LEVANTANDO PIRÁMIDES

Algunas personas que visitan Egipto o que, más modestamente, ven un documental televisivo sobre ese país no dejan de admirarse del grandísimo esfuerzo que supuso para los egipcios de hace miles de años levantar unos monumentos tan colosales como las pirámides. Parece desproporcionada la inversión de tanto trabajo por toda una sociedad organizada en torno a la construcción de lo que al fin y al cabo no era sino el enorme sepulcro del faraón de turno. ¿Acaso no deberían haber dedicado todo ese afán en cosas más útiles que mejoraran las condiciones de subsistencia de los vivos?

Pero si se estudia con más detalle la sociedad en la que se construyeron las pirámides se comprueba que todo ese trabajo no era un simple derroche sino que respondía a diversas necesidades de mantenimiento de un determinado orden económico y social. Los faraones gobernaban una teocracia, eran seres divinos que necesitaban un templo propio al que pudiera dirigirse la adoración de su pueblo y que acumulaban bienes, no para la jubilación como hacemos ahora, sino para después de la muerte, en la creencia de que podrían disfrutar de ellos. La construcción de las pirámides era también un medio de mantener sometida y ocupada a una clase de siervos y esclavos derivada de las sucesivas conquistas territoriales a las que dedicaban su tiempo los gobernantes de aquellos tiempos. Y un modo de invertir las riquezas conquistadas a los pueblos sometidos.

No necesitamos, para observar casos de similar fiebre edificadora, irnos tan lejos como al Egipto faraónico, ni tampoco a la Edad Media y a la construcción de esas enormes catedrales góticas que tenían atareadas a varias generaciones de una ciudad hasta su culminación y donde abundan los sepulcros de reyes, nobles, obispos y otra gente principal, sino que podemos fijarnos en esa reciente pirámide que mandó construir en Cuelgamuros para contener su sepulcro nuestro último teócrata, Caudillo de España por la gracia de Dios, y que incluyó el trabajo forzado de prisioneros como en los mejores tiempos de las dinastías egipcias. Pero si lo pensamos bien, en nuestro tiempo y en nuestra sociedad también dedicamos la mayor parte de nuestra energía colectiva a levantar pirámides, aunque no las llamemos así y gracias a los avances técnicos nos exijan menos esfuerzo físico.

Lo que hoy llamamos progreso (aunque en realidad muchas veces queramos referirnos simplemente a crecimiento económico, a fabricar cosas, que no siempre es lo mismo) y legitima el orden social y político existente tiene mucho que ver con la construcción incesante. La principal materia prima de nuestra economía a lo mejor no es el petróleo, como parece, sino el cemento. No hay más que observar con un mínimo de atención para descubrir que prácticamente cualquier acción política acaba convirtiéndose en hormigón armado, y que todos nuestros esfuerzos parecen encaminados a necesitar, o producir, cada vez más de éste.

Las políticas de vivienda han hecho posible la coexistencia de numerosas viviendas vacías en los centros de las ciudades con una creciente demanda de viviendas nuevas, y con una enorme cantidad de personas que no pueden acceder a una vivienda, ni nueva ni usada, por sus astronómicos precios. La utilización o rehabilitación de las viviendas existentes se sacrifica a la incesante construcción de las nuevas; y, además, vamos sustituyendo el crecimiento vertical de las ciudades por el crecimiento horizontal, con nuevas urbanizaciones periféricas (cuanto más al extrarradio, mejor) de unifamiliares y adosados que consumen mucho más cemento, más asfalto, mas infraestructuras. Los centros escolares de los barrios antiguos deben cerrar por falta de clientes, mientras que se hace imprescindible edificar otros en los nuevos barrios; lo mismo pasa con las iglesias y conventos céntricos que se transforman en dotaciones culturales civiles mientras que hay que construir nuevas parroquias (pronto, quizás también mezquitas) en nuevos barrios, y así sucesivamente. El crecimiento de las áreas metropolitanas exige construir nuevos accesos, rondas, variantes, y la necesidad de conectar unas con otras la construcción de autovías y autopistas, que para ser más seguras y rápidas exigen la construcción de grandes viaductos y túneles. Nuestras ciudades llenas de grúas son como ese siniestro Centro de La caverna, la última novela de Saramago, que jamás deja de crecer y expandirse y amenaza con ocupar todo el territorio disponible, incluyendo el subsuelo.

