ANTOLOGÍA APÓCRIFA DE LOS SANFERMINES
Kafka y los sanfermines
Alguien invitó a K. a acudir a la corrida de toros. Cuando salieron de la plaza un hombre a quien jamás había visto antes se acercó a K. y a sus amigos y les invitó a tomar una copa. Iba vestido de blanco, como casi todo el mundo, y parecía alegre, pero había algo en él que movía a desconfianza a K. Sus amigos aceptaron, aunque nadie le presentó al extraño.
Entraron en un bar atestado de gente y tuvieron que empujar con los codos para hacerse un hueco. Sonaba a todo volumen la música y los parroquianos tenían que entenderse a gritos. K. se dio cuenta de que estaba junto a la barra y sus acompañantes le miraban expectantes. «¿Qué queréis tomar?», tuvo que decir. «Un cubata de Barceló»; «Un gin tonic de Larios con un chorrito de limón»; «Un pacharán con hielo»; «Un pacharán sin hielo»; «Un vodka con naranja, pero que el vodka sea Absolut y la naranja cualquiera menos Schweppes»; «Y lo que quieras», le concedieron. K. pidió al camarero un papel y un bolígrafo y apuntó todo. Cuando lo tuvo apuntado el camarero estaba ocupado, y tardó en total veinte minutos en que sirvieran todas las bebidas. Sus amigos mientras tanto estaban bailando con el resto del bar. Cuando acabó de repartir las bebidas advirtió que el camarero le miraba fijamente mientras decía: «Son ochenta y cinco», así que sacó el dinero de su bolsillo y pagó.
Cuando salieron del bar K. anunció: «Me voy a casa». Sus amigos le rodearon con gesto de desaprobación: «¡Pero si esta es la mejor hora! Vamos a tomar otra». El hombre que K. no conocía, pero que los demás llamaban Guillermo, le rodeó los hombros con sus brazos. «¡Qué idea se te ocurre!», gritó mientras le empujaba hacia otro bar que también estaba lleno. «¡Tequila para todos!» pidió al camarero sin hacer caso de sus compañeros. Cuando sirvieron las copas explicó a los demás que había que beber la tequila de un trago, con un poco de sal y limón. «¡Maricón el último!» gritó mientras se bebía su vaso. Todos, menos K., rieron mucho después de hacerlo, y pidieron otra ronda.
En el cuarto bar donde pidieron tequila K. entró al lavabo y vomitó el ajoarriero con gambas que le habían dado durante la corrida. Al salir explicó a sus amigos que se sentía mal y que se iba a casa. «¡Ni hablar!», dijeron todos a coro. «Lo que necesitas es comer algo», afirmó Guillermo. Agarrándole de nuevo por los hombros y sin atender sus protestas lo llevó a otro bar donde servían comida. Se sentaron a una mesa y pidieron bocadillos de lomo con queso para todos y varias jarras de cerveza. K. dijo que no le iba a entrar la comida, pero no le hicieron caso y le pusieron delante el bocadillo. K. no quiso insistir y temiendo quedar mal se lo comió. Después pidieron unos carajillos y unas copas de whisky para todos. En algún momento habían acordado que pedirían todos lo mismo en cada ronda.
K. se había empezado a sentir un poco mejor después de cenar y no se atrevió a insistir en que quería irse a casa. Se dio cuenta de que casi no le quedaba dinero. «Tengo que ir a un cajero», dijo. «Yo también, te acompaño», dijo Guillermo. Se acercaron a un cajero pero estaba fuera de servicio. Caminaron dos calles más y encontraron otro que parecía funcionar, ya que había una larga cola de gente. Esperaron pacientemente mientras bebían dos cubatas en vaso de plástico que Guillermo fue a buscar a un bar cercano. Cuando consiguieron el dinero acudieron al bar donde habían quedado con los demás, pero no estaban allí. «Ya los encontraremos», dijo Guillermo, y pidió otros dos cubatas. Se acercaron a ellos dos hombres a los que K. no conocía, pero que debían ser muy amigos de Guillermo, porque se saludaron muy efusivamente. «¿Qué queréis tomar?», les preguntó, pero sin esperar respuesta dijo a K.: «Anda, te toca, pide otra ronda para todos».
Con sus nuevos amigos, que pronto fueron tres más, K. recorrió varios bares. Cuando se agotó el fondo común que llevaba Guillermo, K. pensó en volver a casa, ya que se sentía muy cansado y somnoliento, pero ante la insistencia de los demás no se atrevió a hacerlo y puso de nuevo fondo. Se cruzaron con una multitud que desfilaba provista de bombos y tambores haciendo un ruido infernal. Guillermo propuso con entusiasmo que les siguieran, y consiguió que le prestaran un bombo. A K. le estallaba la cabeza, pero los amigos de Guillermo le rodeaban cogiéndole por los hombros mientras bailaban y no se decidió a irse.
Regateando con una vendedora china a la que compraron unos pendientes luminosos que se pusieron todos, y haciéndose un retrato de grupo que les revelaron al instante, se les hizo la madrugada. «¡Vamos a por un caldo y a las dianas!». K. sentía temblores, apenas tenía fuerzas para hablar. Pensó que el caldo le iría bien. Se sentó en la acera, apoyado en la puerta del bar, y se quedó adormecido. Al recuperar la consciencia no pudo recordar con quien había llegado allí. Se palpó los bolsillos y descubrió que le faltaba la cartera. Se puso en pie. Los bares estaban cerrados y era ya de día. La calle estaba cerrada por vallas de madera tras las cuales se agolpaba gente que esperaba pacientemente.
De pronto K. fue empujado por varios hombres que llevaban el uniforme azul de la policía municipal. «A ese sacadlo de aquí», oyó decir. Dos agentes le tomaron de los brazos y lo condujeron fuera de las vallas. K. suspiró y pensó que por fin podía irse a casa. Alguien lo agarró por el hombro. Era Guillermo. «¡Hombre! Al fin. Venga, vamos a tomar un chocolate con churros».
* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU