LIZARRA COMO MAC GUFFIN
Como saben los cinéfilos, Mac Guffin llamaba Hitchcock al pretexto usado al construir sus tramas de suspense: planos secretos, claves numéricas, cargamentos de uranio; cualquier cosa que obliga a los personajes a ir, venir, buscar, ocultar, huir, matar. Pero el contenido del Mac Guffin no es importante y ni siquiera hay por qué explicarlo; para Hitchcock su mejor Mac Guffin era el de Con la muerte en los talones, reducido a la nada; nunca se llega a saber qué buscan los espías que persiguen a Cary Grant.
El Mac Guffin no es sólo un recurso cinematográfico. La Declaración de Estella-Lizarra es el perfecto caso de Mac Guffin político, con un contenido tan superfluo que casi nadie se molesta en leer.
La Declaración de Estella-Lizarra puede dar pie a distintas interpretaciones. Por ejemplo: es una declaración, no un pacto -carece de compromisos para sus firmantes- que aboga por la superación de la violencia y la resolución de los problemas políticos del País Vasco a través del diálogo. Llama expresamente a respetar el pluralismo de la sociedad vasca y los distintos proyectos políticos que se le ofrecen, a través de un proceso sin condiciones y sin exclusiones previas. No aboga por un proyecto político determinado; ni independencia, ni soberanía, ni rechazo de la Constitución o del Estatuto, ni un territorio determinado; ni mucho menos justifica la violencia terrorista ni llama a participar a ETA.
Esta interpretación, posible según el tenor literal de la Declaración de Estella-Lizarra, ha sido dejada a un lado.
Desde el primer día PP y PSOE definieron el Pacto de Lizarra como frente nacionalista bajo los dictados de ETA, que no pretendía otra cosa que la independencia del País Vasco, y la tregua que declaró ETA inmediatamente como una trampa; dejaba las armas sólo temporalmente a cambio de que los demás partidos nacionalistas se sumaran a sus objetivos.
Esta interpretación ha sido asumida por ETA en sus comunicados. En vez de proceso de paz, ETA se limita a hablar de construcción nacional y asume con gusto el papel que PP y PSOE le atribuyen de tutor del Pacto de Lizarra permitiéndose dictar recomendaciones al PNV. Sus tesis reciben el apoyo expreso o tácito de EH, como en el pasado el de HB. Su negativa a condenar actos violentos; su resistencia a pedir a ETA el abandono definitivo de las armas; la inclusión de presos acusados de terrorismo en sus listas electorales, ponen serios interrogantes sobre la sinceridad de su apuesta por la paz que -también hay que reconocer- han manifestado con algún gesto.
Pero el resto de los firmantes de la Declaración de Estella-Lizarra, cuando menos por insensibilidad en las formas, propician la misma interpretación, aunque la rechacen en el documento de Durango -primer aniversario-. Los lugares de reunión en la Alta y la Baja Navarra, plasmados en la denominación –monolingüe- de Lizarra-Garazi Akordioa, junto al símbolo del foro (estrella de siete puntas) apelan en exceso a la territorialidad reivindicada por el nacionalismo; la escenografía de las reuniones; el pacto de gobierno en Vitoria entre PNV, EA y EH y la convocatoria de una asamblea de concejales nacionalistas a la que se quiere dar carácter de institución nacional, todo ello invocando la Declaración; la suma de gestos hace difícil pensar en otra cosa que en un frente nacionalista.
Como en las películas de Hitchcock, el texto de Estella-Lizarra, nuestro Mac Guffin, es lo de menos. Lo que importa es lo que los personajes, buenos y malos (y que cada uno reparta los papeles a su gusto), hacen. Y lo que hacen en este caso es acusarse mutuamente (PP y PSOE de un lado, firmantes de Estella-Lizarra del otro) de inmovilismo.
Me temo que estoy de acuerdo con ambos. Inmovilismo por parte del Gobierno del PP, esperando que el contrario reconozca su derrota y se rinda, sin otro discurso que estigmatizar Lizarra como instrumento de ETA. Su único paso –acercamiento de 105 presos- es positivo sólo en cuanto es un movimiento, pero adolece de seguir utilizando los presos como arma política, en contra de la Constitución cuando establece que el objetivo de las penas es la reinserción social, y no otro (utilización política que, también hay que decirlo, hace años practican sistemáticamente ETA y HB, por lo que sus críticas al Gobierno en este sentido son ciertas pero vienen de quienes menos legitimidad moral tienen para hacerlas). Inmovilismo por parte de la Declaración de Estella-Lizarra-Garazi-Durango, repitiendo los mismos argumentos de hace un año; parece que esperando también a que el contrario se rinda.
El debate de los últimos días se centra en si el Pacto de Lizarra ha fracasado o no, confundiendo algo tan básico como instrumentos con objetivos, medios y fines. Decir que Lizarra ha fracasado –o no- es tan tonto como decir que Ajuria Enea, o el Estatuto, o el espíritu de Ermua han fracasado. El objetivo es la paz –no la paz de los XXV años, sino una paz basada en la democracia- y lo demás son –deben ser- sus instrumentos. Lizarra, como instrumento, ha cumplido un primer objetivo valiosísimo; contribuir a la tregua de ETA. Pero esperar algún efecto más simplemente por repetir sus enunciados –aunque sea en ámbito internacional- como fórmula mágica no es sensato.
¿Cómo superar esta situación de estancamiento donde unos y otros refieren todo su discurso a un Mac Guffin?
La salida es la que Izquierda Unida –entre otros, incluyendo al lehendakari Ibarretxe- viene preconizando; reconocer que tanto Ajuria Enea como Lizarra son instrumentos superados, y crear foros de diálogo donde estén todas las fuerzas políticas.
Y esto me lleva a reconocer algo obvio; la situación de Izquierda Unida, formación a la que pertenezco, es poco airosa. Lo era ya antes de Lizarra; defender posiciones tradicionales de la izquierda como federalismo y autodeterminación (la cual, como recuerda José Ignacio Lacasta-Zabalza en un reciente libro, España uniforme, era una reivindicación de la izquierda durante el franquismo y la transición, mientras el nacionalismo pedía la independencia; luego unos –el PSOE- la abandonaron mientras otros –los nacionalistas- se apuntaban a ella) en una sociedad que se está polarizando en frentes nacionalistas no es popular. Pero la trayectoria de Izquierda Unida respecto a Lizarra ha sido, como decía hace poco Félix Taberna, ingenua. Tras la bienintencionada firma de la Declaración, interpretándola en el sentido literal que tan poco éxito ha tenido, las discrepancias entre IU/EB de Navarra (que abandona) e IU/EB del País Vasco (que sigue) han sido utilizadas siempre en su contra. La opinión pública –y más la publicada- critica sin piedad el centralismo, el monolitismo y la disciplina interna de los partidos. Pero lo que realmente castiga sin piedad es el pluralismo interno y la manifestación de diversas opiniones o corrientes en el seno de una fuerza política. Y si esa fuerza política no controla medios de comunicación propios lo tiene bastante difícil para aclarar sus propuestas. Y con esto no quiero acudir al recurso fácil de echar la culpa a la prensa; más bien suscitar la autocrítica. Sabiendo que los medios de comunicación –controlados por grupos empresariales que, pese a presumir de objetividad e independencia, persiguen intereses políticos y económicos claros y conocidos- no son precisamente entusiastas de Izquierda Unida, su táctica ante una cuestión tan delicada, sin renunciar a sus principios, debía haber sido más cauta, interna y externamente, para no contribuir al resultado de confusión y desánimo que se ha producido entre su electorado, que en las últimas convocatorias -Parlamento Vasco y municipales- se ha desmovilizado.
No es fácil mediar entre los dos frentes que se han creado, el "constitucionalista" y el "soberanista", o si se quiere, el nacionalista español y el nacionalista vasco. El primero encastillado en la defensa de la Constitución y el Estatuto vasco como libros sagrados, y que por tanto no permiten siquiera poner en cuestión su contenido; el segundo empeñado en su impugnación y en buscar –contra la evidencia de los resultados electorales, que reflejan la pluralidad de proyectos políticos y de identidades nacionales en la sociedad vasca- instituciones nacionales alternativas. Pero es imprescindible tender puentes sobre los cauces democráticos existentes (Constitución, Estatuto y, en Navarra, Amejoramiento, por cierto, los que dan legitimidad a los procesos electorales donde los nacionalistas obtienen la representación que les permite gobernar en Vitoria o convocar asambleas de electos), sin trágalas, aceptando que como tales cauces, y no principios inmutables, pueden ser cuestionados y modificados por los procedimientos de reforma que los mismos contienen; y sobre el reconocimiento de que el diálogo hay que practicarlo, no utilizarlo como arma arrojadiza alegando que quien no quiere dialogar siempre es el otro, porque no acude a mi foro.
Sólo si nos olvidamos del Mac Guffin, como aconsejaba Hitchcock, podremos llegar a un feliz desenlace.
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