JUAN PABLO SUPERSTAR

 

 

 

Pasados unos días desde el fallecimiento del Papa Juan Pablo II, escribo más que nada para expresar el desasosiego que como cristiano me han producido sus exequias, la misma intranquilidad y las mismas dudas que todo el pontificado recién terminado.

 

El espectáculo del funeral y el sepelio del Papa ha sido al tiempo espléndido y desmesurado. Con toda la grandeza y majestuosidad de la liturgia tradicional de la Iglesia Católica. Con una desmesurada asistencia, más un exagerado despliegue informativo, a las honras fúnebres de un Papa de quien se ha elogiado su austeridad y sencillez. No sé si todo ello es lo más propio para una  iglesia que pone como ejemplo la pobreza en que vivió Jesús de Nazaret. Por la basílica de San Pedro pasaron multitud de gobernantes; muchos de ellos ni siquiera cristianos, ni creyentes. ¿Les atrajo el mensaje de Juan Pablo II, su ejemplo, su persona? ¿O les llevó la necesidad de estar donde estaba la atención de los medios de comunicación, la obligación de todo jefe de Estado de cumplir con su papel? ¿Hasta qué punto la jefatura del Estado vaticano no se come la figura del pastor de la Iglesia? Pasaron también varios millones de fieles, supongo que con motivaciones muy diversas. ¿Cuántos de ellos hubieran acudido esos mismos días a cualquier otro acontecimiento multitudinario, por el simple deseo de “estar allí”?

 

         Es evidente que el papado de Juan Pablo II ha sido esencialmente mediático. Sus viajes, sus apariciones, se han convertido en espectáculo televisivo y en reclamo para la concentración de multitudes. En última instancia su enfermedad y muerte también se han convertido en espectáculo, contrariando lo dispuesto por el propio Pontífice en la constitución de 1996 sobre sede vacante, que prohíbe reproducir la imagen del Papa enfermo. Juan Pablo II se ha convertido en una de las estrellas de los medios de comunicación, siempre voraces por contar con personajes que sean noticia en sí mismos, al margen de lo que hagan o digan. Y esto, que hay quienes elogian como mérito, es otra cosa que me incomoda. Como dijo McLuhan el medio es el mensaje, hasta tal punto de que con frecuencia el medio se come cualquier otro mensaje. La noticia de que el Papa viajaba a un país u otro y el número de personas que congregaba ha eclipsado casi siempre a la noticia de qué es lo que decía el Papa.

 

         Hay que preguntarse sobre los efectos de toda esa atención sobre Juan Pablo II para la Iglesia Católica y, en última instancia, para su mensaje que no es otro que el Evangelio. ¿Cuántas conversiones han producido los viajes del Papa? ¿Cuántas personas han llegado a la fe o la han fortalecido leyendo sus encíclicas? ¿En cuántos países se puede considerar que está en auge la religión católica tras el pontificado de Karol Wojtyla? ¿Ha progresado la reevangelización de Europa a la que se refirió más de una vez? Me temo que la respuesta es demasiado sabida. En países tradicionalmente católicos no crecen los creyentes, sino al contrario, y menguan las vocaciones sacerdotales. En Europa avanza sobre todo la indiferencia religiosa. En América Latina, crecen las iglesias evangélicas a costa de la católica, si los fieles católicos aumentan es por puro crecimiento demográfico, no en porcentaje sobre la población. Dudo que la afición del Papa por los jóvenes y su supuesta cercanía se haya traducido en resultados prácticos. Habría que entrevistar a los miles de jóvenes que en 1982 acudieron a ver al Papa en su visita a España. Esa generación, que es la mía, aparece en las estadísticas como mayoritariamente alejada de la creencia y la práctica religiosa. De los jóvenes de hoy, un reciente estudio nos decía que la mitad de los universitarios españoles se declaran ateos o agnósticos.