Los constructores tienen en los fabricantes de automóviles a sus mejores aliados. Las rondas y autovías según se van construyendo se van saturando de vehículos, por lo que pronto exigen su ampliación o la construcción de otras nuevas. Los nuevos accesos desde la periferia hasta el centro urbano, o viceversa, exigen la construcción de aparcamientos, sean de superficie o subterráneos, y preferentemente éstos, que se pueden poner a pie de destino y consumen más cemento. La existencia de aparcamientos atrae más vehículos. ¡Más madera!, que diríamos en términos groucho-marxistas.

Las políticas comerciales ensalzan al pequeño comercio pero se dirigen preferentemente a la construcción de grandes centros, también en las periferias urbanas, con sus correspondientes accesos y aparcamientos. Las políticas culturales a la construcción de grandes auditorios, pabellones, museos, centros de congresos, también con sus accesos y aparcamientos. El súmmun de la política deportiva es conseguir la organización de unos juegos olímpicos, o al menos de unos campeonatos mundiales, que permitirá construir nuevos estadios, nuevos polideportivos, con sus accesos y aparcamientos. Las políticas de transporte se identifican con las autovías y las "ciudades del camión" ("ciudades del transporte", les dicen), dejando en segundo o tercer plano al ferrocarril, que no consume suficiente cemento; las políticas de peatonalización con construir más aparcamientos; las de fomento de la bicicleta con construir las viviendas con trastero para tenerla guardada; potenciar la vía aérea implica aeropuertos más alejados de las ciudades y la construcción de sus correspondientes aparcamientos y autovías de acceso. Las políticas de turismo llevan a la construcción de nuevas urbanizaciones, campos de golf, estaciones de esquí, puertos deportivos, parques temáticos, aeropuertos, hoteles, paseos marítimos, y autovías para llegar hasta todo ello. Más madera. Afortunadamente la divina providencia situó los fiordos noruegos precisamente en Noruega; en España con fiordos y un poco de cemento hubiéramos hecho maravillas.

La política hidráulica, que no hidrológica, cómo no (la han hecho siempre los ingenieros de caminos, canales y puertos), pasa por los grandes embalses, por canales y trasvases. Como decía una viñeta del genial El Roto "estamos llevando el mar al desierto y el desierto al mar; perdonen las molestias". La política de tercera edad consiste en afirmar que los abuelos deben estar en su casa y en construir más residencias. Más cemento; su consumo es uno de los indicadores de desarrollo. Menos mal que, igualito que en el tren de los hermanos Marx rumbo al oeste, disponemos de fuentes inagotables de cemento, de energía, de territorio, que la Tierra es un planeta de recursos infinitos que aguantará indefinidamente esta marcha al progreso sostenido e incluso acelerado.

Con este panorama los constructores están entre los reyes del mambo de nuestros tiempos. Los más importantes dirigen imperios económicos, presiden clubs de fútbol de solera, aparecen no sólo en la prensa económica sino también en la rosa, poseen valiosas pinacotecas privadas y sus tentáculos a menudo penetran directamente en los terrenos de la política. Por otro lado, los arquitectos e ingenieros que les sirven diseñando sus construcciones también han acumulado brillo social; los principales se cuentan entre los más conocidos artistas, y algunos edificios se valoran, como en el caso de las pinturas, más por la firma de su autor que por sus propias características constructivas. Cualquier ciudad que se precie quiere tener un Moneo, un Foster o un Izosaki.

Apéndice de actualidad: el prestigio de los que se dedican a la construcción en sus diversas formas sólo es superado en nuestro tiempo por los que se dedican a las altas finanzas, a mover el dinero ajeno de un lado a otro sin construir ni fabricar nada: banqueros, asesores bursátiles, brokers y demás, en quienes hay gente capaz de confiar ciegamente. Según publican los papeles Antonio Camacho, propietario de la agencia de valores Gescartera que ha hecho desaparecer por arte de magia al menos 18.000 millones de pesetas, es también administrador de otra empresa llamada "Promociones Andolini". Recordemos que Andolini era el apellido originario del cinematográfico hombre de negocios Vito Corleone, el Padrino, hasta que en la aduana de Nueva York le impusieron, por error, el nombre del pueblo siciliano del que procedía. Aún con estos antecedentes que advertían claramente de qué iba la cosa el tal Camacho con algunos padrinos todavía no bien identificados consiguió engañar a cientos de inversores, incluyendo a varios ministerios y a un par de arzobispos.

 

 

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