LENGUA Y TERRITORIO

En paralelo a la idea que expresa Ernest Gellner en Naciones y nacionalismo (qué cuesta arriba se hace a la imaginación moderna la idea de un hombre sin nación; "tener una nacionalidad no es un atributo inherente al ser humano, pero hoy en día ha llegado a parecerlo") podemos decir que hoy no concebimos un territorio sin su lengua oficial.

Sin embargo, la idea de lengua oficial o nacional es moderna, como la de nación. Durante siglos en Europa han coexistido muy diversas lenguas con múltiples dialectos –de límites difusos- hablados en comunidades reducidas, con algunas lenguas francas que permitían la comunicación y que en ocasiones daban lugar a lenguas literarias utilizadas por minorías ilustradas. A lo largo de la Edad Moderna la acción de la imprenta fomenta las lenguas vernáculas frente al latín y contribuye a fijar las lenguas literarias. La unión de la economía capitalista con la imprenta hizo que los editores se lanzaran a la búsqueda de lectores para vender sus libros. Tras saturar el mercado en lengua latina (la minoría culta) fue necesario imprimir en otras lenguas. Las lenguas impresas alcanzaron fijeza y se convirtieron en vehículo de comunicación de quienes hablaban sus diversos dialectos. El declive del latín (potenciado por el avance del protestantismo) motivó que el poder político buscara otras lenguas con las que relacionarse con los súbditos, surgiendo así las lenguas administrativas.

Inicialmente, ni lenguas literarias ni administrativas coinciden con límites políticos. Pero a partir de la consolidación de la idea del Estado-nación, tras la revolución francesa, los diversos estados europeos se lanzan a la creación de lenguas nacionales mediante su estandarización -a través de las academias- y difusión en la enseñanza obligatoria. Cada estado eligió una lengua oficial de entre las diversas lenguas y dialectos hablados (la lengua de la minoría dirigente, la lengua más extendida, una lengua sagrada, etc.). A partir de ahí se empezó a identificar nación con la posesión de lengua nacional. Si antes del siglo XIX se considera normal la coexistencia de varias lenguas en un mismo territorio (como nos relata Jimeno Jurío en Historia de Pamplona y de sus lenguas, en la capital navarra se han hablado y escrito desde la Edad Media euskera, latín, occitano, gascón, romance navarro, castellano y hebreo) sin necesidad de declarar a ninguna de ellas como oficial, a partir del siglo pasado se abre camino la idea de una nación, una lengua. Se ponen las bases del enfrentamiento; los hablantes de las lenguas no oficializadas tendrán que luchar por el reconocimiento de su lengua. Y los nacionalismos disgregadores afirmarán otra lengua como seña de identidad.

Afortunadamente a fines del siglo XX hemos retomado la idea de pluralidad lingüística. Conseguida la alfabetización universal e implantada la educación obligatoria y gratuita, consideramos normal y deseable no aprender una sola lengua, la oficial, sino varias, incluyendo lenguas extranjeras que sirven como modernas lenguas francas.

La Constitución española acoge el criterio de pluralidad lingüística. Su art. 3º establece que "el castellano es la lengua española oficial del Estado"; hay otras lenguas españolas que "serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos". Además, "la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección".

Frente al criterio de lengua nacional, pues, la de lengua oficial, compatible con la coexistencia de varios idiomas. Hoy tienen lenguas oficiales no solo los estados, sino también diversas organizaciones, de base territorial (Naciones Unidas, Unión Europea) o sin ella. Cada vez es más normal establecer la oficialidad de una o varias lenguas (a veces con el eufemismo de "lengua de trabajo") en organismos profesionales o económicos, o para actividades concretas, como congresos o seminarios.

Sin embargo, la idea de lengua nacional persiste en los nacionalismos. Frente al criterio constitucional de pluralidad, los Estatutos de Autonomía elaborados bajo influencia nacionalista (el catalán y el vasco) oponen al castellano como lengua oficial otra como lengua propia. El art. 6º del Estatuto vasco dice: "el euskera, lengua propia del Pueblo Vasco, tendrá, como el castellano, el carácter de lengua oficial en Euskadi". No se dice lo mismo del castellano; se sugiere que no es lengua propia.

La idea de lengua propia es bien discutible. No si la aplicamos a un individuo; está claro que la mayoría de los humanos tenemos una lengua que consideramos como propia y suele ser la materna. Pero la lengua propia de un pueblo es más difícil de establecer, salvo que todos sus habitantes hablen solamente una lengua (situación que solo se da en comunidades aisladas y atrasadas). Cuando se hace tanto énfasis en cual es la lengua propia de una comunidad suele ser precisamente porque habla varias. Para el pueblo vasco parece claro que el euskera es lengua propia ya que la ha hablado desde hace siglos (no sabemos cuántos, pero sí que han sido muchos). Pero no está tan claro que el castellano no sea propia. ¿Cuántos siglos se necesitan para considerar una lengua como propia? Si se considera el castellano como lengua propia de los riojanos, ¿porqué no de los alaveses, que la vienen hablando desde la misma época? A falta del criterio de la antigüedad, podríamos acudir al democrático procedimiento de las mayorías; es lengua propia la que habla la mayoría de un pueblo. En cuyo caso deberíamos concluir el absurdo de que el euskera no es lengua propia del pueblo vasco. O finalmente; es propia la que tiene el pueblo como tal, y así lo ha recogido en la ley. Pero ¿tiene sentido que alguien considere como propia una lengua que no habla, y como no propia la que habla?

Si nos referimos a Navarra, nos encontramos con que el Amejoramiento no ha establecido lengua propia, sino dos lenguas oficiales. Su art. 9º dispone que "el castellano es la lengua oficial de Navarra", y que "el vascuence tendrá también carácter de lengua oficial en las zonas vascoparlantes de Navarra".

Esta idea de la zonificación lingüística es igual de artificial que la de lengua propia. Supone que hay zonas de Navarra donde el euskera es lengua propia, y otras donde no. Y ha utilizado un criterio harto discutible, el número de vascoparlantes existente en cada municipio, lo que ha llevado al absurdo de que en la población navarra donde más vascoparlantes viven, Pamplona, el euskera no sea lengua oficial, creando una sensación de agravio en función de donde se fija la residencia. Además se crea una "zona mixta" en la que, al parecer, ni se habla ni se deja de hablar el euskera, o donde es lengua propia pero solo un poquito (que es como aquello de estar un poquito muerto).

Es evidente que el euskera, ni ninguna lengua, puede ser oficial en todas partes. Pero no parece lógico que varios miles de vascoparlantes no vean reconocida su lengua como oficial en el seno de su municipio, se supone que la administración más cercana al ciudadano, o para relacionarse con la Administración foral.

Por otro lado, la regulación navarra choca con el criterio de la Constitución y de la legislación estatal. Según la ley de procedimiento administrativo, la lengua utilizada por la administración estatal será el castellano. Sin embargo, "los interesados que se dirijan a los órganos de la Administración General del Estado con sede en el territorio de una Comunidad Autónoma podrán utilizar también la lengua que sea cooficial en ella". Esta norma en Navarra es papel mojado. Los organismos estatales tienen su sede en la práctica totalidad fuera de la zona vascófona, por lo que este derecho no existe para los vascoparlantes navarros.

Me temo que la zonificación lingüística tendrá otro resultado indeseable a largo plazo: se va a instalar en Navarra la idea de que existen dos culturas: la vascoparlante y la castellanoparlante. Dos comunidades distintas con sus respectivas lenguas propias. ¿Podrá mantener su cohesión social y política Navarra en esas circunstancias?

Contra ese peligro se me ocurre que solo cabe una solución. La oficialidad de ambas lenguas en todo el territorio foral, y la enseñanza de ambas lenguas para todos los alumnos en la educación obligatoria (con la respectiva lengua materna como lengua principal y la otra como asignatura), de manera que, en el futuro, para nadie ni el castellano ni el euskera sean lenguas extrañas, y puedan expresarse en la que elijan. Sobre todo, para que no se creen dos Navarras. Sé que esto hoy es demasiado impopular para ser políticamente viable; en seguida alguien hablará de la imposición del euskera. Y es verdad; se trata de imponer el euskera en la enseñanza obligatoria, igual que se imponen las matemáticas y el inglés; pero igual que a nadie se le obliga a ser matemático o mucho menos británico, enseñar el euskera no obliga a nadie a hablarlo, ni a sentirse vasco ni mucho menos nacionalista.

 

 

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