 

         No cabe sino ser bastante escéptico sobre la influencia de las doctrinas expuestas por Juan Pablo II dentro de la propia Iglesia. Sus posiciones en torno a moral sexual parece que no son compartidas por una mayoría de los católicos que, por ejemplo, no sólo aceptan sino que usan medios anticonceptivos reiteradamente condenados. Su doctrina social, una crítica en profundidad del sistema económico capitalista imperante, tampoco se toma demasiado en serio por muchos católicos que en muchos países suelen votar a opciones políticas que defienden a capa y espada ese sistema. Sobre la situación de la Iglesia Católica tras el pontificado que ahora termina pueden ser optimistas los sectores eclesiales que han ganado en influencia y poder, pero dudo mucho que pueda serlo la Iglesia en su conjunto.

 

         Uno también duda sobre si, del encuentro de la Iglesia Católica con la modernidad, uno de los objetivos del concilio Vaticano II, no ha resultado la absorción de algunos de los aspectos más negativos del presente: la cultura del espectáculo, el principio de que de cualquier cosa se puede hacer negocio, el culto superficial de los líderes mediáticos. Sigue pendiente conciliar la fe cristiana con muchos de los contenidos positivos del mundo moderno, empezando por su confrontación con una razón crítica y su papel en la comprensión de la revelación divina y la asunción del pluralismo también dentro de la Iglesia. Y sobre todo ser capaz de adaptar el mensaje evangélico a la realidad del siglo XXI, de transmitir lo esencial de ese mensaje sin perderse en tantas adherencias accidentales.

 

         Se ha dicho estos días que el pontificado de Juan Pablo II ha estado marcado por muchas paradojas. Conservadurismo moral y progresismo social. Invocación de los derechos humanos y de la democracia hacia fuera pero mantenimiento de una monarquía absoluta hacia adentro. Devoción a María y marginación de la mujer de las estructuras eclesiales. Diálogo ecuménico pero escaso con los sectores de la propia Iglesia Católica más críticos y abiertos al cambio. Discurso de cercanía con los pobres pero mucha tolerancia con los ricos y poderosos, que han acudido masivamente al funeral. Una de las mayores paradojas se produce precisamente a su muerte con la petición de pronta canonización.

 

         La práctica de declarar santos por aclamación de los fieles o por la extensión espontánea de la devoción popular, tal como se practicó en los primeros siglos de cristianismo, me parece preferible a la actual fábrica de santos que tiene montada la burocracia vaticana. Que lo definitivo para declarar la santidad sea la demostración de algunos milagros, indefectiblemente curaciones prodigiosas, me desazona. Una curación sin explicación científica no es otra cosa que algo que hoy no tiene explicación pero quizás la tenga mañana, cuando avance más la ciencia, o no la tenga nunca porque el entendimiento humano es limitado. Una curación con explicación científica, para un creyente, también en última instancia es obra de Dios y puede ser milagro en cuanto signo de su presencia. La paradoja a que me refiero es que Juan Pablo II ha sido precisamente el Papa más aficionado a hacer beatos y santos mediante el procedimiento reglamentario; ahora se pide que sea convertido en santo por aclamación prescindiendo del proceso. No dudo de su santidad si tenemos por tal no la perfección, imposible en los seres humanos, sino el ser ejemplo de virtudes cristianas, de fe y entrega a Dios. Lo mismo pienso de otros santos a los que la Iglesia aún no ha canonizado, como la Madre Teresa, ni probablemente canonice, como el arzobispo Romero y tantos otros. Pero no sé si necesitamos de tanto santo milagroso ni tanto expediente comprobando prodigios, o si no sería mucho más necesaria una Iglesia santa que dé mejor ejemplo de los valores evangélicos. ¿Surtirá efecto la demanda popular de pronta canonización? ¿Serviría ello para que en el futuro la voz del pueblo cristiano tuviera algún peso en la organización de la Iglesia? Por si acaso ya nos han dicho que la única palabra decisiva la tiene el futuro Papa; ojalá que tenga una visión menos jerárquica y vertical y más conciliar de la Iglesia.

 

         En cualquier caso, descanse en Dios Juan Pablo II.

 

 

* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU