LA LISTA DE SOSPECHOSOS
En esas novelas de intriga donde detectives aficionados y frecuentemente jóvenes, caso las de Enid Blyton que uno leyó en la adolescencia, investigan algún hecho delictivo es frecuente la aparición de la lista de sospechosos. Una lista que el protagonista suele escribir en su bloc de notas, en el que minuciosamente va apuntando los hechos más relevantes para sus pesquisas, y repasa de vez en cuando para marear al lector. Los detectives de verdad no la necesitan, claro; o si la tienen, la guardan en su cabeza y se muestran reacios a comentarla. Ni Sherlock Holmes ni Hércules Poirot redactaban listas de sospechosos, aunque sus fieles doctor Watson y capitán Hastings sí se preocupaban de tomar notas y poner por escrito sus andanzas.
Con el mismo entusiasmo de detectives aficionados los jefes de gobierno de la Unión Europea parece que están redactando una lista de sospechosos que, en este caso, incluiría a los grupos terroristas y a todas las organizaciones que les prestan su complicidad. Una lista que, además, van a hacer pública, para que todos sepamos quienes son los malos.
Uno suponía que los detectives de verdad, o sea, las fuerzas policiales encargadas en todos los países europeos de perseguir la delincuencia y el terrorismo, habían hecho esas listas hace tiempo. Pero, lógicamente, no las van publicando por ahí, sino que con la discreción debida se dedican a comprobar si los sospechosos realmente son culpables, a detenerlos y a entregarlos a los jueces. También uno supone, a lo mejor ingenuamente, que las policías de los diferentes países se suelen comunicar datos de dichas listas. Parece que para eso están la Interpol y la Europol. Pero bueno, a lo mejor era una equivocación, y hasta que a los políticos, con nuestro presidente Aznar a la cabeza, no se les ha ocurrido lo de la lista, los policías no habían caído en la cuenta de que los terroristas están organizados y conviene saber cuáles son las organizaciones que hay que perseguir. En muchas novelas los policías no se enteran de la fiesta hasta que el detective aficionado resuelve el caso y consigue que se libere al sospechoso inocente al que la incompetencia policial había puesto entre rejas.
En cualquier caso, no acabo de ver la utilidad de esa lista pública de organizaciones terroristas. No creo que nos haga falta a los ciudadanos; dudo que la vayan a colocar en los aeropuertos, como esos carteles con las fotos de los terroristas más buscados, con la advertencia de que si te tropiezas con alguien que se identifica como miembro de ETA, o del IRA auténtico, un suponer, debes llamar a la policía. Tampoco a los policías; rezo para estar en lo cierto de que no dependen de las informaciones que les lleguen desde sus gobiernos para perseguir a los terroristas, y que tienen sus propios métodos de investigación. Y me imagino que a los jueces tampoco les aporta mucho una lista aprobada en una cumbre europea, ya que suelen tener la manía de pedir las pruebas que inculpan a cada sospechoso en particular de los delitos concretos que se le imputen, y no creo que les sea suficiente con la convicción de los mandamases europeos; o sobra la lista o sobran las pruebas, y espero que no se opte por lo segundo.
En suma, la única utilidad que le veo a la lista de sospechosos es que los gobiernos puedan incluir en ella a organizaciones políticas que les resulten molestas para desacreditarlas. En este caso la lista sería un acierto. El Gobierno del PP ya ha manifestado que le gustaría incluir a Batasuna. Conseguido esto, ¿por qué detenerse? Como escribía un internauta en la sección de opinión de un periódico digital, habría que hacer lo mismo con PNV, EA e IU, que todo el mundo sabe que desde el Gobierno vasco alientan con sus ambigüedades y contemplaciones soberanistas o autodeterminantes el terrorismo de ETA. Y si hemos de creer al presidente del Gobierno de Navarra, el PSOE no sobraría de la lista, ya que utiliza los votos de Batasuna para bloquear los presupuestos generales de Navarra. Claro que el PP ha unido sus votos, y sus ausencias parlamentarias, para hacer lo propio en el País Vasco. Pero mejor no incluirlo en la lista; alguien tiene que quedar fuera para poder hacerla.
Ya sé que decir estas cosas me puede costar acabar en la misma lista, por poner obstáculos a la lucha antiterrorista. A lo mejor me he creído que en una democracia se puede criticar a la autoridad. He tenido malos ejemplos. En la oficina de información municipal de una localidad de Australia una vez leí un folleto divulgativo sobre la policía. Cuando lo cogí supuse que explicaría los importantes servicios que presta a los ciudadanos y la forma en que éstos debieran colaborar con ella (eso es lo que uno espera en este país de cualquier folleto del Ministerio del Interior); resulta que contaba a los ciudadanos cómo defenderse de los posibles abusos policiales y de los derechos que les asistían en caso de detención o registro. Lo sorprendente es que aquel ayuntamiento (Local Council, que dicen en la jerga local) no estaba gobernado por partidos radicales simpatizantes con las fuerzas del desorden, sino por miembros de los tradicionales partidos liberal y laborista. En fin, ya se sabe que los australianos además de compartir esa dudosa tradición británica sobre los derechos individuales son todos descendientes de convictos deportados y no tienen el más mínimo respeto por el Estado de Derecho. Menos mal que Australia está casi en las antípodas y no es fácil que aquí cunda el ejemplo.
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