LA
NAVARRA ELECTORAL
La primera impresión que ofrecen estas elecciones de 2004 al Parlamento Europeo ya ha sido comentada hasta la saciedad, incluso antes de su celebración. Los ciudadanos europeos demuestran con su elevada abstención quizás no tanto desinterés hacia la Unión Europea, sino cierta postura de rechazo a la idea de implicarse en unas instituciones que les resultan lejanas y que no acaban de entender para qué sirven, y posiblemente también cierto escepticismo, no hacia la idea de una Europa unida, que según las encuestas recibe mayoritario apoyo, sino hacia un concreto proceso de construcción europea. Harán bien todas las instituciones y las fuerzas políticas europeas en reflexionar sobre qué debe hacerse para que la ciudadanía se sienta partícipe de ese proceso, cuáles son sus preocupaciones políticas y sociales que no están siendo tenidas en cuenta. Es indispensable que esto se haga a la hora de abordar el proyecto de Constitución Europea. Sería peligroso pretender aprobar un texto con unos niveles tan escasos de apoyo popular como los que han tenido estas elecciones.
Por lo
demás, mirando hacia dentro de casa, puestos estos resultados del 13 de junio
en relación con los que se produjeron el 14 de marzo pasado, y con todos los
que se vienen produciendo desde hace un cuarto de siglo, se llega a la
conclusión de que el mapa electoral navarro no da grandes sorpresas. Desde las
primeras elecciones de 1977 el electorado navarro se reparte con bastante
continuidad en tres grandes bloques, aunque las siglas que los componen hayan
ido variando, y entre los cuales hay limitados trasvases de voto. El
centroderecha, que viene a coincidir con el foralismo navarrista, obtiene el
42,45 % de los votos de media en elecciones al Congreso de los Diputados y el
44,22 % de media en elecciones al Parlamento de Navarra, con mayores repuntes
cuando desciende la participación (en algún momento muy excepcional, como en el
año 2000, pasó del 50 %, fruto de la desmovilización masiva de la izquierda y
de la llamada expresa a la abstención por parte de HB, que llevó a algunos a la
equivocada suposición de que la mayoría absoluta estaba al alcance de UPN en
las siguientes elecciones). La izquierda, en principio no alineada con
posiciones identitarias sino federalistas, aunque una parte del PSOE se ha ido
deslizando hacia el navarrismo, recibe el apoyo del 39,98 % de media en las
elecciones al Congreso y el 36,13 % en las elecciones forales, siendo mucho más
sensible a los efectos de la abstención, que se incrementa sobre todo cuando
sus votantes quieren castigar a los partidos de este espacio electoral. El
nacionalismo vasco es apoyado por entre el 17 % de media en elecciones al
Congreso y el 21,8 % en las forales (contando, en las últimas convocatorias,
abstenciones o votos nulos achacables a la autodenominada “izquierda
abertzale”).
Con
este panorama, ninguna fuerza política ni ningún bloque puede reclamarse
legítimamente como único representante de la “auténtica” Navarra o defensor de
su verdadera identidad, ni pretender que el resto del espectro político
representa intereses foráneos o poco navarros. La Navarra real, tal como queda
reflejada a través de los procesos electorales, es plural en lo político y en
su identidad.
Tampoco parece razonable que ningún partido aspire a gobernar en solitario con mayoría absoluta ni quiera monopolizar las esperanzas de estabilidad o de renovación. La formación de gobierno en Navarra va a depender, posiblemente durante muchos lustros, de la conclusión de pactos entre dos o más fuerzas políticas. Esa doctrina del pactismo foral, que desde diversas e incluso confrontadas posiciones políticas e interpretaciones de la historia tanto se predica como característica propia y ancestral de nuestra tierra, debiera entenderse no solamente como pactar hacia fuera, con poderes externos, sino integrar también una cultura del pacto en casa, entre las diversas corrientes políticas navarras que están condenadas a convivir.
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