LENGUAS, TOPONIMIA Y ALGUNA OTRA COSA.
Como explicó Mircea Eliade (Lo sagrado y lo profano) en nuestra sociedad, y no sólo entre quienes se declaran creyentes, seguimos encontrando una estructura mental mitológica o religiosa. Una de las manifestaciones de la visión mítica es la consideración no homogénea del espacio, su división en lugares sagrados y en lugares profanos. Típico de las sociedades tradicionales es la oposición que tácitamente establecen entre el territorio que habitan y el espacio desconocido e indeterminado que los circunda: el primero es el mundo (nuestro mundo), el cosmos; el resto ya no es un cosmos, sino una especie de otro mundo, un espacio extraño, caótico, poblado de larvas, de demonios, de extranjeros. Instalarse, habitar en un territorio, implica consagrarlo; y si es verdad que nuestro mundo es un cosmos, todo ataque exterior amenaza con transformarlo en caos. El ansia por conservar los propios orígenes frente a la contaminación del extranjero no es sino la nostalgia religiosa que expresa el deseo de vivir en un cosmos puro y santo, tal y como era al principio, cuando estaba saliendo de las manos del Creador.
Diversas ideologías (tradicionalistas, nacionalistas) mantienen esta visión del mundo, y luchan por la conservación o la recuperación de las señas de identidad cultural o religiosa propias frente a la invasión de influencias extrañas. Uno de los ámbitos privilegiados donde se produce ese enfrentamiento es el lingüístico. Frente a la lengua propia y natural de un pueblo (lengua sagrada, en el sentido de lengua original, lengua materna, incluso lengua natal, como he oído decir alguna vez, como si uno naciera con una lengua impresa en los genes) aparecen lenguas extrañas, invasoras, bárbaras, profanas. Frente a la lengua con la que un pueblo se venía relacionando con lo sagrado, dando nombre -santificando- a sus lugares, y, en general, a todas las cosas, esto es, verbalizando el orden del cosmos (el hombre, a instancias de Dios, dio nombre a todos los ganados, a todas las aves del cielo y a todas las bestias salvajes, que nos relata el Génesis), llega una lengua profana que creará el caos cambiando los nombres naturales de las cosas.
En nuestra tierra conocemos dos variantes del mismo esquema. Según una de ellas, los vascos vivían felices hablando en euskera (lengua sagrada cuyos orígenes hay que buscarlos en la torre de Babel, cuando no en el Jardín del Edén), tocando el txistu y bailando aurreskus en su pastoril y bucólica comunidad hasta que fueron invadidos por los castellanos (y los franceses), que les impusieron por la fuerza una lengua y una cultura extrañas, sin txistus ni txapelas (y como denunció Sabino Arana, sin Dios). Hasta tal punto que muchos vascos de hoy no hablan su propia lengua sino una extranjera, y ni siquiera tienen conciencia de ser vascos. De ahí la necesidad de recuperar la lengua propia, de volver a los orígenes, de la reeuskaldunización, de manera que el euskera vuelva a ser la única lengua oficial de los vascos.
Según la otra variante, los navarros vivían felices y no menos bucólicamente hablando en lenguas romances (latín, romance navarro, provenzal, castellano) desde el principio de los tiempos (desde Pompeyo), cantando jotas y cultivando sus fueros. Bueno, algunos aldeanos hablaban diversos dialectos eusquéricos, incomprensibles entre sí (lo que les preservaba del contacto con guipuzcoanos y vizcaínos) y no aptos para usos cultos; esos campesinos eran los primeros en saber perfectamente que para esos usos debían recurrir al romance. Esta época de felicidad se ve en peligro con la invasión de los euzcadianos, que quieren imponer una lengua extraña y artificial, el batua, y con ella una cultura extraña sin jotas ni fueros (y por supuesto sin Dios, ya que son mayoritariamente marxistas y ateos). De ahí la necesidad de resistir esa invasión y mantener las cosas como eran en origen, impidiendo que los euzcadianos vuelvan a dar nombre a todo en batua, ahogándonos con kas, txes y zetas.
Con estas dos visiones enfrentadas a muerte, no resulta extraño que una cuestión aparentemente inocente, como es un informe sobre la toponimia de Pamplona y su adaptación a las dos lenguas oficiales de Navarra, suscite debates apasionados y cierta alarma social. Enseguida han surgido aquellos que Silvio Rodríguez nombró como "los perseguidores de cualquier nacimiento".
