemos
un gran problema de comunicación. A mí me sucede. Cuando el Arzobispo escribe
que “pide también la Iglesia que los partidos no confesionales sean al menos
respetuosos con la libertad de conciencia de los católicos que de una u otra
manera militan o colaboran con ellos”. La insistencia en el tema de que los
partidos políticos reconozcan la objeción de conciencia y la libertad religiosa
de sus propios militantes me hace sospechar que o él o yo no conocemos la
realidad de los partidos políticos en nuestro país, o no entendemos lo mismo
por libertad religiosa. Que yo sepa, me puedo equivocar, a nadie se obliga en
este país a ingresar o permanecer en un partido. Ni en ninguno se exige una
determinada convicción religiosa, o ausencia de ella, para militar. Creo que en
absolutamente todos los partidos hay militantes católicos, y me da la impresión
de que últimamente en la mayoría incluso musulmanes, militantes de otras
confesiones, agnósticos y ateos. Nadie, salvo el CIS y de forma anónima, anda
preguntando por las creencias religiosas de nadie. Creo que ningún partido
político somete a lavado de cerebro a sus afiliados, ni tampoco tiene mazmorras
en las cuales encerrarles si disienten. Hace años que no se fusila ni se envía
a la hoguera a nadie por su heterodoxia dentro de un partido. En suma, hablamos
de partidos en un sistema democrático y no de sectas destructivas. Me confunde
que el Arzobispo parezca no distinguir entre una cosa y otra, que no parezca
asumir que se puede pertenecer a una organización sin abdicar de la libertad de
pensamiento. También me inquieta mucho leer lo que dice sobre que los
cristianos debemos valorar las repercusiones morales de nuestro voto “en los
aspectos opinables de la vida social”. No sé, pero parece que hay algunos
aspectos en los cuales nos debemos abstener de opinar y de pensar por nuestra
cuenta. Parece que hay aspectos de la vida social en los cuales debemos atender
sumisamente lo que nos digan nuestros pastores sin posibilidad de tener opinión
propia. Me pregunto si en esos casos podemos ejercer la libertad o la objeción
de conciencia en el seno de la propia Iglesia y disentir de los obispos. Me
pregunto si habré entendido bien.
Algo tendremos que hacer a ver si nos entendemos mejor. Se me ocurre alguna cosa. Que en la Iglesia la comunicación no fluya sólo en un sentido, de arriba hacia abajo. Que no sólo hablen y escriban los obispos y callemos los demás. Así nunca podremos saber si les estamos entendiendo correctamente o malinterpretando sus palabras. Que hablemos todos, que podamos preguntar y hasta opinar. Que los sacerdotes no sean los únicos que pueden dirigirse mediante sus homilías a los fieles. Que los fieles también puedan intervenir. Que las opiniones y enseñanzas de la Iglesia no se limiten a las opiniones y enseñanzas de sus pastores. Que en el seno de la Iglesia haya diálogo y debate, e incluso participación aunque vaya en detrimento de la autoridad. Que no nos tengamos que malinterpretar tanto.
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