Junto a las visiones míticas tradicionales convive entre nosotros otra visión más secularizada o, por decirlo así, más moderna (frecuentemente las dos visiones conviven, o compiten, dentro de la mente de las mismas personas, probablemente dentro de la cabeza de todos y cada uno de nosotros). Esta visión parte de un mito distinto, propio de la modernidad, como es el de la ciudadanía universal y la igualdad de derechos entre todos los seres humanos, remontándose a un origen anterior a la división en tribus, etnias, religiones, etc. Supera también la distinción entre espacios sagrados y espacios profanos (el espacio es continuo, no hay partes del espacio sagradas; en una visión cristiana diríamos que Dios está en todas partes, no en unas más que en otras). Tampoco hay lenguas sagradas (como nos enseña el suceso de Pentecostés, Dios habla a cada uno en su propia lengua), sino una diversidad de lenguas humanas que nos lleva a predicar el respeto de todas ellas y, sobre todo, la igualdad de derechos de sus hablantes a utilizarlas. En la práctica este derecho se garantiza mediante la declaración de oficialidad de una lengua en determinados territorios y regulando su uso en la educación, la administración, la justicia, etc. Por otro lado, en esta visión moderna, dar nombre a las cosas carece de sentido trascendente; se trata de una práctica útil para distinguirlas, para separar lo que es de lo que no es, de un requisito del conocimiento y de la comunicación. Y mantener las denominaciones antiguas o tradicionales carece de referencias a un origen mítico, se trata también de algo práctico. La persistencia de los mismos nombres para las mismas cosas a lo largo del tiempo ayuda a su identificación (pensemos que una persona se llame Javier hasta los catorce años, que luego se llame Miguel hasta los treinta, pase a llamarse Fermín hasta que se jubile, y a partir de los sesenta y cinco haya que llamarle Francisco; la confusión sería constante). La toponimia es una ciencia moderna que no trata de bucear en el pasado para asegurar el mantenimiento de unas prácticas sagradas, sino que sirve a las actuales necesidades de identificación y clasificación de las cosas. En las sociedades desarrolladas dedicamos un gran esfuerzo a tener todo bien clasificado, para lo que necesitamos denominaciones exactas (es decir, debidamente consensuadas y conocidas). La toponimia no tiene que ver tanto con el pasado sino con una sociedad que no puede vivir sin censos de población, documentos de identidad, registros de la propiedad, catastros, registros civiles, guías telefónicas, bases de datos de todo tipo. Lo mismo puede decirse de la declaración de lenguas oficiales, y de la rotulación bilingüe de los lugares. No es la voz de los antepasados la que nos reclama establecer criterios coherentes sobre la toponimia pamplonesa (nuestros antepasados ni tenían lenguas oficiales, ni rotulaban las calles, ni ponían número a los portales, ni manejaban callejeros). Por lo tanto, no se trata de recuperar ritos ancestrales, sino de inventar soluciones para problemas de hoy. Y entre los problemas de hoy está la necesidad de convivir con dos lenguas oficiales (no iguales ni en número de hablantes ni en uso, pero igualmente oficiales), de conciliar los intereses o aspiraciones de dos grupos de ciudadanos que tienen distintas lenguas maternas. No sería acertada la propuesta que, en nombre de un utilitarismo más teórico que real, reivindicara el monolingüismo como solución (y me da igual con qué lengua). Sería caer de nuevo en el mito de que una lengua sagrada pone orden (sea el latín, el castellano, el inglés o el esperanto) y las demás crean caos. La realidad de nuestro mundo es, y ha sido históricamente, el pluralismo lingüístico, y tenemos herramientas suficientes (hoy más que nunca) para evitar que ese pluralismo impida la comunicación.
Desde este punto de vista, no hay por qué rasgarse las vestiduras ante las propuestas que una comisión de expertos formula sobre la toponimia de Pamplona. Se podrá coincidir más o menos con sus conclusiones (discutibles, como todo, especialmente cuando, de buena fe y con el espíritu constructivo que ha faltado a sus críticos, hacen propuestas más allá de lo estrictamente exigido por la ley), pero no se les debe atribuir un carácter sagrado (o blasfemo) que no tienen salvo en mentes obsesionadas por ciertas visiones míticas.
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